martes, 11 de octubre de 2022

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 11,37-41

 

Evangelio según San Lucas 11,37-41
Cuando terminó de hablar, un fariseo lo invitó a cenar a su casa. Jesús entró y se sentó a la mesa.

El fariseo se extrañó de que no se lavara antes de comer.

Pero el Señor le dijo: "¡Así son ustedes, los fariseos! Purifican por fuera la copa y el plato, y por dentro están llenos de voracidad y perfidia.

¡Insensatos! El que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro?

Den más bien como limosna lo que tienen y todo será puro.


RESONAR DE LA PALABRA

Educar el interior

El ateo Alain de Botton cree que "el cristianismo se centra en ayudar a una parte de nosotros que el lenguaje secular tiene dificultades incluso para nombrar, [...] el alma. La tarea esencial de la máquina pedagógica cristiana ha sido nutrir, tranquilizar, confortar y guiar nuestras almas". Pero, ¿están nuestras instituciones educativas actuales a la altura de esta expectativa? He aquí un ejercicio: Visita las páginas web de algunas instituciones educativas católicas de tu país. Revisa el plan de estudios de los cursos que se ofrecen. Me temo que, utilizando el lenguaje evangélico del momento, nuestros planes de estudio se dedican a limpiar el exterior mientras descuidan el interior, por diseño o por defecto. Tenemos que recuperar el objeto de la educación, que es "hacer seres humanos capaces y cultivados" (John Stuart Mill) que tendrán "amor al prójimo, deseo de aclarar la confusión humana y de disminuir la miseria humana" (Matthew Arnold) y amor a Dios, para rematar.

Paulson Veliyannoor, CMF

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

lunes, 10 de octubre de 2022

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 11,29-32

 

Evangelio según San Lucas 11,29-32
Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: "Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás.

Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación.

El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón.

El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.


RESONAR DE LA PALABRA

Signo de Jonás

Pedir una señal es un esfuerzo por eludir el necesario y laborioso camino de la fe. La fe consiste en confiar en las palabras de Dios y caminar por el valle de las tinieblas. Es dejar que el grano de mostaza crezca en la oscuridad y profundidad de nuestro interior. Por otro lado, la insistencia en signos y milagros (que abunda entre los fieles de cualquier religión) es un cortocircuito en el camino de maduración en la fe. Jesús se niega a dar otro signo que no sea el de Jonás, que trata del viaje de Jonás, a través del vientre de la ballena, hacia una mayor fe. Aunque sin quererlo, Jonás se deja nacer a la fe. Es un bautismo, un misterio pascual, que cada uno de nosotros debe sufrir, a su manera y con la ayuda de la gracia, para llegar a la fe auténtica. Y, una vez que lleguemos, como Job, no pediremos nada, sino que sólo adoraremos con asombro y amor.

Paulson Veliyannoor, CMF

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

domingo, 9 de octubre de 2022

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 17,11-19

 

Evangelio según San Lucas 17,11-19
Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea.

Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia

y empezaron a gritarle: "¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!".

Al verlos, Jesús les dijo: "Vayan a presentarse a los sacerdotes". Y en el camino quedaron purificados.

Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta

y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.

Jesús le dijo entonces: "¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?

¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?".

Y agregó: "Levántate y vete, tu fe te ha salvado".


RESONAR DE LA PALABRA


UN CORAZÓN AGRADECIDO

He leído en una estadística que cada día damos las gracias más de veinte veces. Las damos cara a cara, por teléfono, por correo electrónico, whatsApp, con SMS… Muchas veces de forma automática, sin apenas darnos cuenta. Como podríamos haber dicho un «okey», un «vale» o un «bien, estupendo».

Pero, ¿cuántas de estas veces somos capaces de mostrar de verdad gratitud? Porque hay una gran diferencia entre «dar las gracias» y mostrar nuestro agradecimiento. Decir «gracias» a menudo es una respuesta automática, un convencionalismo social, a veces incluso es «interesado»: gracias por su atención, gracias por comprar en nuestros almacenes, gracias por viajar con nuestra compañía y esperamos verles de nuevo a bordo...

Pero el auténtico agradecimiento va mucho más allá de pronunciar la palabra “gracias”: es mostrarle a la otra persona que realmente valoramos y apreciamos lo que ha hecho por nosotros o lo que nos ha dado. Ese agradecimiento brota cuando uno se siente «especial», emocionado con un detalle (o algo más que un detalle) que han tenido conmigo, cuando te das cuenta de que han procurado agradarte, cuando alguien ha ido mucho más allá de lo que es su obligación, molestándose más de la cuenta, cuando te han hecho sentir "especial"...

Por ejemplo: Recuerdo en cierta ocasión por tierras leonesas, que andaba buscando un lugar determinado en una ciudad del todo desconocida para mí, y estaba perdidísimo. Al parar el coche para preguntarle a alguien que pasaba por allí... aquel buen hombre abrió la puerta del coche, se subió y me dijo: "es muy complicado que se lo explique: yo le voy diciendo"... Al llegar estábamos bastante lejos del lugar de donde había montado, y al bajarse del coche, le pregunté: "¿Y ahora cómo regresa usted a donde estaba antes?". Me dijo: «pues regreso con el corazón contento de haberle podido hacer a alguien un favor». Y se alejó con una enorme sonrisa de despedida.
Otra vez tuve ocasión de acompañar a un hermano de comunidad a hacerse unas pruebas médicas, porque andaba mareado. Me pareció lo más normal hacerlo. Al poco rato de volver se presentó diciéndome que ya sentía un poco mejor, lo justo para haber salido a comprarme un tarro de altramuces, que sabe que me gustan.
Y en estas últimas semanas me he visto casi abrumado por tantísimas personas que se me han acercado para despedirse de mí antes de marchar a mi nuevo destino: aplausos, abrazos, regalos, mensajes escritos, lágrimas, agradecimientos por mi trabajo, por mi trato... Incluso de personas con las que no recordaba haber hablado siquiera. No esperaba tanto en absoluto: sorprendido y reconfortado. Y casi siempre sin saber cómo reaccionar. Son los pequeños y grandes detalles... que a la vez se convierten en un reto personal: aprender de todas estas personas, imitarlas de alguna manera. Un «gracias» no nos resulta suficiente.
El gran peligro de nuestras relaciones personales es la «costumbre/rutina» y el «descuido» de estas pequeñas grandes cosas: saber tener detalles y el decir «gracias» conscientemente. Esta cultura de hoy nos enseña que estamos cargados de derechos, y por lo tanto, los otros están llenos de obligaciones. Tienen que: atenderme pronto y bien, escucharme atentos, ayudarme, contestar el teléfono inmediatamente, darme... cuando a mí me hace falta, cuando lo pido, cuando me conviene... Porque... yo lo necesito, yo lo pago, yo tengo derecho, me lo merezco... Se nos da bien quejarnos y protestar. Unas veces con razón, y otras sin ella. Pero pocas veces ocurre que alguien te diga a ti o a tus superiores: «me ha servido, me ha ayudado, me ha gustado, se nota que estaba bien preparado...».

 En la escena evangélica de hoy, Jesús ha curado «porque sí», sin que se lo hayan pedido siquiera, a diez leprosos. Ellos sólo reclamaron del Maestro «compasión». Se habrían conformado con que tuviera por ellos un sentimiento de pena, de ternura, de «empatía» con su desgraciada situación. Lógica consecuencia de su maldita enfermedad que provocaba la indiferencia de la gente, y también odio, rechazo, antipatía, exclusión... Y es que vivían desterrados de la ciudad, sin contacto con nadie que no fuera un enfermo como ellos, sin recibir ni una caricia, ni una palabra amable, quizá alguna limosna. Había un dicho en tiempo de Jesús: “Cuatro categorías de personas son como los muertos: los pobres, el leproso, los ciegos y los que no tienen hijos”. Todas las enfermedades eran consideradas un castigo de Dios por los pecados, pero la lepra era el símbolo del pecado mismo.

Pues bien: de aquellos diez leprosos sanados... sólo uno se tomó la molestia de regresar «alabando a Dios» a gritos, echándose a los pies de Jesús y dándole gracias. Doble dirección de sus agradecimiento: Dios y Jesús como instrumento suyo.

El Maestro se queja: «¿dónde están los otros nueve? ¿Sólo uno ha vuelto para dar gloria a Dios?». Y sólo de él afirma que está salvado. Los diez recibieron el regalo de la curación. Pero sólo uno fue capaz de descubrir detrás de ello la mano de Dios. Para 9 de ellos es «¡qué bien, qué suerte!», a lo mejor «qué majo era aquel Maestro». Pero sólo uno da gloria a Dios. Y de su alabanza y agradecimiento, de ese corazón sensible y de esos ojos creyentes... le ha llegado la salvación.

Uno recuerda espontáneamente al gran Francisco de Asís, con su canto de alabanza: «Alabado seas mi Señor por el hermano sol, el hermano fuego, la hermana noche, la hermana madre tierra...» Desgranaba agradecido a Dios mil motivos de alabanza por dones concretos, diarios y frecuentes que descubría por todas partes en su vida. Hasta la muerte era «hermana». Tenía un corazón agradecido.

En cada Eucaristía, repetimos: "en verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar". Y me vienen unas palabras del Papa Francisco, al comienzo de una misa: «Doy gracias al Señor y os invito a todos a tener un corazón agradecido. Mirad qué suerte tenemos para estar aquí juntos, compartir, levantar la mente, el alma, la mirada, volver a soñar juntos, en nombre del Evangelio, en nombre de ese Jesús que vive y reina en todos los corazones que lo escuchan». Y en otro momento reconocía:: «A mi edad uno comienza a aceptar que la vida le pase la cuenta, es decir que le vaya señalando las personas que lo ayudaron a vivir, a crecer, a ser cristiano, sacerdote, religioso... Y, al reconocer el bien que me han hecho tantas personas, voy gustando cada día más el gozo de ser agradecido».

 Es decir: acudir a celebrar la «Acción de Gracias» (que, como sabéis, es lo que literalmente significa «Eucaristía») supone haberse ido preparando durante la semana, en la oración y en la vida diaria, para ir cultivando ese corazón agradecido. Traer el alma llena de alabanzas al «Bondadoso Señor» (como decía San Francisco) por sus muchos dones, por sus criaturas, por las personas, por sus múltiples regalos. Desgranar cada día en los tiempos de oración los mil motivos que los ojos de la fe van descubriendo en lo que pasa y en lo que nos pasa. «Siempre y en todo lugar».

No es suficiente un «te doy gracias por todo, Señor», dicho así en general». Es mucho mejor y nos hace mayor bien, un agradecimiento sorprendido, concreto (con rostros, momentos y lugares), sintiéndonos en deuda de corresponder, -aunque sea torpemente- a sus dones. Al menos reconocerlos. Esto nos ayudará también a ser agradecidos con las personas: valorando sus detalles y esfuerzos, aprendiendo de ellos, y multiplicándolos también nosotros. Un corazón agradecido abre las puertas de la salvación. Un corazón agradecido tiende puentes y reafirma las relaciones. Un corazón agradecido nos hace mucho mejores. Y yo tengo tanto que agradecer a Dios. Y tengo tantos con los que estar agradecido y expresarlo...

Enrique Martínez de la Lma-Noriega, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

sábado, 8 de octubre de 2022

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 11,27-28

 

Evangelio según San Lucas 11,27-28
Cuando Jesús terminó de hablar, una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: "¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!".

Jesús le respondió: "Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican".


RESONAR DE LA PALABRA

Microquimerismo fetomaternal

El "Proyecto Placenta Humana" no ha hecho más que empezar a desvelar para nosotros hechos sorprendentes sobre la vida humana en el útero. El fenómeno del microquimerismo fetomaterno nos informa de que no sólo la madre proporciona recursos al bebé prenatal, sino que algunas células fetales del bebé atraviesan la placenta y entran en la circulación de la madre y se integran en el cuerpo de ésta y siguen funcionando dentro de ella incluso después del parto. En otras palabras, existe una relación continua entre la madre y el niño a nivel intercelular, ¡cada uno lleva al otro! Imagina lo que implica para la Encarnación: Que María llevaba la huella de Cristo a nivel celular dentro de ella en todo momento. La mujer del evangelio de hoy tiene razón: Bendita sea María, que concibió, dio a luz y amamantó a Jesús. Pero, como señala Jesús, nosotros también somos bienaventurados: Dado que en la Encarnación Dios ha entrado eternamente en la humanidad a nivel celular, podemos activar en cualquier momento esta pertenencia escuchando la palabra de Dios y haciéndola.

Paulson Veliyannoor, CMF

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

jueves, 6 de octubre de 2022

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 11,5-13

 

Evangelio según San Lucas 11,5-13
Jesús dijo a sus discípulos:

"Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: 'Amigo, préstame tres panes,

porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle',

y desde adentro él le responde: 'No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos'.

Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.

También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá.

Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.

¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente?

¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!".


RESONAR DE LA PALABRA

Oración de intercesión

Si al "amigo" de la parábola le costaba levantarse y compartir unos trozos de pan en medio de la noche, ¡imagínate el sacrificio del que había venido buscando pan! No pedía pan para sí mismo: intercedía por otro que acudía a su casa en plena noche, buscando refugio. El "pedid y recibid, buscad y encontrad, y llamad y entrad" del que habla hoy Jesús tiene un gran poder de actualización cuando pedimos, buscamos y llamamos en favor de los necesitados. Como observa el Catecismo de la Iglesia Católica, "desde Abraham, la intercesión -pedir en favor de otro- ha sido característica de un corazón en sintonía con la misericordia de Dios". En la época de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo, como expresión de la comunión de los santos [...] La intercesión de los cristianos no reconoce fronteras"

Paulson Veliyannoor, CMF

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

miércoles, 5 de octubre de 2022

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 11,1-4

 

Evangelio según San Lucas 11,1-4
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos".

El les dijo entonces: "Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino;

danos cada día nuestro pan cotidiano;

perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación".


RESONAR DE LA PALABRA

Sobre el Padre Nuestro, escuchemos unas palabras del Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2766):

"Jesús no nos da una fórmula para repetir mecánicamente. Como en toda oración vocal, es a través de la Palabra de Dios que el Espíritu Santo enseña a los hijos de Dios a orar a su Padre. Jesús no sólo nos da las palabras de nuestra oración filial; al mismo tiempo nos da el Espíritu por el que estas palabras se convierten en nosotros en 'espíritu y vida'. Más aún, la prueba y la posibilidad de nuestra oración filial es que el Padre 'envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, clamando: ¡Abba! Padre". Puesto que nuestra oración expone nuestros deseos ante Dios, es de nuevo el Padre, 'el que escudriña los corazones de los hombres', el que 'sabe cuál es la mente del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los santos según la voluntad de Dios'. La oración al Padre Nuestro se inserta en la misteriosa misión del Hijo y del Espíritu".

Paulson Veliyannoor, CMF

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

martes, 4 de octubre de 2022

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 10,38-42

 

Evangelio según San Lucas 10,38-42
Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa.

Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude".

Pero el Señor le respondió: "Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas,

y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada".


RESONAR DE LA PALABRA


Hacer de María siendo Marta

Marta ha sufrido mucha mala prensa debido a las palabras de Jesús hacia ella. Jesús no estaba necesariamente rebajando a Marta. Al fin y al cabo, le tenía tanto cariño a la familia de Lázaro y a sus hermanas que es a esta familia a la que elige visitar para pasar unos momentos de descanso antes de que comience su pasión. Cada uno de ellos le era muy querido. Jesús tampoco restaba importancia al trabajo que Marta realizaba; al fin y al cabo, alguien debía ocuparse también de la hospitalidad. Jesús sólo diagnosticó la preocupación y la ansiedad que ella sufría mientras se dedicaba al trabajo. Lo que María había conseguido era la constancia y la calma mental que la ayudaban a centrarse en el presente. Ojalá Marta pudiera seguir trabajando, pero con la mente y el corazón en reposo. ¡Ojalá nosotros también pudiéramos hacer lo mismo mientras realizamos los quehaceres y ministerios diarios!

Paulson Veliyannoor, CMF

fuente del comentario CIUDAD REDONDA