sábado, 7 de octubre de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 10,17-24

 

Evangelio según San Lucas 10,17-24
En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron llenos de gozo y dijeron a Jesús: "Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre".

El les dijo: "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.

Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos.

No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo".

En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".

Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: "¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven!

¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!".


RESONAR DE LA PALABRA

Nuestra Señora del Rosario

La conmemoración de hoy se llama también Nuestra Señora de la Victoria. El hecho histórico es la victoria española en la batalla de Lepanto, atribuida al poder del Rosario. Pero las lecturas nos llevan mucho más allá de la victoria militar a victorias mucho más profundas, duraderas y milagrosas. Se trata de la victoria sobre nuestros “enemigos” que son mucho más internos de lo que pudiera parecer. La gente más “corriente” normalmente no tiene grandes enemigos… se trata más bien de antipatías, de competitividad, o de conflictos de personalidad. Pero incluso la gente más devota (o quizá especialmente la gente más devota) tiene grandes enemigos internos.

El ejercicio diario del rezo del Rosario, con la contemplación de los misterios de Cristo puede desvelar en muchas ocasiones los “demonios” internos. Cuando los discípulos regresan de su misión, exclaman entusiasmados: “¡Hasta los demonios se someten en tu Nombre!” Nosotros también podríamos hacer lista de nuestros demonios personales, que podrían parecer algo insignificantes pero que nos molestan y paralizan nuestra vida en Dios: un mal genio, una falta de paciencia, un orgullo desmedido, un perfeccionismo molesto para los demás, un sentido de duda y desconfianza, un juicio duro… Y hasta esos demonios se someten a Cristo. Ahí está la victoria. Y entonces, llega la alegría porque los nombres están escritos en el cielo. Es decir, Dios nos ha conocido tan íntimamente que lleva nuestro nombre grabado y la victoria está asegurada por la victoria de Cristo. La victoria de Cristo nos hace conocidos y amigos de Dios, de manera que nuestros nombres están escritos en el cielo. Y esa es la causa de nuestra alegría. Es la victoria que se celebra en el rezo del Rosario y la alabanza por la victoria alcanzada por intercesión de María. La primera lectura de Baruc afirma lo mismo: “el que os mandó todas esas desgracias, os dará también con su salvación, la alegría eterna”.

Esta seguridad nuestra da a Jesús razón para alabar a Dios por haberse revelado de una manera tan extraordinaria y por revelarse a los más sencillos. Es una intuición directa: la contemplación del Misterio de Cristo nos da la llave de la victoria. Y revela, además, una verdad profundísima: Dios Padre, entregando todo al Hijo, le da la victoria sobre todo y sobre todos. Lepanto parece una pequeña batallita comparada con todos nuestros “lepantos” diarios donde Cristo vence. Bienaventurados nosotros que lo hemos visto y oído.

Carmen Fernández Aguinaco

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

viernes, 6 de octubre de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 10,13-16

 

Evangelio según San Lucas 10,13-16
¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados entre ustedes, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y sentándose sobre ceniza.

Por eso Tiro y Sidón, en el día del Juicio, serán tratadas menos rigurosamente que ustedes.

Y tú, Cafarnaún, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno.

El que los escucha a ustedes, me escucha a mí; el que los rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el que me rechaza, rechaza a aquel que me envió".


RESONAR DE LA PALABRA


Dicen que los adolescentes están genéticamente preparados para desactivar el canal de escucha de las voces de sus padres. No es necesariamente que no quieran oír. Es que no pueden. Por otro lado, los más viejos a menudo pierden gradualmente el sentido del oído y algunos cayendo progresivamente en una sordera profunda. De modo que un gran número de personas no es que no quieran, es que son incapaces físicamente de oír. La diferencia entre los dos grupos generacionales es que los mayores probablemente sí quieran oír. Y además, pueden recordar sonidos y significados similares por su experiencia. Y otras muchas personas, aunque oigan, no tienen mayor interés en escuchar, entender, y recordar lo que se les dice.

Las lecturas de hoy repetidamente hablan de escuchar la palabra y la llamada. Como si fuera tan fácil. Escuchar no es tanto una capacidad física cuanto una experiencia interior de apertura. Es difícil y exige bastante esfuerzo y sacrificio. Requiere algo de silencio, mucho de interés y, sobre todo, bastante amor. Porque, si el interlocutor me resulta indiferente, o pesado, voy a cambiar de canal muy fácilmente. Oír las palabras es una cosa. Si me hablan en un idioma extranjero, podría oír e incluso repetir los sonidos. Pero escuchar implica no solo poder repetir el sonido, sino interpretarlo, entenderlo y poder, incluso repetir el contenido con otras palabras. Y requiere también un ejercicio de retención y memoria.

Escuchar la palabra de Dios es todavía más difícil, porque, a todas esas capacidades de repetición, retención y memoria, se añade la necesidad de respuesta y acción. Es más, se añade la conversión y el cambio de vida. A Corazaín y a Betsaida se las acusa de no escuchar. Han visto y oído prodigios, pero no han sido capaces de retener, y mucho menos de responder y de convertirse. Han, de alguna manera, como si fueran adolescentes, desconectado la voz de su Padre y no pueden responder. Rechazar la palabra de Dios dirigida al corazón, y demostrada en prodigios es igual a rechazar al enviado, al Cristo. Quizá un buen ejercicio sea hacer recuento los prodigios, los favores y las gracias recibidas en nuestras vidas y escuchar en ellas la palabra de amor de Dios que llama a una respuesta activa. Dejar pasar esa oportunidad, desconectar el canal, desoír las llamadas en ningún caso tendría la excusa de la sordera física y demostraría una enorme indiferencia y falta de amor. Y eso sería una condena: “¡Ay de ti, Corazaín, ay de ti Betsaida!”

Carmen Fernández Aguinaco

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

jueves, 5 de octubre de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 10,1-12

 

Evangelio según San Lucas 10,1-12
El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir.

Y les dijo: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.

¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos.

No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: '¡Que descienda la paz sobre esta casa!'.

Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.

Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.

En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan;

curen a sus enfermos y digan a la gente: 'El Reino de Dios está cerca de ustedes'."

Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan:

'¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca'.

Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.


 

RESONAR DE LA PALABRA


A quienes estábamos acostumbrados a iglesias llenas y a muchas vocaciones sacerdotales y religiosas, nos choca constatar la escasez actual de vocaciones. Nos duele sentir que quizá la Iglesia esté de algún modo mermada. Y nos duele, sobre todo, la división que hace eco a las divisiones sociales e ideológicas.

Y sin embargo hoy se nos dice que la mies es mucha. Pero, ¿dónde está? Porque, por un lado, nuestra sociedad está inmersa en un claro invierno demográfico (alentado por medidas políticas nefastas), y por otro, no vemos un gran entusiasmo por regresar entre quienes quizá fueran bautizados, pero que ahora viven una intensa desafección… o quizá simplemente indiferencia ante la religión.

Según el diccionario, la mies es la semilla de la que se hace el pan, o el tiempo de la cosecha… Es decir, algo bueno, muy bueno. Entonces, si la mies es mucha, hay mucho bueno ahí fuera, mucho potencial de pan, de alimento para el mundo. Pero quizá no se sepa o no se reconozca. Lo imperativo, pues, reconocer tal bondad e invitar a esa semilla o bien recoger lo que ya está maduro. ¿Quién deberá hacerlo? “Los trabajadores, pocos”. ¿Es que no todos los cristianos son o deben ser trabajadores? ¿Dónde están? Quizá algunos piensen que la cosa no va con ellos, que los trabajadores son otros. Pero, en cierta manera, todos los cristianos tienen el deber de llamar a otros, de cosechar, de ir a la mies y descubrir lo mucho bueno que existe.

En nuestros templos vemos a menudo a jóvenes piadosos y comprometidos. Algunos habrán tenido ya un encuentro personal con Cristo y otros quizá sientan la sed. Otros muchos jóvenes quizá sientan que falta algo, y estén en búsqueda. Quizá alguien les haya hecho la invitación a seguir a Cristo más radicalmente. Pero quizá muchos también, que sienten la sed, no hayan escuchado un anuncio explícito, o una invitación directa. “Pedid al Padre que envíe obreros a su mies”… pero, ¿cómo van a ir si no han escuchado la llamada? Y, ¿cómo escucharán la llamada si nadie se la presenta como opción posible e invitación personal? Serían grandes trabajadores que recogerían la mies que tiene el potencial de alimentar al mundo. Es necesario ayudar a los jóvenes a escuchar la invitación. Y también—o quizá, sobre todo—todos los cristianos deben escuchar la llamada a buscar y a encontrar el pan, el bien en todos, y a llamar a esas semillas a entregarse a la misión. Así se hará pan para el mundo. Pan que Dios transformará en el Cuerpo de su Hijo entregado para la salvación. Anunciad que el Reino de los cielos está cerca.

Carmen Fernández Aguinaco

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

miércoles, 4 de octubre de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 9,57-62

 

Evangelio según San Lucas 9,57-62
Mientras Jesús y sus discípulos iban caminando, alguien le dijo a Jesús: "¡Te seguiré adonde vayas!".

Jesús le respondió: "Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza".

Y dijo a otro: "Sígueme". El respondió: "Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre".

Pero Jesús le respondió: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios".

Otro le dijo: "Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos".

Jesús le respondió: "El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios".


RESONAR DE LA PALABRA


San Francisco de Asís

San Francisco resulta extrañamente atractivo. Pero debería, más bien, resultar atemorizante. Eso de la pobreza absoluta no nos va. No les va ni siquiera a los ecologistas más acérrimos que, para “salvar al planeta” necesitan comprar una serie de artilugios para reciclar, comprar coches mucho más caros, e incluso comprar alimentos que resultan excesivamente caros… La pobreza absoluta, o el desprendimiento absoluto en nuestro tiempo a veces parece una imposibilidad.

Y, ¿qué tal lo de no tener dónde reclinar la cabeza? Todo el discurso parece totalmente irrealista y duro. ¿De verdad podría Jesús querer que no esperemos a enterrar a nuestro padre?

Posiblemente las hipérboles a las que eran tan dados los semitas, y las exageraciones de los santos, como Francisco de Asís, nos resulten admirables, pero no asequibles.

Tampoco parece muy viable y ni siquiera saludable el vivir del recuerdo, como dice el Salmo: “Tu recuerdo, Señor, es mi alegría”. Uno no se debe anclar en el pasado, nos dicen.

Parece ser que esos pobres radicales, como san Francisco y como el improbable modelo que propone Jesús, sí que tienen dónde reclinar la cabeza. El dónde reclinar la cabeza se llama recuerdo del Señor. El padre no enterrado también se llama recuerdo del Señor. El no tener nada también se llama recuerdo del Señor. Es decir, si entendemos recuerdo no como una memoria lejana y pasada que no volverá y que simplemente nos trae imágenes nostálgicas. Pero, si pensamos en la auténtica definición de recuerdo, que es “traer al corazón”, todo cobra un sentido distinto y muy real. Traer al corazón al Señor, es reclinar la cabeza en el propio corazón de Cristo. Es, también, nunca “enterrar” al padre en un rincón oscuro de la memoria, sino más bien anteponer el amor de Cristo a todo, sabiendo que la propia raíz (el padre, o la madre) personal tiene su origen en la raíz primigenia de Dios. No tener nada es contar con todo Cristo.

Así quizá parezca menos imposible, aunque aun difícil. En mayor o menor grado, todos estamos afectados por un cierto “alzehimer” espiritual. Somos desmemoriados y entonces nos aferramos a fantasmas: posesiones materiales, prestigio, raíces pasajeras, recuerdos efímeros que no dan alegría verdadera y que sólo conducen a la nostalgia.

El “re-cordar” a Dios en todo momento no es, por tanto, un fútil ejercicio de mirar al pasado, sino un encuentro del verdadero centro de todo, que hace innecesaria cualquier otra cosa. Posiblemente es lo que viviera san Francisco. Y ciertamente, es a lo que nos llama el Señor.

Carmen Fernández Aguinaco

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

martes, 3 de octubre de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 9,51-56

 

Evangelio según San Lucas 9,51-56
Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén

y envió mensajeros delante de él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento.

Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén.

Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: "Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?".

Pero él se dio vuelta y los reprendió.

Y se fueron a otro pueblo.


RESONAR DE LA PALABRA 

Mandar fuego. ¡Qué hermosísima tentación! Todo lo que nos rodea invita a mandar fuego. Que arda todo; que se termine todo; que, de una buena vez, acabemos con los malos, con quienes no nos reciben, con quienes no tienen fe, con quienes están amenazando la paz, la seguridad, con quienes minan la moral y presentan un peligro para la nación y para nuestros hijos. Y así, nos desharíamos de lo malo, habría paz, no habría divisiones, y podríamos recomenzar la vida en paz. Sería maravilloso. Porque tenemos razón. Porque no hay derecho a que no se acepte a Jesús. Porque toda esa gente ha faltado al deber básico de la hospitalidad, o de la fidelidad.

Pero, ¿de verdad solucionaría la situación? Porque en el corazón humano siempre va a haber la tendencia a la ambición, a la competición, al ansia de poder, la inclinación a “ser como dioses”. Y la historia, muy probablemente, se va a repetir una y otra vez.

Jesús mismo dijo que iba a traer fuego a la tierra y que quería que ardiera. ¿Por qué ahora, entonces, regaña a sus discípulos por querer hacer precisamente eso? Quizá porque el fuego que querían hacer bajar ellos reflejara más ese “ser dioses”, que el deseo de la implantación del Reino. Quizá porque el fuego que nos gustaría mandar muchas veces viene de un lugar oscuro de deseo de venganza y de golpe de poder, mientras que el que él envía proviene de la pasión por el bien que debería incendiar el mundo. Es un fuego mucho más profundo, y mucho más duradero, como demuestra la historia de los santos a lo largo de los tiempos, que es la historia de las misiones, de los hospitales, de las escuelas, de las innumerables obras de la Iglesia a través de sus miembros.

No es un fuego físico y enviado mágicamente, que se extiende de inmediato, sino un fuego interno y personal que mueve, o debería mover a cada discípulo, a la proclamación del Reino, al testimonio (incluso martirial), a la acción por la justicia y la verdad. El fuego que trae Jesús no mueve a destruir al enemigo físico, sino al enemigo interno, incluido el de cada uno de nosotros. El fuego que pide Cristo es el fuego que mueve a amar incluso a quien no cae bien (al que, en nuestra humilde opinión, le vendría muy bien el primer tipo de fuego); es el fuego de quien sacrifica su comodidad para atender a una persona anciana enferma (e incluso impertinente); es el fuego de quien toma en serio las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales.

Envía fuego, ¡Señor! A tu estilo.

Carmen Fernández Aguinaco

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

lunes, 2 de octubre de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 18,1-5.10


Evangelio según San Mateo 18,1-5.10
En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: "¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?".

Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos

y dijo: "Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos.

Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos.

El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.

Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial."


RESONAR DE LA PALABRA


Memoria de los Santos Ángeles de la Guardia

A los niños siempre se les pregunta qué quieren ser cuando sean mayores. Ser mayor, ser grande, se presenta como ideal. Sería raro que alguien contestara que quiere ser pequeño. Enseguida pensaríamos que tiene complejo de Peter Pan, y, los más avanzados, buscarían un psicólogo para un niño que no parece “normal”, que no quiere dejar de ser niño. El ideal es la grandeza y una grandeza llena de gloria. Es a ser grande a lo que aspiramos, no a ser pequeños. Los padres desean que sus hijos sean grandes, que lleguen a ser alguien, que triunfen. Y en este mundo, triunfar puede querer decir tener el coche de última moda, ser capaz de dar discursos políticos (por muy vacuos que sean la mayoría de las veces), tener un título… o estar en posesión de las mejores armas.

No creo que Jesús pretenda que fracasemos, que no crezcamos o que no lleguemos a la edad adulta. Pero parece ser que su definición de grandeza es algo distinta a la idea que se suele tener sobre grandeza. No se trata de títulos ni de posesiones, sino de la identidad de los ciudadanos del reino, los cristianos. El antiguo catecismo preguntaba: “¿Qué es ser cristiano?” Y la respuesta era: “Ser cristiano es ser discípulo de Cristo.”

Otro pasaje del Evangelio dice que el discípulo no puede ser mayor que el Maestro. Y el maestro: “se vació a sí mismo”. Ser pequeño en el vocabulario de Dios es, nada más y nada menos que ser tan grande como el Maestro. El cristiano no está llamado a la pequeñez, sino a una inmensa grandeza. Entrar en el Reino, ser del Reino, significa ascender a la mayor grandeza. Haciéndose, paradójicamente, mínimo. Porque solo Cristo Jesús, obediente hasta la muerte, es grande.

¿Qué significa hacerse pequeño, entonces? Pienso que, simplemente, ese “ver continuamente el rostro de Dios” de los ángeles de la guarda que celebramos hoy, significa desprenderse de toda pretensión de poder, de mérito, o de ascendencia sobre alguien. Ver constantemente el rostro de Dios es saber que toda la grandeza que yo mismo pueda alcanzar, todos los triunfos que pueda cosechar, tienen su causa última en el poder de Dios, y no en el mío. Ver constantemente el rostro de Dios significa tener siempre presente el porqué de las cosas. Y también el “para quién”. Es aceptar la luz y la verdad de Dios sobre uno mismo y sobre el mundo. Y es alcanzar la grandeza de tal visión.

Carmen Fernández Aguinaco

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

domingo, 1 de octubre de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 21,28-32

 

Evangelio según San Mateo 21,28-32
Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

"¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: 'Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña'.

El respondió: 'No quiero'. Pero después se arrepintió y fue.

Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: 'Voy, Señor', pero no fue.

¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?". "El primero", le respondieron. Jesús les dijo: "Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.

En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él".


RESONAR DE LA PALABRA

¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?

Es una buena pregunta la que hace Jesús. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Dos hijos, los dos, en principio, más o menos normales, viven en la casa del padre, trabajan con él… “Buena gente”, se podría decir. Uno de los dos, quiere complacer, pero no hace. El otro, más “díscolo”, protesta, pero recapacita. Así somos algunas veces. Rápidos en decir, en hablar, pero más lentos en concretar.

El mensaje de Jesús va avanzando, martilleando, como quién dice. Semana a semana golpea y golpea en el mismo sitio, para que quede firmemente clavado en nuestro conocimiento. De esta manera se va formando nuestra conciencia, y entendemos mejor lo que significa ser cristiano.

Hemos ido pasando de la corrección fraterna al perdón al hermano y a la contabilidad original y generosa de Dios, con aquello de que los últimos serán los primeros. Y si hemos asimilado eso, para que no nos aburramos, hoy la Palabra nos da otra vuelta de tuerca.

En el mundo se dice: El que la hace, la paga. Y así es. Para eso tenemos el Derecho Penal. Delinques, y tienes que cumplir la pena correspondiente al delito cometido, después de un juicio justo. Pero incluso en este campo, después de algunos años, hay derecho a que te borren los antecedentes penales. Borrón y cuenta nueva, como suele decirse. Nosotros, sin embargo, tenemos una gran memoria para las ofensas. Quién me dijo qué y cuándo, aunque fuera hace muchos años. Es la capacidad de juzgar.

Seguro que el padre de esta parábola no se quedó mucho tiempo pensando en la negativa del primer hijo. Se fijó en que hizo lo que le pidió, y ya está. No le anduvo echando en cara que fuera tan voluble. Y casi seguro que al segundo también le dio otra oportunidad. Es lo que tienen los padres buenos. Como nuestro Dios. Ve en lo profundo del corazón de cada uno.

La semana pasada se nos dijo también que los últimos serán los primeros. Ya eso lo tuvimos que asimilar. Sobre todo, los que nos sentimos “primeros”. Hoy, además, se nos dice que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Me imagino cómo le sonaría a los contemporáneos de Jesús. Incluso hoy suena raro. Acostumbrados a juzgar, dividimos entre buenos y malos, los nuestros y los otros, los míos y los ajenos. Según nuestra lógica.

Y de nuevo la Palabra nos recuerda qué es lo importante. No decir, sino hacer. No sólo decir que creemos, sino hacer lo que decimos. Eso lo entendieron bien aquellos que estaban fuera de la sociedad, en tiempos de Jesús. Todo los que acompañaron a Mateo en el banquete que dio por su conversión. Todas las que sintieron el perdón. La prostituta que regó con lágrimas los pies de Jesús, Zaqueo, jefe de publicanos y ladrón, los enfermos, marginados por su condición de pecadores... Esos que no se sintieron juzgados, sino aceptados, perdonados. Con una segunda oportunidad.

A veces nos pasa que le echamos la culpa a los demás, que nosotros somos los que lo hacemos bien y los otros los equivocados. Ezequiel, en la primera lectura, les llama la atención a sus paisanos sobre esto: “¿Es injusto mi proceder? ¿O no es vuestro proceder el que es injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere… Y cuando el malvado se convierte… él mismo salva su vida”. En el fondo, de las injusticias y de los errores no tiene la culpa Dios, sino, muchas veces, nosotros mismos, que nos excluimos con nuestros bloqueos y nuestros corazones endurecidos. En nuestras manos, en nuestras acciones está el cambiar de actitud, el no sentirnos tan autosuficientes y poner nuestra confianza en Dios, que es Padre y nos quiere.

San Pablo, en la segunda lectura, propone a los cristianos de Filipos que sean testimonio de vida ante sus paisanos por sus actitudes y que tomen como ejemplo a Jesús, que renunció a sus derechos para compartir la condición humana con todas las consecuencias. No se trata de hacer moralinas apoyadas en principios filosóficos o religiosos, sino de vivir de acuerdo a nuestra fe en Jesús, que es a quien seguimos, y actuar como Él lo hizo con las personas con las que trató.

Hubo mucha gente que recapacitó, después de oír a Jesús. A Pablo. A muchos santos. Mucha gente que, primero, dijo no, pero luego se arrepintió. Ojalá nosotros seamos de esos. Ojalá seamos capaces de pensar siempre que es lo que querría Jesús que hiciéramos. Porque hemos escuchado su mensaje, y es un mensaje de liberación. Aunque el primer impulso sea decir “no”.

Nuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA