lunes, 7 de diciembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 1,26-38

 

Evangelio según San Lucas 1,26-38
El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,

a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: "¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo".

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Ángel le dijo: "No temas, María, porque Dios te ha favorecido.

Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús;

él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre,

reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin".

María dijo al Ángel: "¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?".

El Ángel le respondió: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.

También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes,

porque no hay nada imposible para Dios".

María dijo entonces: "Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho". Y el Ángel se alejó.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos:

Hay cuatro libros bíblicos que llamamos “evangelios”; y, como es sabido, evangelio es una palabra griega que significa “Buena Noticia”. Según esto, toda la biblia debiera ser designada como “evangelio”, pues toda ella es Buena Noticia. Incluso cuando encontramos a Yahvé “disgustado” por comportamientos incorrectos de sus fieles, al final aparece un horizonte de vida y plenitud; esa perspectiva nunca cambia.

La solemnidad de la Inmaculada Concepción nos ofrece un gran mensaje de vida. Como en casi todas las culturas, también en la bíblico-semita la serpiente es animal temible, venenoso, portador de muerte. Pero la descendencia de la mujer, es decir, la humanidad, los hijos de Dios, le aplastará la cabeza: el mal no es el horizonte final. Y esto por decisión de Dios mismo: es él quien establece la enemistad, la incompatibilidad entre ser sus hijos y estar sometidos a poderes de muerte.

La carta a los Efesios nos habla de ese destino deslumbrante que Dios ha diseñado para todos: “ser santos e irreprochables ante Él por el amor” para ser “alabanza de su gloria”; y para ello nos ha colmado de “toda clase de bienes espirituales y celestiales”. Al proponernos esta lectura, la Iglesia quiere que, en María, contemplemos nuestro propio destino ya realizado; obedece así a la afirmación conciliar, bien fundamentada bíblicamente, de que María es el icono de la Iglesia en su plenitud (LG 65), esa Iglesia que, según la misma carta a los Efesios, Jesús quiere “presentarse a sí mismo gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino que sea santa e inmaculada” (Ef 5,27).

Lo que la carta a los Efesios dice de todos los creyentes, el evangelista Lucas lo dice en particular de María de Nazaret. Ella es la llena de la predilección de Dios, de “su gracia”, la que vive “a la sombra de su Espíritu y bajo la acción de su poder” (Lc 1,35); por ello es “santa e inmaculada”

Todo esto es, naturalmente, un gran regalo, en el caso de María y en el nuestro: Dios nos predestinó. Pero no es solo don, sino tarea. En el pasado se contempló a María simplemente como la “sin pecado original”, santificada de manera casi irresistible o bajo una especie de fatalismo (en el mejor sentido de la palabra). Pero el texto evangélico la presenta más bien como “activamente receptiva”, dando su consentimiento. La santidad inicialmente regalada María tuvo que hacerla presente, activa, poniendo su decisión. En torno a ella había violencia, avaricia, lascivia, resentimiento frente al poder romano, y tantas otras manifestaciones del mal; y Dios no la sacó de ese “pecado ambiental”, sino que la robusteció para que no sucumbiese a él, para que fuese capaz de discernir y optar.

La fiesta de la Inmaculada Concepción es el día de celebrar nosotros que el don de Dios precede a todo, que Él “nos eligió antes de crear el mundo”, “nos amó primero” y que estamos llamados a decir “sí”, o “hágase en mí”, a esa orientación primordial en cada nueva situación. No es (como a veces popularmente se ha confundido) la fiesta de la virginidad de María, ni menos aún de su purificación fisiológica puerperal. Es la fiesta de la fidelidad, de su permanencia y la nuestra en el “sí permanente” a lo iniciado por Dios en nosotros, del “no” al poder de la serpiente. 

Nuestro hermano

Severiano Blanco cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

domingo, 6 de diciembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 5,17-26

 Evangelio según San Lucas 5,17-26

Un día, mientras Jesús enseñaba, había entre los presentes algunos fariseos y doctores de la Ley, llegados de todas las regiones de Galilea, de Judea y de Jerusalén. La fuerza del Señor le daba poder para curar.

Llegaron entonces unas personas transportando a un paralítico sobre una camilla y buscaban el modo de entrar, para llevarlo ante Jesús.

Como no sabían por dónde introducirlo a causa de la multitud, subieron a la terraza y, desde el techo, lo bajaron con su camilla en medio de la concurrencia y lo pusieron delante de Jesús.

Al ver su fe, Jesús le dijo: "Hombre, tus pecados te son perdonados".

Los escribas y los fariseos comenzaron a preguntarse: "¿Quién es este que blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?".

Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: "¿Qué es lo que están pensando?

¿Qué es más fácil decir: 'Tus pecados están perdonados', o 'Levántate y camina'?.

Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vuelve a tu casa".

Inmediatamente se levantó a la vista de todos, tomó su camilla y se fue a su casa alabando a Dios.

Todos quedaron llenos de asombro y glorificaban a Dios, diciendo con gran temor: "Hoy hemos visto cosas maravillosas".


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos hermanos:

El Jesús de este pasaje evangélico afianza las rodillas vacilantes (el paralítico se incorpora y camina), despega los ojos de “los ciegos” (escribas y fariseos pasan del escándalo al asombro y a la glorificación de Dios), y hace que para todos acontezca un verdadero Adviento: la alegría de percibir que Dios está presente y cumple, por medio de Jesús, sus promesas de redención. Jesús pone gozo y alegría en el lugar de la pena y aflicción. Con su nacimiento viene Dios “en persona”, como prometía la profecía, y el creyente queda renovado, tanto que, por donde él se mueve, no hay “nada impuro”, pues es capaz de transfigurar cuanto toca. Con la llegada del Señor renacemos y renace el universo.

El texto del segundo Isaías anunciaba entusiasta el regreso a su patria de los israelitas deportados en Babilonia. Según Ezequiel, profeta contemporáneo del anterior, el pueblo había perdido toda esperanza de resurgir y sobrevivir, de reconstruir el templo y volver a practicar con libertad el culto a Yahvé; el rey de Babilonia les habría asestado el golpe definitivo… Al parecer, se vieron incluso tentados de abandonar la alianza con Yahvé y dar culto a Marduk, dios de los babilonios, que aparentemente era más fuerte. Pero Dios responde a esta situación de desaliento con la presentación de un panorama grandioso y radiaante: el pueblo renace, sus temores, parálisis y encogimientos quedan atrás, se le allana el camino a la tierra santa, adquiere unos ojos y unos oídos nuevos para escuchar la palabra de su Dios y contemplar su acción… Hasta la aridez del desierto reverdece, regada por abundantes aguas, y desaparece la amenaza de toda bestia feroz. Imágenes robustas de lo que será una humanidad restaurada.

Es ya un tópico mencionar la esperanza que el creyente debe vivir y contagiar a otros en medio de la pandemia que venimos padeciendo. Pero la pandemia no puede ser orillada en un escapismo inconsciente o irresponsable, pues forma parte bien tangible del cúmulo de amenazas, dolores y experiencias de limitación en que habitualmente nos movemos.

Pero Jesús encarnado padeció esas mismas limitaciones; experimentó hambre, sed, dolor, las molestias de la pobreza… y finalmente el rechazo por su pueblo, que había sido tan favorecido por él; sufrió la desconfianza, difamación, y la muerte más cruel y vergonzante. Sin embargo Él, el más creyente de todos los creyentes, nunca olvidó que estaba en manos del Padre, que a veces le conducía por sendas desconcertantes, como conduce a todos sus hijos, pero que nunca equivoca la meta: entrar a participar de su misma gloria, en el momento y por la puerta que él quiera.

Adviento: tiempo de abrir ojos y oídos para ver más claro entender mejor, de ponernos en pie y echar a andar, y de abrirnos gozosamente a ese Dios que, a través de la carne débil de Jesús, “viene en persona”.

Nuestro hermano

Severiano Blanco cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

sábado, 5 de diciembre de 2020

RESONAR DE L PALABRA - Evangelio según San Marcos 1,1-8


Evangelio según San Marcos 1,1-8
Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.

Como está escrito en el libro del profeta Isaías: Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino.

Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos,

así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.

Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:

"Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias.

Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo".


RESONAR DE L PALABRA

UNA PALABRA DE CONSUELO

“Donde está el peligro también crece la salvación” (Friedrich Holderlin)

Isaías es un profeta que vale para todos los tiempos. Su palabra no era simplemente el fruto de un rato de reflexión, sino la expresión viva de su profunda experiencia de Dios. Procuraba mirar la realidad de su tiempo, a la que estaba muy atento, con los ojos y el corazón de Dios. El profeta sabe que la historia es siempre «historia de salvación». Cuando él escribe, su pueblo está bastante perdido, desilusionado, desesperanzado, desconcertado, desanimado, - y todos los "des" que queramos añadir- por la situación política, económica y personal de todos ellos, pues se encuentran "desterrados", no tienen «tierra» bajo sus pies donde sostenerse, donde levantar sus vidas. Están de prestado, exiliados, dispersos, inseguros. La gris niebla envuelve su presente, y les impide ver su futuro. No hay futuro. 

Por su parte, los jefes del pueblo no están a la altura, preocupados -como tantas veces- por sus mezquinos intereses, y dominados por el miedo y la resignación. O «adaptados» a las circunstancias, procurando que les vaya lo mejor posible.

No es una situación muy diferente de la nuestra. No voy a referirme a España (que es desde donde escribo) en atención a los muchos hermanos que nos leen desde fuera. Simplemente apunto algunos hechos, ejemplos, de lo que ocurre aquí, como también en otros lugares, con distinta incidencia. 

Leo (en encuestas y estudios) que a los jóvenes les preocupa la situación económica y laboral. La mayoría de ellos cree que tendrán que trabajar en algo distinto de lo que han estudiado. Bastantes han tenido que regresar a casa de sus padres. Los confinamientos han producido estrés o ansiedad en muchos (jóvenes o no), y las relaciones familiares y personales se han visto a menudo dañadas. Muchos han perdido sus empresas, su trabajo. Hay miedo al contagio (con distinta proporción según edades), pero casi más miedo a contagiar a otros. Muchos mayores se han visto muy solos en residencias y hospitales, y en no pocas ocasiones no han sido debidamente atendidos. Las colas en los bancos de alimentos e instituciones como Cáritas se han multiplicado. Se ha producido una polarización ideológica, y es mucho más difícil dialogar con los que piensan distinto; se percibe no poca agresividad en el trato con los otros. Echamos mucho de menos los momentos de encuentro «no virtuales», los besos, los abrazos, las presencias... Muchos no han podido despedirse debidamente de sus difuntos. Y algunos estudios detectan un alejamiento de la Iglesia y de la fe en muchos (mejor no dar cifras) que hasta hace poco se consideraban tradicionalmente católicos, como consecuencia de lo vivido en los últimos meses.

Por supuesto que también han ocurrido cosas bellas, emocionantes, generosas, solidarias... pero estas apuntadas indican un ambiente de «desánimo», nerviosismo, miedo y desesperanza en no pocos hermanos.

Pues en aquellos tiempos de Isaías -y cada vez que se repiten circunstancias semejantes- Dios tiene una palabra que decir a través de los que tienen un corazón "bien lleno de Dios". Suele servirse de oráculos, de portavoces, de mediadores... para hacerse presente. En este caso Dios lanza un deseo, una petición, casi una orden a quienes puedan y quieran escucharle: "Consolad a mi pueblo y habladle al corazón".

Nunca está de más una palabra de consuelo, y siempre llega más una palabra que hable al corazón que a la cabeza. No cualquier palabra: estamos saturados de palabras vacías y de mensajes de «autoayuda» que no ayudan en nada.

Consolar significa estar con el que se siente solo, con el que sufre, con el que se encuentra en dificultades y aliviar su carga, calmar la inquietud, fortalecer su fragilidad, suavizar la angustia... de modo que pueda vivir más sosegadamente, más esperanzadamente, con más confianza. El consuelo no elimina el dolor, y tampoco lo «relativiza» (al menos no siempre) pero sí ensancha la esperanza y fortalece el coraje para afrontarlo.

 En el Evangelio de hoy escuchamos: «Voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor». Desierto es una palabra inquietante en nuestros días. Casi el 33% de la superficie terrestre está ocupada por desierto. Y la proporción va en vertiginoso aumento. Leo, por ejemplo, que el ritmo de deforestación en Brasil ha aumentado a unos 4.430 campos de fútbol por día y que entre agosto de 2019 y julio de 2020, 11.088 kilómetros cuadrados de selva haya sido talados en la región. Cada año cientos de miles de hectáreas de terreno cultivable se convierten en desierto. Y millones de personas, se han visto obligadas a dejar atrás sus tierras, por el desierto que avanza.

Pero existe otro desierto: no fuera, sino en medio de nosotros; no en zonas remotas del planeta, sino dentro de nuestras propios ciudades: Es el «secarral» de las relaciones humanas, la soledad, la indiferencia, el aislamiento, el anonimato. El desierto es ese lugar donde si gritas nadie te oye, si yaces en tierra acabado nadie se te acerca, si una feroz bestia te asalta nadie te defiende, si experimentas un gran gozo o una gran pena no tienes con quien compartirla. ¿Y no es esto lo que ocurre en muchas en nuestras ciudades? Nuestro agitarnos yendo y viniendo y quejándonos, ¿no es también un gritar en el desierto?

Y también hay un desierto, quizá más peligroso: el que cada uno de nosotros lleva dentro. Justamente el corazón puede transformarse en un desierto: árido, apagado, sin afectos, sin esperanza, infecundo. ¿Por qué muchos no logran despegarse del trabajo, apagar el móvil, la radio, la tele, el WhatsApp, los auriculares...? Tienen miedo de reconocerse en ese desierto. La naturaleza, dicen, tiene «horror del vacío», y también el hombre rehuye el vacío. Si nos examinamos honestamente, veremos cuántas cosas hacemos para evitar encontrarnos solos, cara a cara con nosotros mismos y frente a la realidad. Cuanto más crecen los medios de comunicación y las redes sociales, más disminuye la verdadera comunicación. Tenemos la sensación de que este mundo es como un desierto sin sendas. Donde los gritos de auxilio no son acogidos, no obtienen respuesta tapados por nuestros ruidos, y engañados por los espejismos y oasis que nos ayudan a olvidarnos de todo...

Ante esa situación de desolación del pueblo de Israel, Dios toma partido de una vez para siempre. Se coloca al frente del rebaño como un pastor amoroso. Pero no se queda en simples palabras: su consuelo va acompañado de acciones. El texto nos lo describe muy bien: los montes se abajan, los valles se levantan y Dios mismo se pone al frente. Las acciones orientan y abren caminos. El consuelo nos habla al oído en el presente y nos infunde una esperanza que nos hace encarar el futuro desde la seguridad y la confianza de saber que no nos encontramos solos en medio del “desierto” de nuestros miedos y dudas.

El apóstol Pedro nos dice que los cristianos "ESPERAMOS UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA DONDE HABITE LA JUSTICIA". Pero ¿es un sueño al estilo Walt Disney? Pues no: ese sueño tiene mucho que ver con las palabras de Juan Bautista: "PREPARADLE EL CAMINO AL SEÑOR, ALLANAD SUS SENDEROS". 

El cristiano es un eterno inconformista, y está convencido de que hay muchos obstáculos que remover. Su esperanza no es una ilusión evasiva de la realidad, ya que somos seguidores de Alguien que se dejó el pellejo en la cruz por luchar a favor de ese Mundo Nuevo. Y además contamos con la fuerza y el discernimiento del Espíritu. Cuando escuchamos hoy: "AQUÍ ESTÁ VUESTRO DIOS", es la señal de salida para ponernos manos a la obra, empezando por nosotros mismos. Dios sale al encuentro de quien se pone a remover obstáculos: siempre podemos tender puentes a aquellos que se han alejado de nosotros por tener opiniones o criterios distintos; siempre podemos revisar nuestro consumismo desenfrenado; siempre podemos poner más ternura en las relaciones humanas; siempre podemos buscar espacios de silencio y oración para dejar que Dios nos hable al corazón y nos ayude a encontrar sendas en cualquiera de nuestros desiertos; siempre podemos ayudar a alguien a ser más feliz, a sufrir menos... y podemos porque Cristo pudo, y ser discípulo suyo es creernos que ese mundo nuevo es posible, y la lucha por él es la que da sentido a nuestro caminar. La única batalla que se pierde es aquella en la que dejamos de luchar. Nunca rendirnos ni conformarnos ni acostumbrarnos. Nunca renunciar a seguirlo intentando. Nunca perder nuestra dignidad humana y nuestra confianza en nosotros mismos y en Dios: Él es la fuerza de nuestra fuerza.

Este segundo domingo de Adviento quiere consolarnos, sacarnos de nuestra desesperanza y modorra, de modo que no nos venzan las cosas malas que nos envuelven, para no dejar que nada ni nadie nos quite la paz del corazón y nuestros deseos de ser mejores y hacer un mundo siquiera un poquito mejor. Para eso vino Dios a la tierra, y sigue viniendo y no se cansa de venir. Hasta que todo esto sea realmente UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA donde habite la justicia. Y la paz. Y la fraternidad.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

viernes, 4 de diciembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 9,35-38.10,1.5a.6-8

 

Evangelio según San Mateo 9,35-38.10,1.5a.6-8
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.

Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.

Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha."

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.

A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones:

"Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.

Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.

Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente."


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos y amigas:

Si las lecturas de ayer nos descubrían como ciegos deseosos de luz y de cambios en nuestra vida y en el mundo, hoy la Palabra nos devuelve ese mismo deseo en modo de envío y misión: Jesús en persona nos ruega que nos unamos a su proyecto, a su vida, y por eso nos regala poder para expulsar espíritus inmundos y curar toda dolencia. ¿Acaso podemos imaginar un encargo mejor y más provechoso?

Y eso no lo hacemos por nuestra propia fuerza, sino porque, realmente, el reino de Dios ya ha llegado. A nosotros sólo se nos pide que lo saquemos a la luz, que lo pongamos en valor, que lo convirtamos en salud y en vida para todos. Gratis lo hemos recibido, démoslo gratis. Porque el verdadero hacedor de Vida no descansa: venda los corazones destrozados, reconstruye, sostiene.

Nosotros nos equivocaremos muchas veces, no importa. La cuestión es qué hacemos y a quién acudimos cuando eso pasa: “Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a tus espaldas que te dice: Éste es el camino, camina por él. Te dará lluvia para la semilla que siembras”.

Y si nos ayuda escucharlo con música y en un lenguaje distinto, no dejéis de conmoveros con esta bellísima canción de Laura Pausini como banda sonora de la película “La vida por delante”. Si podéis, merece la pena verla. Si no, al menos escuchad la canción en el italiano original o en la versión española.

Me permito copiar la letra. Cada uno sabrá ponerle voz y rostro y recibirlas como tal, como luz y lluvia y calor, como Palabra de vida para tantos momentos que nos sentimos como ovejas sin pastor:

Cuando más te faltan las palabras
Yo estoy, yo estoy.
Cuando no valoras lo que logras,
Yo estoy, yo estoy.
Cuando aprendes a permanecer al borde de tus límites
Si nadie te ve, yo sí.
¿Dónde irás tú si se apaga la luz? No te irás, lograrás resistir. Si nadie te siente, yo sí.


Cuando tú no encuentras el camino
Yo estoy, yo estoy.
Desconfías o lanzas desafíos
Yo estoy, yo estoy.
Cuando quieres desaparecer, te rindes antes de perder
Si nadie te ve, yo sí.
¿Dónde irás tú si se apaga la luz? Lo verás, lograrás resistir. Si nadie lo ve, yo sí.

Quien se ama lo hará entre encanto y verdad
A veces basta solo sentir, aún queda la vida ante sí.
¿Dónde irás tú si se apaga la luz? Lo verás, lograrás resistir
Si nadie lo ve, yo sí.
Y nadie lo cree, mas yo sí.


Nuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

jueves, 3 de diciembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 9,27-31

 

Evangelio según San Mateo 9,27-31
Cuando Jesús se fue, lo siguieron dos ciegos, gritando: "Ten piedad de nosotros, Hijo de David".

Al llegar a la casa, los ciegos se le acercaron y él les preguntó: "¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?". Ellos le respondieron: "Sí, Señor".

Jesús les tocó los ojos, diciendo: "Que suceda como ustedes han creído".

Y se les abrieron sus ojos. Entonces Jesús los conminó: "¡Cuidado! Que nadie lo sepa".

Pero ellos, apenas salieron, difundieron su fama por toda aquella región.


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos y amigas:

Quizá el secreto de que el tiempo de adviento nos resulte tan entrañable es el continuo mensaje de paz y esperanza que nos propone. Desde los profetas, en Adviento no dejamos de escuchar en la Palabra que las cosas pueden cambiar: ¡van a cambiar! ¿A quién no le consuela esto? ¿Quién no se emociona pensando en un mundo donde los ciegos ven, los sordos oyen, los desiertos son vergeles y se hace justicia con los cínicos, los violentos, las malas personas?

Adviento es el tiempo de cuantos ansiamos que las cosas cambien y sobre todo, es el tiempo de los pequeños, de los que ya ahora se sitúan del lado de la concordia, del diálogo, de la mirada limpia, del gesto fraterno.

Y, sin embargo, la realidad se empeña tozudamente en recordarnos que las cosas no cambian tanto como querríamos. Ni siquiera nosotros mejoramos tanto como nos gustaría. Somos ciegos a los que Jesús toca en medio del camino y nos pregunta: ¿creéis que puedo hacerlo? La respuesta está en cada uno. La ceguera también. Quizá la clave sea no olvidar que también en nosotros está la luz y la salvación, al menos en germen. Porque nos habita el Señor, la defensa de nuestra vida.

Nuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

miércoles, 2 de diciembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 7,21.24-27

 

Evangelio según San Mateo 7,21.24-27
Jesús dijo a sus discípulos:

"No son los que me dicen: 'Señor, Señor', los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca.

Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.

Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena.

Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande".


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos y amigas:

Cuando Isaías describe al pueblo justo dice: “que observa la lealtad; su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en Dios”. Sería bonito que nuestro mundo nos identificara también porque somos gente de ánimo firme, que no se viene abajo con cualquier contratiempo y que hacemos todo lo que está en nuestras manos para mantener la paz. A veces me pregunto si no es así porque nuestra confianza en el Señor, a pesar de todo, no es tan fuerte.

O en palabras del evangelio de hoy, se trataría de ser gente que no se queda en palabras bonitas (¡Señor, Señor!) sino que cumple la voluntad de Dios, que expresa su fe con gestos concretos, con hechos. En definitiva, que nuestra vida se va construyendo sobre roca y no sobre arena.

San Francisco Javier, a quien celebramos, como testigo de vida y ejemplo misionero, puede ser otra enorme ayuda para nosotros. Todo su proceso vital es el retrato de alguien que, ciertamente, se fio de Dios, construyó su casa sobre roca y por eso tuvo la libertad suficiente para ir cambiando el rumbo según soplaba el Espíritu en la vida de cada día. Sin estar preso en apariencias o en grandilocuentes hazañas. Su modo de morir lo expresa muy bien.

Al parecer, un 21 de noviembre, la fiebre comenzó a minar su salud. Tuvo que abandonar el barco en que se hallaba y un comerciante le condujo a una pobre cabaña de palos, donde fue debilitándose, hasta morir un 3 de diciembre. Tenía 46 años. Toda la pompa y reconocimiento a sus andanzas misioneras se tradujeron en un entierro con su amigo Antonio, un portugués y dos esclavos. ¿Qué más señales necesitamos para seguir confiando en quien realmente nos da la vida?, ¿qué más necesitamos para desconfiar de grandes fachadas y aparentes éxitos como garantía de fidelidad a Dios?

Nuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

martes, 1 de diciembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 15,29-37


Evangelio según San Mateo 15,29-37
Jesús llegó a orillas del mar de Galilea y, subiendo a la montaña, se sentó.

Una gran multitud acudió a él, llevando paralíticos, lisiados, ciegos, mudos y muchos otros enfermos. Los pusieron a sus pies y él los curó.

La multitud se admiraba al ver que los mudos hablaban, los inválidos quedaban curados, los paralíticos caminaban y los ciegos recobraban la vista. Y todos glorificaban al Dios de Israel.

Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque podrían desfallecer en el camino".

Los discípulos le dijeron: "¿Y dónde podríamos conseguir en este lugar despoblado bastante cantidad de pan para saciar a tanta gente?".

Jesús les dijo: "¿Cuántos panes tienen?". Ellos respondieron: "Siete y unos pocos pescados".

El ordenó a la multitud que se sentara en el suelo;

después, tomó los panes y los pescados, dio gracias, los partió y los dio a los discípulos. Y ellos los distribuyeron entre la multitud.

Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que sobraron se llenaron siete canastas.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos y amigas:

Este adviento confinado que vivimos (en mayor o menor medida, en unos lugares u otros) nos impide organizar comidas y banquetes que siempre han sido tan habituales en estas fechas: cenas de trabajo, encuentros con amigos, comidas familiares… La pandemia nos obliga a repensar el modo de encontrarnos, de festejar, de querernos y recibir el cariño que todos necesitamos. La Palabra y la tradición bíblica tiene claro que de lo más parecido al Reino de Dios y al encuentro final con Él es un banquete. Y un banquete de ricos manjares significa muy poco si no hay gente con quien compartirlo. Por eso conmueve saber que el Señor en persona sigue preparando la mesa para nosotros. Sigue cuidando todos los detalles. Hace sitio para todos y rebosan nuestras copas, nuestros platos de plan multiplicado. ¡Nada nos faltará!

También imagino hoy a Jesús mirándonos con compasión “porque llevamos muchos meses sin comer, sin poder abrazarnos, sin bailar juntos, sin visitar a los abuelos con calma, sin organizar encuentros familiares, sin viajar para estar con amigos… Y Jesús no quiere despedirnos en ayunas, no sea que desfallezcamos por el camino”.

-¿Cuántos panes tenéis?, ¿qué tienes que pueda servir para hacer más llevadero este tiempo de dolor en toda la humanidad?, ¿qué puedes aportar para que los que además del covid soportan la pobreza, las muertes en cayucos del mediterráneo, las inundaciones criminales en Centroamérica,…? ¿Cuántos panes tenéis?, ¡compartirlo, inventad modos nuevos de sentiros acompañados y alimentados unos por otros!

Quizá así comeremos hasta saciarnos y sobrarán canastos llenos. Levantaremos la mirada y diremos como Isaías: “Esperábamos en Dios y nos ha salvado. Celebremos y gocemos con su salvación”.

Nuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz

fuente del comentario CIUDAD REDONDA