domingo, 28 de enero de 2024

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 1,21-28

  

Evangelio según San Marcos 1,21-28
Entraron en Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar.

Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar:

"¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios".

Pero Jesús lo increpó, diciendo: "Cállate y sal de este hombre".

El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.

Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: "¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!".

Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.


RESONAR DE LA PALABRA

Cállate y sal de él.

Queridos hermanos, paz y bien.

El Evangelio de hoy nos habla de la enseñanza de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm. No se han recogen sus palabras, pero serían de gracia, como las que pronunció en la sinagoga de Nazaret (Lc 4, 18-21). Les hablaría del Reino de Dios que está cerca, que Dios se acerca a nosotros como un padre que se compadece de sus hijos y quiere consolarlos y confortarlos; que establecerá una lucha perma­nente contra los espíritus inmundos y el poder de las tinieblas; que nos libra­rá y nos salvará de todo mal. Continúa el discurso iniciado la semana pasada.

Sus palabras llegaban al corazón. Eran palabras dichas con fuerza y con poder, como si brotaran de una fuente interior creadora. Eran palabras vivas y entrañables, que producían efecto. No se parecían en nada a las palabras de otros maestros y escribas, palabras viejas, cansadas, frías. Hace un comentario del texto que no le ha escuchado a nadie. Es suyo, vivo, adecuado a las circunstancias. E interpela de verdad, mueve los corazones. No deja indiferente a nadie.

Al escucharle, los vecinos de Jesús se dieron cuenta de que ahí había algo diferente. Hablaba un verdadero profeta. Y lo hacía con autoridad. La autoridad que viene de Dios. Eso es lo que el Resucitado ha compartido con nosotros. El Evangelio, la Palabra de Dios, está cerca de nosotros, y nos ayuda a discernir la voluntad del Padre y a comunicarla a los hermanos. El viejo deseo de Moisés, de que todos los israelitas se convirtieran en profetas, como era el mismo Moisés. Lo que aconteció en Pentecostés, en Jerusalén, cuando los Apóstoles, eso está ya a nuestro alcance. Es también nuestra misión.

La lectura de hoy no termina ahí. Se nos relata después el encuentro con el endemoniado. El “pobre hombre” estaba en la sinagoga, en sus cosas de endemoniado, tranquilo. Los demás, seguramente, le veían en una esquina y le evitaban. Digamos que se habían acostumbrado a “vivir con el demonio”. Todos tranquilos, él y los que compartían la oración con él. Dicho así, suena raro, pero es lo que, quizá, nos pasa también a nosotros. No hacemos daño a nadie, pero estamos de acuerdo con situaciones que no nos hacen bien. Son las concesiones para guardar la propia imagen, los compromisos con situaciones injustas, una vida espiritual tibia o fría… Mientras todo esto pasa, el demonio está tranquilo, porque nada le impide seguir reinando en nuestras vidas. Pero…

Cuando aparece un verdadero profeta, entonces todo cambia. Lo hemos visto muchas veces, a la largo de la historia. (San Francisco de Asís, san Óscar Romero en El Salvador, los jesuitas de la UCA…) Habla el profeta y salta el demonio. Una interpelación para los que nos decimos cristianos. Si vivimos, hablamos, predicamos, y a nuestro alrededor nadie reacciona, a lo peor no estamos transmitiendo toda la fuerza que tienen las palabras de Jesús. A lo mejor no estamos siendo signos para los que están a nuestro alrededor.

El mejor exorcismo, entonces, es dejar que Cristo se haga presente en mi vida. Encender la lámpara de Dios para que desaparezcan las tinieblas del mal. El sacramento de la Reconciliación tiene esa fuerza. El Señor, así, con su luz, te da el perdón y la paz. Porque Él tiene poder sobre todos los demonios.

Conviene estar en permanente discernimiento, para saber si el espíritu, aquello que nos mueve en la vida viene de Dios (1 Jn 4, 1) o no. Y no dialogar con el demonio. Con el demonio no se negocia. Hay que, como Jesús, decirle “cállate” y darle la espalda. Mirar a Cristo, nuestro único Salvador. Darle la mano a Él, y no al enemigo, que siempre viene cargado de argumentos para hacernos caer en la tentación. Argumentos muy convincentes, por cierto. Sabe de qué pie cojeamos y, como león rugiente, busca a quién devorar. Tener cuidado, para que no nos pase como a ese chavalillo, de 3 o 4 años, que hace unos días, cerca de casa, se rezagó un poco viendo un escaparate y, en vez de darle la mano a su padre, me la dio a mí. Cuando vio que se había equivocado, salió corriendo a buscar a su papá. Mirar siempre a quién le damos la mano, a Jesús o al demonio.

También es oportuno comentar la lectura de san Pablo. Se nos recuerda algo que, en estos tiempos, suena raro a veces. El celibato es una condición favorable para permanecer unidos al Señor. Quien no posee una familia propia tiene el corazón libre para dedicarse completamente a Dios y a los hermanos. Es más, esa condición de célibes es también un testimonio para las personas casadas de la comunidad: es una llamada de atención sobre el hecho de que el matrimonio pertenece a las realidades de este mundo, no es la condición última; es transitorio y destinado a pasar. No es algo absoluto.

Eso no significa que el matrimonio sea malo. Pablo tampoco lo consideraba así. Ni mucho menos. Es más, en este mismo capítulo habla de que es mejor casarse que abrasarse. Es decir, que si el que es llamado al matrimonio no se casa, y se refugia en una egoísta y cerrada soltería, acabará abrasado, siendo infeliz en esta vida y en la otra. Por eso no se pueden interpretar mal las palabras del Apóstol al referirse al celibato. Quería que maridos, mujeres e hijos se trataran con cariño. Demostró a lo largo de su vida una gran preocupación por el trabajo cotidiano y nadie puede dudar de su dedicación en cuerpo y alma a la construcción del Reino frente al mal que acecha a nuestro mundo.

El mal puede ser vencido con amor, nos dirá más adelante en la misma primera carta a los Corintios (capítulo 13). Sólo que, cada uno, en algún momento de su vida, debe plantearse qué quiere Dios de él. Y, con amor, responder a esa llamada. Dar todo el corazón a Dios, sacrificar en su honor los sentimientos más nobles del hombre. No para destruirlos, sino para sublimarlos, para transformarlos. Consiguiendo el gran milagro de que haya personas que, a fuerza de amar con absoluta entrega y generosidad, cooperen eficazmente a la redención de la Humanidad.

Nuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

sábado, 27 de enero de 2024

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 4,35-41

 

Evangelio según San Marcos 4,35-41
Al atardecer de ese mismo día, les dijo: "Crucemos a la otra orilla".

Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya.

Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua.

Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal.

Lo despertaron y le dijeron: "¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?". Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: "¡Silencio! ¡Cállate!". El viento se aplacó y sobrevino una gran calma.

Después les dijo: "¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?".

Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?".


RESONAR DE LA PALABRA

Nunca he pasado una tormenta en el mar. Lo más un poco de olas movidas en una barco de tamaño mediano. No quiero imaginar lo que se tiene que sentir cuando a uno le tocan esas olas y más fuertes subido en una barca y la noche se va cerrando impidiendo ver la costa, el lugar donde uno se puede sentir seguro. Entiendo lo que podían sentir los discípulos en el relato del Evangelio de hoy: miedo del que se agarra al estómago y no te deja ni respirar bien. Era un miedo justificado. Como nos puede pasar a todos tantas veces cuando la vida nos hace pasar por situaciones complicadas. No somos “superman” ni “superwoman”. Somos gente limitada y no siempre contamos con la valentía y los arrestos para enfrentar lo que la vida hace con nosotros. Esto es lo primero que querría decir: entiendo a los discípulos y su cobardía. Me entiendo a mí y a mis hermanos y hermanas cuando nos sentimos cobardes porque el miedo nos atenaza la garganta.

Por eso, es cuestión de despertar a Jesús. No se puede quedar dormido cuando lo estamos pasando mal. Me da lo mismo que se moleste si le despierto. Y hasta que me llame cobarde. No me dice nada nuevo. Precisamente porque me siento lleno de miedo, le estoy llamando.

Pero hay algo más. No le llamo solo porque este lleno de miedo y me sienta cobarde. Le llamo porque creo en él. Hemos llegado a la fe. Sí. Esa es la clave. Creo que él es Jesús, el Hijo de Dios, mi salvador, nuestro salvador. Se que puedo confiar en él. Incluso en el caso de que las olas sigan pegando fuerte contra mi barca. Incluso cuando me parece que no hace nada. En ese caso, creo y, por eso, sigo confiando en él, en su presencia cerca de mí. Repito: aunque no vea que haga nada. Sigo creyendo. Sigo confiando. Sigo pensando que él no va a dejar que mi barca se hunda. Eso es la fe. Por eso sigo adelante, remando y buscando la ruta que me llevará al puerto seguro. En medio de la noche. Sin ver ningún faro. Sigo creyendo. Sigo confiando. Eso es la fe. Porque estoy seguro de que “hasta el viento y las aguas le obedecen”.

Alejandro Carbajo Olea, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

viernes, 26 de enero de 2024

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 10,1-9

 

Evangelio según San Lucas 10,1-9
El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir.

Y les dijo: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.

¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos.

No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: '¡Que descienda la paz sobre esta casa!'.

Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.

Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.

En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan;

curen a sus enfermos y digan a la gente: 'El Reino de Dios está cerca de ustedes'."


RESONAR DE LA PALABRA

Me gusta pensar que en esta fiesta de los santos Timoteo y Tito, hacemos una memoria de la tradición eclesial. Timoteo y Tito son los nombres que representan a tantos y tantas que, desde los primeros años de historia de la Iglesia, fueron fieles al Evangelio y se esforzaron no solo por hacer de esa fidelidad el centro de su vida sino también por dar testimonio, por invitar a otros a conocer a Jesús, por hacer realidad lo que es la esencia y razón de ser de la Iglesia: la vocación misionera.

El Evangelio es para todos. La buena nueva no está hecha para ser conservada en una urna de cristal en el centro de nuestros templos. La buena nueva está para ser anunciada, transmitida, comentada, asimilada y hecha vida. La buena nueva está para ensuciarse en los caminos de barro de la historia. La buena nueva debe y puede traducirse a todos los idiomas y culturas. La buena nueva no excluye a nadie, no impone condiciones. La buena nueva es el anuncio de que Dios es nuestro Padre y nos ama más allá de nuestras limitaciones y miserias. La buena nueva no es para los santos, para los que ya son buenos –o creen serlo– sino que está abierta a los pecadores, a los malos, a los que sufren, a los que están en las cárceles y en los hospitales, a los que se sienten abandonados de todos y a los que sufren los bombardeos indiscriminados.

Timoteo y Tito pertenecen a esas muchas generaciones de cristianos que no enterraron el gran talento que sintieron que habían recibido: la buena nueva del Evangelio. En lugar de enterrarlo y esconderlo hicieron lo contrario: ponerlo al aire, difundirlo, traducirlo, comentarlo y favorecer el encuentro de otras personas con Jesús. No se avergonzaron de dar testimonio de nuestro Señor sino que hicieron de ello su timbre de gloria. Porque el mismo Evangelio les había dado no un espíritu de cobardía sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. Ahora nos toca a nosotros engancharnos a esa tradición y seguir siendo testigos no de nuestras buenas obras sino del Señor Jesús.

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

jueves, 25 de enero de 2024

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 16,15-18

 

Evangelio según San Marcos 16,15-18
Entonces les dijo: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación."

El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.

Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas;

podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán".


RESONAR DE LA PALABRA

Nos cuenta la primera lectura que Pablo se cayó del caballo y su vida cambió. Tanta relevancia ha tenido esta historia que en nuestro idioma ha quedado como frase hecha “caerse del caballo” o “caerse del burro”, más popular que la anterior, quizá por usar el simbolismo del burro como animal torpe y terco. Se usa para indicar que la persona se ha dado cuenta por fin de que estaba empecinada en el error y lo ha reconocido.

Parece que Pablo era un fariseo, un judío convencido, y no estaba nada de acuerdo con esa secta o escisión del judaísmo ortodoxo y tradicional que eran los cristianos en aquel momento. Y por eso se dedicaba a tratar de hacerlos desaparecer. Para que todo volviese a su cauce, a lo que debía ser según él había aprendido y asimilado. Pero en el camino a Damasco se “cayó del caballo” y ahí algo pasó que empezó a ver la realidad de otra manera. Y de perseguidor pasó a ser el apóstol más fervoroso de la nueva doctrina. Predicó la buena nueva de Jesús por todos los sitios por donde pasó, fundó iglesias y escribió cartas que definieron la doctrina cristiana tal como hoy la conocemos.

¿Cómo se produjo este cambio? No sabemos con exactitud lo que pasó pero aquella luz que le deslumbró y lo dejó ciego de primeras, le ayudó a ver las cosas de otra manera. O quizá fue solo el cambio de perspectiva. Me gusta pensar que una cosa es ver la realidad desde la altura del que está montado en la silla del caballo y otra verla cuando uno está tirado en el suelo. Me hace recordar la historia de Zaqueo (Lc 19, 1-10), que se había subido en un árbol para ver a Jesús y éste le dice “¡Zaqueo, baja enseguida! Hoy voy a hospedarme en tu casa”. Es curioso que en los dos casos, lo primero que hace Jesús es invitar tanto a Zaqueo como a Pablo es forzarles a cambiar de perspectiva, a ver el mundo desde abajo y no desde sus alturas. Me recuerda al Dios que se encarnó y no nació en un palacio sino en el debajo de la historia, en un pesebre maloliente, entre los pobres. Quizá nosotros también tendríamos que caernos del caballo o bajar del árbol para, situados más cerca del suelo, de los pobres, de los que están abajo, descubrir con más facilidad la presencia de Dios, de su amor y de su misericordia.

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

miércoles, 24 de enero de 2024

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 4,1-20

 

Evangelio según San Marcos 4,1-20
Jesús comenzó a enseñar de nuevo a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca dentro del mar, y sentarse en ella. Mientras tanto, la multitud estaba en la orilla.

El les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas, y esto era lo que les enseñaba:

"¡Escuchen! El sembrador salió a sembrar.

Mientras sembraba, parte de la semilla cayó al borde del camino, y vinieron los pájaros y se la comieron.

Otra parte cayó en terreno rocoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó en seguida porque la tierra era poco profunda;

pero cuando salió el sol, se quemó y, por falta de raíz, se secó.

Otra cayó entre las espinas; estas crecieron, la sofocaron, y no dio fruto.

Otros granos cayeron en buena tierra y dieron fruto: fueron creciendo y desarrollándose, y rindieron ya el treinta, ya el sesenta, ya el ciento por uno".

Y decía: "¡El que tenga oídos para oír, que oiga!".

Cuando se quedó solo, los que estaban alrededor de él junto con los Doce, le preguntaban por el sentido de las parábolas.

Y Jesús les decía: "A ustedes se les ha confiado el misterio del Reino de Dios; en cambio, para los de afuera, todo es parábola,

a fin de que miren y no vean, oigan y no entiendan, no sea que se conviertan y alcancen el perdón".

Jesús les dijo: "¿No entienden esta parábola? ¿Cómo comprenderán entonces todas las demás?

El sembrador siembra la Palabra.

Los que están al borde del camino, son aquellos en quienes se siembra la Palabra; pero, apenas la escuchan, viene Satanás y se lleva la semilla sembrada en ellos.

Igualmente, los que reciben la semilla en terreno rocoso son los que, al escuchar la Palabra, la acogen en seguida con alegría;

pero no tienen raíces, sino que son inconstantes y, en cuanto sobreviene la tribulación o la persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumben.

Hay otros que reciben la semilla entre espinas: son los que han escuchado la Palabra,

pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y los demás deseos penetran en ellos y ahogan la Palabra, y esta resulta infructuosa.

Y los que reciben la semilla en tierra buena, son los que escuchan la Palabra, la aceptan y dan fruto al treinta, al sesenta y al ciento por uno".


RESONAR DE LA PALABRA

Dicen que, cuando se sufre un ataque al corazón, hay partes de corazón que quedan necrosadas, como muertas. Ni reciben sangre que les alimente ni son capaces de colaborar al trabajo común de bombear sangre para el resto del cuerpo. Lo mismo podríamos decir del corazón –corazón en otro sentido, naturalmente– de otras personas a las que los golpes que da la vida han sido la causa también de que haya partes de su corazón que queden como muertas, incapaces de sentir afecto. A veces incluso llenas de odio o de rencor o de envidia.

Me gusta pensar que Dios con su palabra de consuelo, de amor y misericordia se parece al sembrador de la parábola que es capaz de derrochar su simiente en las partes de su campo que están llenas de piedras. ¿Se han dado cuenta de que el sembrador no tiene ni de lejos una mentalidad capitalista? Cualquiera le diría que es inútil echar la simientes en las zonas de piedras, en los caminos o en las zarzas. Ahí no va a crecer nada. Eso es tirar el dinero.

Pero el sembrador de la parábola se parece Dios. O quizá habría que decir que es Dios el que se parece al sembrador. No mide mucho los resultados. Su acción, su forma de ser, está dominada por la generosidad, la gratuidad sin medida y sin condiciones, la misericordia, el amor. El sembrador-Dios no pierde nunca la esperanza en que la semilla crecerá y que del suelo más árido, seco e infértil terminará brotando la vida. El sembrador no está buscando resultados. No hace evaluaciones a fin de año para, teniendo en cuenta los resultados de la cosecha, planificar donde tiene que echar la semilla/palabra el año siguiente. Simplemente es así. Y no puede ser de otra manera.

Ahora podemos echar una mirada a las partes necrosadas o heridas de nuestro corazón. Y las podemos mirar con la misma mirada de Dios, con su esperanza y su cariño. Somos sus criaturas. Y más allá de nuestros méritos o deméritos, de nuestras heridas, más allá de los cadáveres que a veces tenemos escondidos en nuestros armarios, está siempre el amor de Dios, su generosidad, su gratuidad sin condiciones, que es capaz –eso es la fe– de hacer brotar la vida allá donde nuestros cálculos y nuestros datos nos dicen que es imposible.

Una ultima nota: esto dicho es válido para nuestros corazones –el mío y el tuyo, estimado lector– y para los de los demás, de todos los demás. Porque todos somos sus hijos amados.

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

martes, 23 de enero de 2024

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 3,31-35

 

Evangelio según San Marcos 3,31-35
Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar.

La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: "Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera".

El les respondió: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?".

Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: "Estos son mi madre y mis hermanos.

Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre".


RESONAR DE LA PALABRA

Estamos demasiado acostumbrados a leer el Evangelio. Nos resuenan ya en los oídos las palabras de Jesús. Y las interpretamos de acuerdo con lo que nos han enseñado desde pequeños. Pero, de cuando en vez, conviene hacer el esfuerzo de ponernos en situación, en aquel momento en que Jesús las pronunció, en aquel contexto. Y escucharlas como si fuera la primera vez. Estoy seguro de que las palabras de Jesús en el testo evangélico de hoy nos sonarían de otra manera. Imaginemos a Jesús al que dicen que afuera están su madre y sus hermanos, ¡su familia!. La respuesta de Jesús es tremenda: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” No se queda contento con una afirmación que suena a repudio. Textualmente viene a decir que no les conoce. Más incluso, que no les quiere conocer. Porque él, Jesús, tiene una nueva familia. Son los que le escuchan, el corro de los que están sentados en torno a él. A ellos les mira cuando dice las siguientes palabras: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

Repito: hay que hacer el esfuerzo de hacer como si estas palabras resonarán en nuestros oídos por primera vez. No valen interpretaciones como decir que en realidad está haciendo una alabanza mayor a su madre, que no lo es tanto por haberle dado la vida física sino por cumplir la voluntad de Dios. La realidad es que Jesús deja de lado la relación carnal. Diríamos que carece valor para él. Es duro decirlo así pero es lo que Jesús da a entender con sus palabras.

Parece que Jesús quiere decir que en el Reino hay una nueva relación que es más importante que la carnal de madre a hijo o entre hermanos. Los que cumplen la voluntad de Dios de trabajar por la justicia y la fraternidad constituyen una nueva familia. Es la verdadera familia. Porque Dios, el libertad, el autor de la vida, el padre de todos, es el centro de esa familia. Todo lo demás queda en suspenso, hay que dejarlo atrás. Porque lo nuevo, el Reino, impone su ley. No valen componendas ni atajos. No vale espiritualizar las palabras de Jesús. Lo que vale es seguirle y entrar en la dinámica del Reino, de la verdadera fraternidad de los hijos e hijas de Dios que no excluye a nadie. Y donde el lazo de unión es ese “cumplir la voluntad del Padre” que quiere la vida de todos sus hijos.

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

lunes, 22 de enero de 2024

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 3,22-30

 

Evangelio según San Marcos 3,22-30
Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: "Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios".

Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: "¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás?

Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir.

Y una familia dividida tampoco puede subsistir.

Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin.

Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran.

Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre".

Jesús dijo esto porque ellos decían: "Está poseído por un espíritu impuro".


RESONAR DE LA PALABRA

Hay formas de reaccionar ante Jesús que se ven con mucha claridad en los Evangelios. En realidad, son formas que tenemos las personas de defendernos ante lo que consideramos que puede ser una amenaza para nuestra tranquilidad y comodidad. Aquellos estímulos, ideas, sugerencias o planteamientos que vienen de fuera, de otras personas, y que nos obligan a cambiar algo en nuestra vida, en nuestra forma de hacer las cosas o de pensar, nos ponen nerviosos, nos sacan de nuestras casillas, que es donde nos gusta estar porque como en casa no se está en ningún sitio.

Entiendo que algo así es lo que les pasa a los escribas del Evangelio. Delante de ellos tenían a Jesús que se expresaba con libertad y reinterpretaba la ley sin atenerse a la letra sino desde su experiencia de Dios como padre de misericordia. Escuchar a Jesús implicaba inevitablemente replantearse sus propias opiniones. Quizá incluso reconocer que estaban equivocados y que habían terminado por convertir al Dios que había liberado al pueblo de la esclavitud de Egipto en un Dios fiscalizador que observaba con lupa cada uno de nuestros actos y ante el que había que cumplir la letra de la ley (aunque no importaba demasiado si se cumplía con el espíritu de esa misma ley). Y la vida de los buenos judíos se había convertido en una pequeña tortura donde cada momento del día estaba regido por innumerables normas. Y el quebrantamiento de la más mínima de esas normas suponía ser infiel a Dios. Y arriesgar la condenación.

Por eso era mucho más cómodo decir que Jesús estaba poseído por un demonio. Los escribas podían seguir a lo suyo, a lo de siempre. No se veían obligados a cambiar nada de lo que hacían. Podían seguir en sus casillas. Habían matado al mensajero. Más adelante lo matarían también físicamente.

Para nosotros la cuestión es simple: ¿Estamos dispuestos a escuchar a Jesús y que nos saque de nuestras casillas tan cómodas y confortables?

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA