viernes, 8 de septiembre de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 1,1-16.18-23

 

Evangelio según San Mateo 1,1-16.18-23
Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham:

Abraham fue padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de Judá y de sus hermanos.

Judá fue padre de Fares y de Zará, y la madre de estos fue Tamar. Fares fue padre de Esrón;

Esrón, padre de Arám; Arám, padre de Aminadab; Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón.

Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab. Booz fue padre de Obed, y la madre de este fue Rut. Obed fue padre de Jesé;

Jesé, padre del rey David. David fue padre de Salomón, y la madre de este fue la que había sido mujer de Urías.

Salomón fue padre de Roboám; Roboám, padre de Abías; Abías, padre de Asá;

Asá, padre de Josafat; Josafat, padre de Jorám; Jorám, padre de Ozías.

Ozías fue padre de Joatám; Joatám, padre de Acaz; Acaz, padre de Ezequías;

Ezequías, padre de Manasés. Manasés fue padre de Amón; Amón, padre de Josías;

Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos, durante el destierro en Babilonia.

Después del destierro en Babilonia: Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel, padre de Zorobabel;

Zorobabel, padre de Abiud; Abiud, padre de Eliacím; Eliacím, padre de Azor.

Azor fue padre de Sadoc; Sadoc, padre de Aquím; Aquím, padre de Eliud;

Eliud, padre de Eleazar; Eleazar, padre de Matán; Matán, padre de Jacob.

Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.

Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados".

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta:

La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: "Dios con nosotros".


RESONAR DE LA PALABRA

La Natividad de la Virgen María. Fiesta.

El Señor está contigo y con nosotros

La fiesta de la Natividad de María data del siglo V, cuando se edificó en Jerusalén una Iglesia, allí donde, según los apócrifos, había estado la casa de Joaquín y Ana. Naturalmente, ante la falta de datos bíblicos, la Palabra que escuchamos hoy es la que nos narra el nacimiento del hijo de María.

Solemos contemplar a María como un ser privilegiado, alejado en cierto sentido de nosotros, pobres pecadores. Pero, si lo consideramos con detención a la luz de la fe, comprendemos que los “privilegios” de María hablan, en realidad, de las gracias que Dios quiere derramar sobre todos nosotros por medio de Cristo. Así, si María nació inmaculada, sin mancha de pecado, esto nos habla de aquello que, según el designio de Dios, creador de un mundo “muy bueno”, sin sombra de mal (lleno de gracia), debería ser una realidad en todos nosotros, y puede llegar a serlo, puesto que todos estamos llamados ser santos e inmaculados en el amor (cf. Ef 1, 4). En María vemos la extrema bondad con la que el mundo salió de las manos de Dios y, en consecuencia, lo que todos deberíamos ser y seremos por medio de Cristo. En ella comprendemos que el pecado, por muy radical, extendido y fuerte que pueda ser, no tiene la capacidad de destruir el bien y la gracia con los que Dios ha creado el mundo.

La genealogía de Jesús, que precede al texto evangélico que hemos leído, también testimonia esta verdad: se trata de una historia tormentosa, salpicada de infidelidades y pecados, pero a través de la cual Dios va hilando la historia de su propia fidelidad, que llega a su culmen en el nacimiento en la carne de su Hijo, el Emmanuel, el Dios con nosotros. Pero la salvación en Cristo no es sólo una restauración de la creación herida por el pecado. Es mucho más: es una nueva creación. Y esto se manifiesta en que esa genealogía que garantiza la ascendencia legal de Jesús como hijo de David a través de José, no permite atribuir a este último la paternidad de Cristo, que nació de su esposa María.

El nacimiento, enteramente natural de María inmaculada, es el primer paso de esta nueva creación que se produce en toda su potencia en el nacimiento virginal de Jesús. El amor de Dios excede infinitamente los límites de la justicia y derrama sobre la humanidad una sobreabundancia de gracia.

De nuevo podemos pensar que aquí María sobresale tanto que deja a un lado a José y, con él, a todos nosotros. Pero no es así. Mateo en su evangelio nos regala una especie de “anunciación” de José, que lo convierte en actor necesario de esta historia de salvación. Si la primera creación tiene lugar sin nosotros, esta nueva creación no puede realizarse sin la cooperación humana: el sí incondicional de María, pero también la justicia prudente, generosa, despierta y obediente de José. En su acción salvífica, Dios no excluye, sino que vincula y busca alianzas, y enseña a hacer lo mismo a los que aceptan el reto.

En la natividad de María Inmaculada no nos sentimos excluidos de las gracias que la adornan, sino implicados y comprometidos para que Jesús, que nació de María Virgen, siga naciendo en nuestro mundo con nuestra cooperación.

José M. Vegas cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

jueves, 7 de septiembre de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 5,1-11


Evangelio según San Lucas 5,1-11
En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret.

Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes.

Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca.

Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: "Navega mar adentro, y echen las redes".

Simón le respondió: "Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes".

Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse.

Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.

Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: "Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador".

El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido;

y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: "No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres".

Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.


RESONAR DE LA PALABRA


Duc in altum

La palabra de Dios que, como decía ayer la carta a los Colosenses, está dando fruto en el mundo entero, nos confirma hoy que tiene que empezar por dar fruto en nosotros con toda clase de obras buenas y en un mayor conocimiento de Dios y de su voluntad. La conducta evangélica y el conocimiento de Dios (la fe) se retroalimentan: el conocimiento de Dios y de su voluntad invita a una conducta digna del Señor, y esta última nos dispone a un mejor conocimiento, que es la sabiduría de la fe. ¿Por qué, entonces, tenemos con frecuencia la sensación de que nuestra vida cristiana discurre plana, anodina, estéril, ayuna de esos frutos en nosotros mismos (la paciencia, la magnanimidad, la alegría en las dificultades), y también en nuestra relación con los demás (como, ante todo, el perdón recibido y otorgado)?

Tal vez esto se deba a que, aunque nos acercamos a Jesús a escuchar su palabra, permanecemos en la orilla, en una actitud superficial, que no permite a esa palabra viva y eficaz penetrar hasta el fondo del alma, escrutar y conformar nuestros sentimientos y los pensamientos de nuestro corazón (cf. Hb 4, 12), para que, como la buena semilla que es, caiga en buena tierra y dé fruto abundante (cf. Mt 13, 23). O, dicho con otras palabras, no “nos mojamos” entrando en el mar y subiendo a la barca en la que se sienta Jesús, y siguiendo su indicación, no remamos mar adentro, allí donde las aguas van profundas. Jesús no solo nos habla y nos da su palabra de vida, sino que nos invita a un esfuerzo de profundización. No basta con escuchar mecánicamente, por curiosidad o por obligación, sino que es preciso dedicar tiempo, meditar, rumiar la palabra, bregar en la noche, y echar las redes “en su nombre”, es decir, con fe y confianza, y contra todas las evidencias dar pasos concretos, a veces difíciles, para poner en práctica la palabra escuchada. Puede ser esto atreverse a iniciar una conversación difícil, o dar un paso de acercamiento, o aceptar una petición que nos resulta molesta, o salir de la propia comodidad o la rutina, en definitiva, responder “en su nombre”, con espíritu evangélico, a los desafíos que la realidad y los demás nos lanzan… Sólo así la esterilidad y el esfuerzo en apariencia inútil se puede convertir en una abundancia de frutos que está completamente por encima de nuestra capacidad. Porque sigue siendo verdad que nuestras capacidades son muy limitadas, como reconoce Pedro: “soy un pecador”. Pero la palabra de Jesús obra el milagro también en nosotros, que, sin dejar de ser lo que somos por naturaleza (pescadores y pecadores), somos transformados por esa palabra viva, que nos cura de la esterilidad y hace de nosotros pescadores de hombres, esto es, nos convierte en cooperadores activos de la salvación que Jesús ha venido a traernos.

José M. Vegas cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

miércoles, 6 de septiembre de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 4,38-44

 

Evangelio según San Lucas 4,38-44
Al salir de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella.

Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y esta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos.

Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba.

De muchos salían demonios, gritando: "¡Tú eres el Hijo de Dios!". Pero él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.

Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos.

Pero él les dijo: "También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado".

Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea.


 

RESONAR DE LA PALABRA

En casa de Simón y en el mundo entero

Comenzamos hoy a leer la carta de Pablo a los cristianos de Colosas. Refleja un momento de expansión del Evangelio, aunque la realidad de la Iglesia de entonces era bien pequeña, casi insignificante. Y, sin embargo, el autor del texto contempla el esfuerzo de la evangelización con magnanimidad y no poco optimismo: “el mensaje de la verdad se sigue propagando y dando fruto en el mundo entero”. Deberíamos aprender de este optimismo que no se apoya en datos estadísticos o sociológicos. Estos últimos nos invitan más bien al pesimismo, al menos en lo que se refiere al mundo occidental, tradicionalmente cristiano. Sin embargo, podemos adoptar la perspectiva paulina: no los datos cuantitativos, sino los frutos del Espíritu son los que deberían contar. ¿Está dando la Palabra del Evangelio dando fruto entre nosotros? Porque, tal vez, la caída de la fe cristiana tiene que ver con una existencia estéril por parte de los que nos declaramos cristianos. Para que esos frutos empiecen a verse entre nosotros y en el mundo entero, debemos permitir que Jesús entre de verdad en nuestra vida y nos cure de las enfermedades espirituales que nos mantienen postrados. Podemos comprobar que hemos sido curados, como la suegra de Pedro, en nuestra disposición al servicio: si realmente vivimos no para nosotros mismos, sino al servicio de nuestros hermanos. Empezando por la propia casa, como en el caso de Pedro, los frutos del Evangelio se van multiplicando, de modo que las gentes buscan a Jesús y su Palabra se va transmitiendo de casa en casa, de pueblo en pueblo, de nación en nación, y dando fruto “en el mundo entero”.

José M. Vegas cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

martes, 5 de septiembre de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 4,31-37

 

Evangelio según San Lucas 4,31-37
Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y enseñaba los sábados.

Y todos estaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad.

En la sinagoga había un hombre que estaba poseído por el espíritu de un demonio impuro; y comenzó a gritar con fuerza;

"¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios".

Pero Jesús lo increpó, diciendo: "Cállate y sal de este hombre". El demonio salió de él, arrojándolo al suelo en medio de todos, sin hacerle ningún daño.

El temor se apoderó de todos, y se decían unos a otros: "¿Qué tiene su palabra? ¡Manda con autoridad y poder a los espíritus impuros, y ellos salen!".

Y su fama se extendía por todas partes en aquella región.


RESONAR DE LA PALABRA

Despiertos y vigilantes

Decía Marx, y muchos siguen pensándolo, que la religión es el opio del pueblo, es decir, una especie de adormidera. No sé muy bien a qué religión se refería (aunque lo intuyo), pero, desde luego, leyendo los textos bíblicos y las fuentes cristianas, nos encontramos con algo muy distinto de la invitación a dormir: continuas llamadas a despertar y a estar en actitud de vigilia. No es a dormir, sino a abrir los ojos a lo que nos llama Dios. No sabemos cuándo y cómo será el fin del mundo, también ignoramos cuándo y cómo será ese particular fin del mundo que es nuestra propia muerte. Pero sabemos que nuestra estancia en este mundo está limitada en el tiempo. Y esta limitación es una llamada a la responsabilidad, a tomarnos en serio este tiempo del que disponemos, para no hacer de nuestra biografía un terreno estéril y sin sentido. Abrir los ojos, vivir en estado de vigilia, ser responsables significa cultivar las actitudes, las obras y los valores que salvan nuestra vida, es decir, que la dotan de un sentido que trasciende nuestra limitación temporal. De este modo, no solo no nos desentendemos de los asuntos y los problemas de este mundo, sino que, al contrario, les damos un sentido transcendente gracias a esos valores superiores, que son como la luz que ilumina nuestra oscuridad. Podemos, por ejemplo, hacer del pan no sólo el objeto de nuestra codicia, sino la ocasión para compartirlo con el hambriento. Así, pasamos por este mundo tratando de hacer el bien, y dejándolo un poco mejor que como lo encontramos. Esto es lo que nos enseña Jesús, que “pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hch 10, 38). Lo vemos hoy claramente en el texto evangélico.

Es digno de ser notado que el hombre afligido por un espíritu inmundo estaba en la sinagoga, en la iglesia, podríamos decir. El acoso del diablo, la presencia del mal no se limita a “los de fuera”. Todos, de un modo u otro, estamos afectados por el mal, y dejarlo tranquilamente sentado en nosotros o junto a nosotros, es una buena forma de cerrar los ojos y dormir. Es curioso cómo la presencia de Jesús despierta al mal espíritu, que lo reconoce y lo confiesa, al mismo tiempo que lo increpa. La palabra y la presencia de Jesús nos hace despertar, nos abre los ojos para descubrir en nosotros mismos el mal que nos paraliza, y que él exorciza y expulsa (no sin algo de sufrimiento por parte nuestra), y nos invita a iniciar una vida nueva. En los límites de nuestra existencia temporal y mundana, despertados e iluminados por la Palabra poderosa de Jesús, descubrimos horizontes abiertos, que superan toda limitación: entre nosotros está y actúa el que tiene poder para liberarnos del mal y para vivir la vida nueva de un amor que es más fuerte que la muerte.

Santa Teresa de Calcuta, mujer de nuestro tiempo, nos da un ejemplo eminente de esta vida despierta y en vigilia.

José M. Vegas cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

lunes, 4 de septiembre de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 4,16-30

 

Evangelio según San Lucas 4,16-30
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura.

Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos

y proclamar un año de gracia del Señor.

Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.

Entonces comenzó a decirles: "Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír".

Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: "¿No es este el hijo de José?".

Pero él les respondió: "Sin duda ustedes me citarán el refrán: 'Médico, cúrate a ti mismo'. Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaún".

Después agregó: "Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra.

Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país.

Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón.

También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio".

Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron

y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo.

Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.


RESONAR DE LA PALABRA

Volver a empezar

Durante el tiempo ordinario del año litúrgico vamos leyendo los evangelio sinópticos, empezando por el de Marcos, siguiendo con el de Mateo, y terminando con el de Lucas, cuya lectura comenzamos hoy. Realizamos así tres veces, desde la óptica peculiar de cada evangelista, el camino de seguimiento de Jesús. No se trata de una mera repetición, sino de un proceso pedagógico que implica un verdadero progreso. Y es que Marcos es el evangelio del principiante (del catecúmeno), el de Mateo es el del catequista ya experimentado, y el de Lucas, el del erudito cristiano que desea profundizar en el conocimiento de Cristo. El fin de este proceso es la madurez cristiana, que encontramos en el evangelio de Juan (que leemos preferentemente en los tiempos litúrgicos fuertes), el evangelio del presbítero, esto es, del anciano que se deja ceñir por Cristo y se entrega sin condiciones.

Y, sin embargo, este “volver a empezar” que iniciamos hoy, nos recuerda también que somos eternos principiantes, que deben volver una y otra vez a la experiencia originaria del primer encuentro con Jesús. Y esto es así porque, en buena medida, pese a toda nuestra experiencia de vida cristiana y eclesial, tenemos que reconocer que, como los paisanos de Jesús, nos resistimos a la novedad de su mensaje y a la aceptación de su persona. De hecho, la familiaridad con Él puede ser un obstáculo para esa aceptación: nos parece que lo conocemos demasiado bien, que poco puede ya enseñarnos, y que, en consecuencia, tenemos la autoridad para corregir lo que os dice, si es que esto no encaja en nuestros esquemas. Es lo que sucede en el texto que hemos leído hoy: los paisanos de Jesús, más que admirarse de su doctrina, se extrañaron de que les hablara sólo de la gracia, y no mencionara también la venganza, de la que habla Isaías en el texto comentado (cf. Is 61, 2) y que Jesús expresamente omite. Posiblemente, los habitantes de Nazaret (como nos sucede un poco a todos) querían para sí la gracia, y la venganza para sus rivales y enemigos, que bien podrían ser los habitantes de la cercana Cafarnaún. De ahí, el reproche que Jesús les dirige y que desata definitivamente su ira: con frecuencia los lejanos y por completo extraños, como Naamán el sirio, o la viuda de Sarepta, están más abiertos a la acción salvífica de la gracia que los que se consideran cercanos, pero que acaban forzando a Jesús alejarse.

Volver a empezar significa para nosotros tener de nuevo la oportunidad de abrir los oídos y el corazón a la Palabra de Jesús con la confianza de un niño, para adquirir así la sabiduría cristiana que Lucas nos enseña, y que consiste en aceptar el camino de Jesús que lleva a la cruz y a la vida nueva de la resurrección, objeto de nuestra esperanza, como nos recuerda Pablo, pero que está ya operando en nosotros, en la medida en que acogemos a Jesús sin prejuicios y sin condiciones.

José M. Vegas cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

domingo, 3 de septiembre de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 16,21-27

 

Evangelio según San Mateo 16,21-27
Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá".

Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres".

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.

¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.

 

RESONAR DE LA PALABRA

¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?

Queridos hermanos, paz y bien. Como cada domingo, la Palabra de Dios nos da pautas para la reflexión. Nos ponemos delante de ella, para que el Espíritu Santo nos vaya llevando hasta la comprensión de esa Palabra que, para nosotros, es vida.

Hay frases que cambian una existencia. A san Antonio María Claret escuchar estas palabras, “¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”, le supuso el comienzo de un nuevo camino, que le llevo a dejarlo todo. Abandonó el mundo de la producción textil, donde podía haber hecho un buen negocio, y se encaminó hacia el sacerdocio. A pesar de las dificultades. Porque escuchaba la Palabra como lo que es, Palabra del Dios vivo. Palabra eficaz. Escuchó esa Palabra que le decía “sígueme”. Se sintió elegido por el Señor. Como los Apóstoles.

Antes que a Claret, Jesús eligió a un grupo de amigos, para que estuvieran con Él. Para que vieran cómo se relacionaba con las personas, sobre todo con los pobres, los niños, las mujeres, los enfermos… Y estar con Él significa no sólo “ver”, sino “vivir” como Él. Fue un largo proceso, hasta comprender lo que de verdad quería Jesús de ellos. Porque es muy fácil pensar como los hombres, y no como Dios. Recordamos como, mientras Jesús les hablaba de la pasión, ellos se repartían los puestos a la derecha y a la izquierda de Cristo. Es humano no querer afrontar las cargas que implica la fidelidad.

Hasta a Pedro le sucedió. “Eso no puede pasarte”. El que acababa de confesar a Jesús como el Cristo, no acaba de ver claro cuál es el final del Mesías. Y Jesús la da la espalda, nada menos, y le llama “Satanás”. Porque a Jesús le parece demoniaco querer ir contra el plan de Dios. Ir contra la firme decisión del mismo Jesús: vivir por y para el Reino. A pecho descubierto. A muerte.

La verdadera decisión que importa tomar en nuestra vida es la firme voluntad y resolución de renunciar a sí mismo y, posiblemente – si tal fuera la voluntad de Dios – hasta la muerte real, hasta la renuncia de la vida corporal ¡Casi nada! Esto es lo que significa seguir a Jesús. En el sentido literal los discípulos le habían seguido a donde Él iba, y habían compartido su vida. Este seguimiento exterior, la acción de ir literalmente en pos de él tiene que convertirse en seguimiento interior. El seguimiento interior requiere otras condiciones distintas del abandono de casa y hogar, familia y profesión. Es el estado del alma dispuesta para sufrir la pasión. Sólo entonces el seguimiento pasa a ser seguimiento en sentido propio, y se llega a ser verdadero discípulo. Y solo entonces se llega a ser verdadera persona. Porque ser buen creyente no significa vivir sufriendo, sino vivir con el gozo de saber que estás al lado de Jesús.

Todo eso tenía que suceder. No hay otro camino para que se cumpla la voluntad del Padre. Y sabemos que eso era lo más importante para Jesús, encarnar siempre lo que Dios quería para llevar a cabo su plan. Con su propio ritmo, con sus vicisitudes, no siempre con la rapidez que a nosotros nos gustaría. “Vuestros planes no son mis planes, dice el Señor”. (Is 55,8)

En todo caso, el Señor es capaz de seducir. Anda siempre cerca, se manifiesta, se pone a tiro e insiste a tiempo y a destiempo. Quiere vuestra felicidad, que pasa por la fidelidad. Lo más importante es saber si te dejas seducir. Porque el plan del Señor para ti es un plan de salvación, de felicidad. No de esa felicidad que se acaba cuando comienzan los problemas, y problemas habrá siempre. Es la felicidad que da saber que has elegido el bando correcto, que el Espíritu te lleva por donde debes ir, y que Jesús te acompaña en el camino. Es la fuerza de la Palabra, que no dejaba en paz al pobre profeta Jeremías.

Lo que le pasó a Jeremías le ha pasado a mucha gente. Y te puede pasar a ti. El Señor te complica la vida, te obliga a andar por caminos que no tenías pensado recorrer, e incluso te enfrenta a la oposición de la gente. Ahí se prueba nuestra fidelidad. Hay que ser testigos y llevar el mensaje permanentemente. Y es duro. Porque no todos aceptan ese mensaje que la Palabra nos ofrece. Y no a todos les gusta que les recuerden que no siempre actúan bien. El final de (casi) todos los profetas, de antes y de ahora, nos lo recuerda. Mártires de la Iglesia, mártires…

No fue fácil ni para el mismo Jesús. Se trata de conservar, recoger y asegurar definitivamente la vida, o de perder; de la completa destrucción, de la vaciedad y falta de sentido. El hombre tiene ante sí las dos posibilidades. Uno de los caminos es el que conduce a la vida, y el otro el que conduce a la perdición. Una gran paradoja, porque en general, todos queremos conservar nuestra vida. Y aquí se trata no de suicidarse, porque no encontramos el sentido a la existencia. Se trata de que, por saber qué es y Quién es el que da sentido a nuestro vivir, estemos dispuestos a morir por Él. Morir físicamente, o morir a nuestras querencias, deseos, gustos y apetencias. Se trata de ir dejando esas riquezas que, como al joven rico, no nos dejan entregarnos de lleno a la causa del Reino.

No es cuestión de estar ya rozando los límites de la santidad. Se trata de, como nos recuerda la segunda lectura, de transformarnos “por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.” Una tarea que no fue nunca fácil, ni siquiera para los Apóstoles, ni para tantos santos que en el mundo han sido. Una tarea que merece la pena. Al final, el Señor nos dará la paga que merezcamos. Ojalá sepamos vivir de tal modo, que la paga sea la mayor a la que puede aspirar un cristiano, la vida eterna. Discerniendo siempre, preguntándonos cada día “qué quiere Dios de mí hoy y ahora, para que el Reino siga creciendo. Para que yo sea más feliz”. Con la ayuda del Espíritu.

Alejandro Carbajo, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

sábado, 2 de septiembre de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 25,14-30

 

Evangelio según San Mateo 25,14-30
Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes.

A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió. En seguida,

el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco.

De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos,

pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.

Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores.

El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. 'Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado'.

'Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor'.

Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: 'Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado'.

'Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor'.

Llegó luego el que había recibido un solo talento. 'Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido.

Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!'.

Pero el señor le respondió: 'Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido,

tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses.

Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez,

porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.

Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes'.


RESONAR DE LA PALABRA

Hoy va de talentos. El término “talento” se refería originalmente a una moneda. Su valor en euros sería de aproximadamente algo más de 300.000 euros. Es decir, un dineral. Primera consecuencia: nos puede parecer que el señor dio mucho a uno, al que dio cinco talentos, y muy poco a otro, al que dio uno solo. Pero en realidad el señor dio mucho dinero a todos. Y más en aquel tiempo, en el que posiblemente se podrían hacer muchas más cosas con 300.000 euros que hoy en día.

Pero vamos un poco más allá. El término “talento”, según la Academia Española de la Lengua, significa: 1. inteligencia (capacidad de entender). 2. aptitud (capacidad para el desempeño de algo). 3. Persona inteligente o apta para determinada ocupación. Y 4. Moneda de cuenta de los griegos y de los romanos. Como se ve el término se ha enriquecido en nuestra lengua castellana. Y se refiere sobre todo a la inteligencia de la persona y a sus aptitudes para hacer diversas cosas.

Así que ya podemos pasar a la siguiente pregunta, que quizá pueda ser nuestra reflexión de hoy: ¿Qué talentos hemos recibido? Porque todos hemos recibido talentos. Unos cinco y otros uno solo. Pero incluso los que han recibido ese único talento, han recibido mucho, como decíamos en el primer párrafo. El primer talento recibido es la vida misma, que se nos ha entregado gratis. Luego están nuestra inteligencia y nuestras aptitudes. Hay a quien se le dan bien las plantas y a quien se le dan bien los ordenadores o las matemáticas o las lenguas o la pintura o… Y todo ha sido recibido gratis. Quizá sería conveniente hacer un listado de nuestros talentos. Y dar gracias por todo lo que hemos recibido gratis.

Pero podemos ir más allá y preguntarnos qué estamos haciendo con esos talentos que hemos recibido. Los empleados de la parábola los usaron de diversas maneras. Unos los pusieron a trabajar e incrementaron su valor. Hubo uno que no hizo nada con su talento. Lo enterró. ¿Qué hacemos nosotros? ¿Los ponemos a trabajar al servicio del Reino? ¿O quizá los enterramos y los inutilizamos? Me hace recordar el refrán español de que “en comunidad no muestres habilidad”. ¡Qué pena!

Fernando Torres, cmf



fuente del comentario CIUDAD REDONDA