jueves, 7 de abril de 2022

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 8,51-59

 


Evangelio según San Juan 8,51-59
Jesús dijo a los judíos:

"Les aseguro que el que es fiel a mi palabra, no morirá jamás".

Los judíos le dijeron: "Ahora sí estamos seguros de que estás endemoniado. Abraham murió, los profetas también, y tú dices: 'El que es fiel a mi palabra, no morirá jamás'.

¿Acaso eres más grande que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser tú?".

Jesús respondió: "Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. Es mi Padre el que me glorifica, el mismo al que ustedes llaman 'nuestro Dios',

y al que, sin embargo, no conocen. Yo lo conozco y si dijera: 'No lo conozco', sería, como ustedes, un mentiroso. Pero yo lo conozco y soy fiel a su palabra.

Abraham, el padre de ustedes, se estremeció de gozo, esperando ver mi Día: lo vio y se llenó de alegría".

Los judíos le dijeron: "Todavía no tienes cincuenta años ¿y has visto a Abraham?".

Jesús respondió: "Les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy".

Entonces tomaron piedras para apedrearlo, pero Jesús se escondió y salió del Templo.


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos y amigas:

En la galería de personajes que acompañan nuestra Cuaresma, hoy le toca el turno al “viejo beduino”: o sea, a Abrahán. El libro del Génesis nos cuenta la alianza que Dios hace con él. Y en el evangelio de Juan, Jesús se atreve a decir que en él se realiza plenamente la alianza que Dios hizo con el viejo beduino: Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día: lo vio, y se llenó de alegría.

Vayamos por partes. La alianza que se describe en el Génesis no está registrada en ningún tratado de derecho. Dios le promete a Abrahán dos cosas: una descendencia numerosa (Serás padre de muchedumbre de pueblos) y una tierra a perpetuidad (Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, como posesión perpetua). A cambio, este contrato tan original pide del otro socio una sola cosa: Guardad mi alianza, tú y tus descendientes, por siempre. Es la famosa fórmula “dos contra uno”.

La cosa no tendría más trascendencia si no fuera por dos pequeños, insignificantes detalles que Dios parece pasar por alto: el socio Abrahán, y su pareja Sara, son unos viejos de cuidado (por lo tanto, poco aptos para fáciles procreaciones) y la tierra que piensa darles tiene ya título de propiedad (por lo tanto, va a ser necesaria una expropiación que va contra todo derecho internacional). En otras palabras, la alianza que Dios hace es una verdadera provocación. No se trata de poner la firma a bienes contantes y sonantes sino a promesas que no se ven y que exigen una fe de caballo (quizá fuera mejor decir de “camello”, teniendo en cuenta las costumbres del viejo beduino). En el texto que leemos hoy no se dice expresamente, pero Abrahán, en el borde de lo absurdo, se fía. Ahora entendemos por qué se le conoce como el “padre de los creyentes”.

Vayamos ahora a Jesús. Su estilo no es menos provocativo que el de Dios Padre: Os aseguro que antes que naciera Abrahán existo yo. Después de una afirmación de este calibre, no es nada extraño que cogieran piedras para tirárselas. ¿De qué se está hablando en la controversia? ¡Pues de la verdadera identidad de Jesús! La referencia a Abrahán es un recurso para poner de relieve el contraste promesa-realidad. Abrahán representa la promesa. Jesús es ya la realidad. En él, la alianza ha llegado a su plenitud: nace un pueblo numeroso que habita la tierra como propiedad.

No pasemos por alto un pequeño detalle sobre el que los exegetas no acaban de ponerse de acuerdo (¿Se ponen de acuerdo sobre algo alguna vez?). Me refiero a esa “insinuación cronológica” que parece hacer a Jesús un poco más viejo de lo que solemos imaginar: No tienes todavía cincuenta años. O sea, que no debía de andar demasiado lejos. ¿O también aquí el cincuenta tiene sólo un valor simbólico? Discuten los autores.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

miércoles, 6 de abril de 2022

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 8,31-42

 

Evangelio según San Juan 8,31-42
Jesús dijo a aquellos judíos que habían creído en él: "Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos:

conocerán la verdad y la verdad los hará libres".

Ellos le respondieron: "Somos descendientes de Abraham y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo puedes decir entonces: 'Ustedes serán libres'?".

Jesús les respondió: "Les aseguro que todo el que peca es esclavo del pecado.

El esclavo no permanece para siempre en la casa; el hijo, en cambio, permanece para siempre.

Por eso, si el Hijo los libera, ustedes serán realmente libres.

Yo sé que ustedes son descendientes de Abraham, pero tratan de matarme porque mi palabra no penetra en ustedes.

Yo digo lo que he visto junto a mi Padre, y ustedes hacen lo que han aprendido de su padre".

Ellos le replicaron: "Nuestro padre es Abraham". Y Jesús les dijo: "Si ustedes fueran hijos de Abraham obrarían como él.

Pero ahora quieren matarme a mí, al hombre que les dice la verdad que ha oído de Dios. Abraham no hizo eso.

Pero ustedes obran como su padre". Ellos le dijeron: "Nosotros no hemos nacido de la prostitución; tenemos un solo Padre, que es Dios". Jesús prosiguió:

"Si Dios fuera su Padre, ustedes me amarían, porque yo he salido de Dios y vengo de él. No he venido por mí mismo, sino que él me envió.


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos y amigas:

El libro de Daniel contiene varias leyendas piadosas. La de los tres jóvenes es impactante, casi se podría decir que es abiertamente contracultural. Si algo valoramos hoy es la tolerancia, el respeto a la vida, incluso una actitud suavemente iconoclasta respecto de todo. La posmodernidad no resiste grandes relatos sino sólo crónicas menores. No empuja a las fidelidades hasta la muerte sino simplemente a consensos provisionales. Por eso no entiende que un joven musulmán se adhiera a la cintura varias cargas de explosivos y se haga estallar en nombre de Alá. No entiende estos “martirios absurdos”. Pero quizá lo más grave es que no entiende ningún tipo de martirio. Eso significa que ha sacralizado de tal manera la propia seguridad e integridad que todo lo que la ponga en cuestión se juzga antihumano cuando lo verdaderamente antihumano es haber hecho de la vida un colchón de látex.

Sidrac, Misac y Abdénago son símbolos de una actitud fiel y contracultural. Yo no la llamaría fanática. Demuestran fe: El Dios a quien damos culto puede librarnos del horno encendido. Poseen fortaleza y audacia: Has de saber, rey, que no damos culto a tus dioses ni adoramos la estatua que has mandado erigir.

¿No estamos llamados a vivir también hoy una fe más viva y una fortaleza más audaz? Si no, la vida cristiana acaba convirtiéndose en una variante cultural del espíritu de nuestra época; es decir, en una sal que ha perdido su sabor.

Ayer, los enemigos de Jesús insinuaban que podía tener inclinaciones al suicidio. Hoy añaden a la larga lista de títulos deshonrosos uno más atrevido: lo llaman indirectamente “hijo de prostituta” al afirmar: Nosotros no somos hijos de prostituta. Es probable que cuando se redacta el evangelio de Juan una de las acusaciones judías contra el cristianismo fuera precisamente esta: la de presentar a Jesús como hijo de una prostituta llamada María y de un padre desconocido (¿el famoso legionario Pantera?). Jesús no entra en esta batalla. Más bien, desmonta los dos títulos (hijos de Abrahán e hijos de Dios) que los judíos exhiben como timbres de gloria, pero de los que no extraen sus verdaderas consecuencias. Jesús se lo dice abiertamente: Si fuerais hijos de Abrahán, haríais lo que hizo Abrahán. Y más adelante: Si Dios fuera vuestro padre me amaríais porque yo salí de Dios y aquí estoy.

Enredado en esta controversia está el asunto de la libertad. ¿Qué nos queda por decir sobre esta palabra talismán que prestigia cuanto toca? ¡Pues que estamos siempre pervirtiendo su sentido! El criterio de Jesús no deja lugar a dudas: Os aseguro que quien comete pecado es esclavo. El esclavo no se queda en la casa para siempre, el hijo se queda para siempre. Y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres. Confieso que me gusta más esta expresión que la que citamos más a menudo: La verdad os hará libres. Creo que ambas significan lo mismo, pero, fuera de su contexto joánico, la segunda frase se presta a muchas interpretaciones interesadas. Quien nos hace libres no es la verdad, entendida como valor abstracto, sino la verdad que es Jesús: Si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres. No puedo olvidar la célebre frase de Lutero “Domini sumus, ergo domini sumus”, que podríamos traducir libremente así: “Si somos del Señor, entonces somos realmente señores, libres”.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

martes, 5 de abril de 2022

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 8,21-30

 


Evangelio según San Juan 8,21-30
Jesús dijo a los fariseos:

"Yo me voy, y ustedes me buscarán y morirán en su pecado. Adonde yo voy, ustedes no pueden ir".

Los judíos se preguntaban: "¿Pensará matarse para decir: 'Adonde yo voy, ustedes no pueden ir'?".

Jesús continuó: "Ustedes son de aquí abajo, yo soy de lo alto. Ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo.

Por eso les he dicho: 'Ustedes morirán en sus pecados'. Porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados".

Los judíos le preguntaron: "¿Quién eres tú?". Jesús les respondió: "Esto es precisamente lo que les estoy diciendo desde el comienzo.

De ustedes, tengo mucho que decir, mucho que juzgar. Pero aquel que me envió es veraz, y lo que aprendí de él es lo que digo al mundo".

Ellos no comprendieron que Jesús se refería al Padre.

Después les dijo: "Cuando ustedes hayan levantado en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy y que no hago nada por mí mismo, sino que digo lo que el Padre me enseñó.

El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada".

Mientras hablaba así, muchos creyeron en él.


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos y amigas:

A Jesús lo acusaron de muchas cosas: de comilón, de borracho, de amigo de publicanos y prostitutas, quizá de eunuco, de transgresor de la ley. Hoy aparece un “título” nuevo, muy desconcertante: se sospecha que tiene inclinaciones al suicidio. Los comentarios no dejan lugar a dudas: ¿Será que va a suicidarse, y por eso dice “donde yo voy no podéis venir vosotros”? Esta acusación, como todas las anteriores, no refleja la verdad de Jesús, pero insinúa uno de sus flancos. Jesús no es un suicida, en el sentido que esta palabra tiene ordinariamente, pero sí es alguien que entrega su vida para manifestar el amor del Padre al mundo.

Este mensaje no se entiende. Choca con la manera humana de conducirnos. Por eso Jesús experimenta una frustración: ¿Para qué seguir hablándoos? Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros, pero el que me envió es veraz y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él.

¿Cuándo comprenderemos lo que Jesús significa para nosotros? ¿Cuándo creeremos en el sentido de su entrega hasta la muerte? Para la teología que subyace al cuarto evangelio no hay ninguna duda: Cuando levantéis al Hijo del Hombre sabréis que yo soy. Este levantamiento se refiere a la cruz, pero a una cruz que es, al mismo tiempo, el trono de la manifestación plena del misterio de Cristo (sabréis que Yo Soy), una cruz, por tanto, que es también fuente de salud. Por eso, la liturgia de este día pone en relación el texto del evangelio de Juan con el del libro de los Números, que parece estar en el trasfondo: Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte; cuando una serpiente mordía a uno, miraba la serpiente de bronce y quedaba curado.

Por tanto, Jesús no es un depresivo abocado al suicidio sino el Hijo que se entrega, que deja que lo cuelguen para manifestar un amor total.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

lunes, 4 de abril de 2022

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 8,12-20

 

Evangelio según San Juan 8,12-20
Jesús les dirigió una vez más la palabra, diciendo: "Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida".

Los fariseos le dijeron: "Tú das testimonio de ti mismo: tu testimonio no vale".

Jesús les respondió: "Aunque yo doy testimonio de mí, mi testimonio vale porque sé de dónde vine y a dónde voy; pero ustedes no saben de dónde vengo ni a dónde voy.

Ustedes juzgan según la carne; yo no juzgo a nadie,

y si lo hago, mi juicio vale porque no soy yo solo el que juzga, sino yo y el Padre que me envió.

En la Ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos personas es válido.

Yo doy testimonio de mí mismo, y también el Padre que me envió da testimonio de mí".

Ellos le preguntaron: "¿Dónde está tu Padre?". Jesús respondió: "Ustedes no me conocen ni a mí ni a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre".

El pronunció estas palabras en la sala del Tesoro, cuando enseñaba en el Templo. Y nadie lo detuvo, porque aún no había llegado su hora.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos y amigas:

Europa está conmocionada por la guerra en Ucrania, y sabemos que hay otros muchos los lugares asolados también por una guerra crónica en los que ya no se sabe cual fue el origen de la contienda, lo único que queda es el odio y el miedo que se ha ido instalando en el corazón de las pèrsonas, generación tras generación. asesinado tras asesinato, injusticia tras insjusticia, pero, dejemos que la Palabra nos abra horizontes de esperanza.

Exceptuando los relatos de la pasión que leemos en Semana Santa, creo que la historia de Susana, es el texto más largo de la liturgia de la palabra. ¿Por qué la Iglesia nos propone esta interminable y un poco picante leyenda popular incluida en el libro de Daniel? Es una manera de acentuar el mensaje contenido en el nombre del profeta. Daniel significa, en efecto, “Dios hace justicia”. Y hoy, en un mundo injusto, estamos necesitados de esta “justicia divina”.

¿Cuántas veces hemos deseado que Dios desenmascare las mentiras que cubren en ocasiones a las personas socialmente honorables? ¿Cuántas veces hemos sentido verdadera indignación ante las injusticias que quedan impunes porque nadie se atreve a denunciarlas? La leyenda de Susana es como un símbolo de muchas historias actuales de explotación económica, de abuso sexual, de acoso psicológico, de negación de la libertad de expresión.

¿Cómo actúa Dios? En el salmo 22/23 y en el evangelio encuentro un atisbo de respuesta. Jesús dice: El que me sigue no camina en tinieblas. Y el salmista canta: Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo. La justicia de Dios es luz en la oscuridad de nuestros caminos. No es un ajuste de cuentas sino una linterna que nos ayuda a ver. Pone la verdad al descubierto para que todos, los que producen las injusticias y los que las padecen, podamos ver con claridad y, de esta manera, emprendamos el camino que conduce a la vida. Porque, al final, se trata de esto: de que todos encuentren el camino de la vida, no simplemente de sufrir una pena por el mal cometido.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

domingo, 3 de abril de 2022

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 8,1-11

 


Evangelio según San Juan 8,1-11
Jesús fue al monte de los Olivos.

Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.

Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos,

dijeron a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.

Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?".

Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.

Como insistían, se enderezó y les dijo: "El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra".

E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.

Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí,

e incorporándose, le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?".

Ella le respondió: "Nadie, Señor". "Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante".


RESONAR DE LA PALABRA


UN PERDÓN QUE NO CONDENA, RECONSTRUYE

Los letrados y fariseos eran considerados (por la gente y por ellos mismos) los responsables de la moralidad pública. Estudiaban y se conocían al dedillo las normas, los criterios morales, los comportamientos inaceptables, lo que dictaban las autoridades religiosas. Incluso hablaban «en el nombre de Dios», cuya voluntad conocían perfectamente puesto que estaba recogida en las normas oficiales. Pretendían acabar con la corrupción social y religiosa. No era un mal propósito. Y andaban «a la caza» para pillar, denunciar y condenar. Eso sí: procuraban que fueran otros los que aplicaran las sentencias. Ellos conservaban sus manos «limpias» y su conciencia tranquila, al haber conseguido reducir la inmoralidad y el pecado.

En la escena de hoy la mujer realmente no pinta gran cosa. El objetivo es Jesús. Lo cierto es que Moisés mandaba apedrear a los adúlteros. Al hombre y a la mujer: ¿y él dónde está?

Cuando se pone la ley/norma al lado de un pecado concreto, la sentencia adquiere rigor matemático. Pero las cosas cambian cuando al lado de la ley se coloca a una persona concreta. Esto pocas veces lo hacemos. Algunos prefieren «cargarse» a la persona antes que cuestionar la ley, o plantearse si es justa. Les resulta impensable sospechar que quizá la Ley no haya que aplicarla como ellos la entienden. Están deseando «tirar piedras».

Esta gente que rodea a Jesús, «armada» con una mujer a la que han «pillado» pecando, se siente representante de la Institución Judía y del mismo Dios, y pretenden ponerle una trampa: A ver si se atreve a decir algo en contra de «lo que está escrito», de sus sagradas leyes (es decir: de Dios). A ver si así deja de una vez de hablar de «misericordia» y de comprensión en el nombre de Dios. Nada de tener manga ancha con los débiles y pecadores. Hay que cumplir lo que ha mandado Moisés.

Todo está a punto: el delito evidente, los testigos, las piedras en las manos y la Ley que mandaba matar. Jesús: "¿tú qué dices?".

Pero Jesús no dice, "hace". Y lo primero que hace es callar, dar tiempo al silencio, esperar. Da una oportunidad a los acusadores a ver si son capaces de mirar la situación de otro modo, con calma, con otros ojos, a ver si alguien tiene algo «nuevo» que aportar. Pero es inútil. Todo está muy claro; están seguros de tener razón. Para ellos no hay otro camino. Son un ejemplo de aquel dicho: "Sabes muy bien dónde mirar: por eso no consigues encontrar a Dios".Porque Dios es imprevisible, original, sorprendente. Si crees que entiendes, es señal de que no entiendes nada. Pero a esta mentalidad educada y dependiente de preceptos, normas, leyes, definiciones, juicios y condenas... le resulta casi imposible dar el salto. No saben nada de Dios. Han hecho a Dios a su imagen. Precisamente aquello que está tan prohibídisimo en el primer mandamiento, el más importante: hacerse imágenes de Dios (Éxodo 20, 2-5).

El Maestro pide a todos aquellos señores con vocación de jueces que dejen de acusar, que no miren a los demás siempre desde arriba, que se pongan al nivel de todo el mundo, que traten de experimentar de algún modo la debilidad de los demás, y que recuerden sus propias incoherencias y pecados. Él mismo optó entrar en nuestro mundo «bajando», poniéndose a nuestra altura, hasta el punto de rebajarse hasta morir en una cruz. Por eso, tal vez, ante estos señores «tan altos», tan prepotentes, tan intransigentes, tan subidos en su verdad y en su cátedra, él se baja, se echa al suelo, donde está tirada la mujer. Sólo desde donde está ella se puede hacer un juicio justo. ¡Pobre del que no se acuerda de esto: más pronto o más tarde terminará lanzando piedras! El que se olvida de sus propios pecados y de la misericordia que han tenido con él, al final no será capaz de resistir la tentación de apedrear a cualquier pecador que se le ponga por delante.

El diálogo final entre Jesús y la mujer tiene una ternura especial. Ella necesita, por encima de todo, que la reconstruyan: Está destrozada. No ha abierto la boca. Y esta es la tarea que asume el Señor. Como si recordara esas palabras de Isaías que hoy hemos escuchado: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo». Lo importante no es lo que ha pasado, sino lo que tiene que brotar, lo nuevo. Ella necesita un camino en su desierto, un río en su vida seca.

¿Cómo llegó a tan lastimosa situación? ¿Qué pasaría en su vida de pareja para que haya tenido que ir a buscar cariño a otro sitio? ¿Qué ganamos con apedrearla? Lo que debiera importarles e importarnos es que se rehaga, que se encuentre a sí misma, que sea una persona nueva...

¿Habéis visto aquí la «penitencia» que Jesús pone ante un pecado evidente? ¿Habéis visto cómo riñe a la mujer? ¿Habéis visto qué condiciones le pone para perdonarla? Si recordáis la parábola del domingo pasado: ¿Le echo aquel padre alguna«bronca» al hijo derrochador, desobediente y cabeza loca? ¿Recordáis que le dijera: «vas a tener que demostrar que estás arrepentido»? Incluso le defiende ante el juicio objetivo e implacable de su hermano. Su perdón es sin condiciones, un «regalo», que es lo que significa «per-dón», un gran regalo inmerecido.

Y es que Dios cuando se encuentra con el pecado, sólo le inquieta una cosa: ¿Qué hacemos para vencerlo? ¿Cómo superarlo? No importa lo que ha pasado, lo que hemos hecho: "Yo tampoco te condeno". Él lo que procura es hacer que surja algo nuevo en nosotros. Porque la peor situación es la desesperanza, el sentirse «malo», superado, humillado, vencido. Así no hay progreso espiritual ni revitalización cristiana ni eclesial, ni salvación. Y el hombre/mujer se pierde.

Necesitamos escuchar la voz que Dios quiere dirigirnos en nuestro pecado y ante el pecado que descubrimos en los otros: Necesitamos sentirnos nuevos, que se nos abran los caminos. Necesitamos escuchar muchas veces de sus labios: «Yo tampoco te condeno, anda y no peques más», y se nos caerán todas las piedras de las manos.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

sábado, 2 de abril de 2022

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 7,40-53


Evangelio según San Juan 7,40-53
Algunos de la multitud que lo habían oído, opinaban: "Este es verdaderamente el Profeta".

Otros decían: "Este es el Mesías". Pero otros preguntaban: "¿Acaso el Mesías vendrá de Galilea?

¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David y de Belén, el pueblo de donde era David?".

Y por causa de él, se produjo una división entre la gente.

Algunos querían detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él.

Los guardias fueron a ver a los sumos sacerdotes y a los fariseos, y estos les preguntaron: "¿Por qué no lo trajeron?".

Ellos respondieron: "Nadie habló jamás como este hombre".

Los fariseos respondieron: "¿También ustedes se dejaron engañar?

¿Acaso alguno de los jefes o de los fariseos ha creído en él?

En cambio, esa gente que no conoce la Ley está maldita".

Nicodemo, uno de ellos, que había ido antes a ver a Jesús, les dijo:

"¿Acaso nuestra Ley permite juzgar a un hombre sin escucharlo antes para saber lo que hizo?".

Le respondieron: "¿Tú también eres galileo? Examina las Escrituras y verás que de Galilea no surge ningún profeta".

Y cada uno regresó a su casa.


RESONAR DE LA PALABRA


Signo de contradicción

Lo que predijo el anciano Simeón en el evangelio de Lucas: “este está puesto como signo de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 34-35), lo vemos claramente realizado en este pasaje de Juan. Jesús provoca reacciones y opiniones encontradas de aceptación y rechazo. Es difícil no percibir algo extraordinario y divino en las palabras y los hechos de Jesús. Pero, por otro lado, no encaja del todo en las expectativas y las tradiciones judías, como su (así lo creían) origen galileo. La polémica alcanza a todos los estratos de la sociedad, desde los más sencillos a los más importantes, todos discuten sobre él. Sin embargo, la divergencia de opiniones no es precisamente equidistante. Existe un claro desequilibrio entre las opiniones favorables y las adversas. Las primeras, si van hasta el final, abren a la fe, y aceptar a Jesús en fe, como el Mesías, implica tomar la decisión de vivir como él. Las opiniones contrarias a Jesús se inclinan a actuar con violencia.

La lucha entre, por una parte, la fe y las obras del amor y, por la otra, la oposición y el rechazo violento tiene humanamente un claro perdedor. El destino del testigo y mediador es casi irremediablemente el del manso cordero. La profecía de Isaías nos recuerda que ya en el Antiguo Testamento está prefigurado este mesianismo, no de triunfo, sino de entrega y de muerte. Pero, tal vez lo más importante ahora es entender que ese destino de Jesús es el destino de todo el que se posiciona en favor de Cristo (y no como mera opinión, sino como verdadera confesión de fe): dar testimonio del amor de Dios, dar testimonio de Cristo, renunciar a la violencia, estar dispuesto al perdón y a la entrega de la propia vida.

Nos acercamos a la celebración de la Pascua, del misterio de la muerte y la resurrección de Cristo. La liturgia nos invita a “entrar” en el misterio, sabiendo que lo que celebramos en estos días no es solo cuestión de contemplación, sino precisamente aquello a lo que debemos estar dispuestos a realizar en nuestra propia vida.

Fraternalmente
José M. Vegas cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

viernes, 1 de abril de 2022

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 7,1-2.10.25-30

 

Evangelio según San Juan 7,1-2.10.25-30
Jesús recorría la Galilea; no quería transitar por Judea porque los judíos intentaban matarlo.

Se acercaba la fiesta judía de las Chozas,

Sin embargo, cuando sus hermanos subieron para la fiesta, también él subió, pero en secreto, sin hacerse ver.

Algunos de Jerusalén decían: "¿No es este aquel a quien querían matar?

¡Y miren cómo habla abiertamente y nadie le dice nada! ¿Habrán reconocido las autoridades que es verdaderamente el Mesías?

Pero nosotros sabemos de dónde es este; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es".

Entonces Jesús, que enseñaba en el Templo, exclamó: "¿Así que ustedes me conocen y saben de dónde soy? Sin embargo, yo no vine por mi propia cuenta; pero el que me envió dice la verdad, y ustedes no lo conocen.

Yo sí lo conozco, porque vengo de él y es él el que me envió".

Entonces quisieron detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él, porque todavía no había llegado su hora.


RESONAR DE LA PALABRA


El arrepentimiento de Dios

No puede no llamarnos la atención ese “arrepentimiento de Dios” con que concluye la primera lectura. En nuestro esquema mental, es Dios el que nos llama al arrepentimiento, mientras que aquí es un hombre, Moisés, el que intercede ante Dios y lo llama a arrepentirse de sus intenciones punitivas contra el pueblo. Si Dios se encoleriza de este modo, hasta el punto de querer destruir al pueblo que Él mismo ha liberado hace bien poco, es que ese pueblo ha cometido un pecado que “clama al cielo”. Es claro que no podemos tomarnos ese “arrepentimiento” de Dios al pie de la letra. Pero en esa imagen tan enérgica descubrimos la importancia del mediador para obtener misericordia. Es verdad que hay pecados que claman al cielo, hay muchas formas de idolatría, que, por alejarnos del Dios de la libertad y de la vida, nos esclavizan y nos conducen a la muerte. La voluntad de Dios, que es de liberación, de perdón y de vida, se encarnan y hacen visibles en la mediación del profeta que intercede por su pueblo y restablece la alianza.

El gran mediador entre Dios y los hombres, por el que obtenemos definitivamente el perdón de nuestros pecados es Jesús. Creer a Moisés implica aceptar a Jesús, del que Moisés y todos los demás profetas hasta Juan eran sólo una pálida figura. Eran, en realidad, testigos de su venida, de modo que escuchándolos a ellos de corazón no podemos sino aceptar a Cristo. Rechazar a Cristo revela una casi incomprensible ceguera en los que se consideran devotos cumplidores de las Escrituras.

Esa ceguera no es exclusiva de los fariseos o de los judíos: amenaza siempre al creyente y, por tanto, también a nosotros. El tiempo de Cuaresma nos invita con intensidad creciente a revisar nuestra vida, a hacernos conscientes de los ídolos que nos tientan, de los intereses indebidos que nos apartan del camino de la fe verdadera, nos ciegan para la escucha auténtica de la Palabra, nos impiden dar gloria a Dios, al que a veces usamos para glorificarnos a nosotros mismos. Todos estamos inclinados a formas sutiles de idolatría, de orgullo y vanagloria, que nos impiden aceptar de verdad a Jesús, por muchos actos religiosos que realicemos a diario. Intensificar la oración, a la que nos llama la Cuaresma, significa también purificar nuestros oídos y nuestro corazón para acoger sin condiciones la Palabra que Dios nos dirige cotidianamente, esa Palabra encarnada en Jesús, el mediador entre Dios y los hombres, y por, con y en el que nosotros mismos nos vamos convirtiendo en testigos y mediadores de la misericordia de Dios para nuestros hermanos, expresión, aunque imperfecta, de ese “arrepentimiento” de Dios, que renuncia al justo castigo y lo transforma en perdón y vida nueva.

Fraternalmente
José M. Vegas cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA