lunes, 15 de noviembre de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 18,35-43

 

Evangelio según San Lucas 18,35-43
Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna.

Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía.

Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret.

El ciego se puso a gritar: "¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!".

Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: "¡Hijo de David, ten compasión de mí!".

Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó:

"¿Qué quieres que haga por ti?". "Señor, que yo vea otra vez".

Y Jesús le dijo: "Recupera la vista, tu fe te ha salvado".

En el mismo momento, el ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios. Al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios.


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos hermanos:

Nuestra época ha sido denominada como la del “pensamiento débil”, de la “caída de las utopías”, desaparición de los “grandes relatos”…. Hemos dejado atrás los tiempos del denostado dogmatismo, las certezas a toda prueba, las convicciones profundas. Por supuesto, esto no es aplicable a todos los campos: nadie duda de su derecho a un buen salario por el trabajo que realiza, ni de la obligación que tiene el Estado de proporcionarle una serie de prestaciones en educación, sanidad, vivienda, deporte… ¿Tendremos mayor clarividencia en los pequeños campos de nuestros intereses personales que en lo que la filosofía antigua llamaba principia per se nota (principios evidentes)?

Naturalmente que hay reacciones contra esa relativización generalizada de criterios y valores. Y no es fácil la coexistencia de ambas actitudes. El escéptico llama fanático a quien se apoya en criterios sólidos; y éste llama superficial al relativista que está de vuelta… Tolerancia e intransigencia, rigidez y relativismo, fanatismo e indiferencia... larga serie de binomios mal avenidos...

Los libros de los macabeos, cuya lectura iniciamos hoy, ofrecen muchos ejemplos de todo esto. El imperio seleúcida persiguió a muerte la fe judía. En tal situación, algunos judíos no fueron meramente “flexibles” sino lisa y llanamente apóstatas de sus prácticas y convicciones religiosas, por comodidad y para no correr riesgos. Otros judíos de creencias más sólidas procedieron con violencia y sin miramientos contra los primeros. Y la historia posterior –como bien sabemos- está llena de fanatismos inflexibles y de deserciones cobardes.

¿Cuál fue el comportamiento de Jesús en materia de convicciones y tolerancia? ¿Encontraremos en él alguna orientación para nuestras vidas de creyentes? Parece que nadie pudo tildarle de fanático; más bien algunos le consideraron “flojo” tanto en sus prácticas religiosas como en sus opciones políticas. No pudieron arrancarle una condena explícita de la ocupación romana ni que demostrase su fidelidad a la alianza evitando el trato con pecadores. En uno y otro campo tenía mucho mayor amplitud de miras…

Pero Jesús se dejó ajusticiar por su forma de entender la fidelidad. Fue constante y coherente en su presentación del proyecto del Padre, y el riesgo de morir no le llevó a desdecirse de nada, ni al más mínimo disimulo. La causa para la que vivió era para él de más valor que la propia vida. Y sin embargo no fue un amargado o agresivo contra sus contemporáneos, ni los menospreció: lo suyo fue la comprensión de debilidades sin renunciar a altos ideales. Vivió la utopía, las grandes convicciones,… mostrando que sin ellas la vida no vale la pena. Y el desprendimiento de ventajas personales fue su garantía de veracidad. ¡Una llamada a la lucidez y a la recuperación de elevados ideales, a vivir para grandes causas, sin sucumbir a la tentación de eliminar a quien no las perciba!

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

sábado, 13 de noviembre de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 13,24-32

 

Evangelio según San Marcos 13,24-32
En ese tiempo, después de esta tribulación, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar,

las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán.

Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria.

Y él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte.

Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.

Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta.

Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.

El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.


RESONAR DE LA PALABRA


Nadie sabe el día ni la hora

Jornada Mundial de los pobres: «A los pobres los tenéis siempre con vosotros»

Y cuando llegues a la puerta de tu noche,

al acabar el camino que no tiene retorno,

sepas decir tan sólo: "gracias por haber vivido".

(Salvador Espriu)

Al ir terminando este ciclo litúrgico que hemos recorrido con la pluma de San Marcos (dentro de dos domingos comenzaremos el Adviento), la Iglesia ha querido que reflexionemos sobre la caducidad de todo, sobre el final del tiempo, de la historia, de la vida personal. Nada (salvo Dios, claro) es «para siempre»: cielo y tierra pasarán. Y nosotros también pasaremos. Vivimos como si la muerte sólo les pasara a otros. Pero es importante ser conscientes de nuestra caducidad... porque eso supone una responsabilidad y cambia nuestra forma de valorar la vida.

 Recuerdo todavía lo que me impresionó y me hizo pensar la película «Mi vida sin mí», de Isabel Coixet, (2003): Su protagonista, Ann tiene 23 años, dos hijas, un marido que pasa más tiempo en paro que trabajando, una madre que odia al mundo, un padre que lleva 10 años en la cárcel, un trabajo como limpiadora nocturna en una universidad a la que nunca podrá asistir durante el día... Vive en una caravana en el jardín de su madre, en las afueras de Vancouver. Esta existencia gris cambia completamente tras un reconocimiento médico, en el que le anuncian su muerte inminente. Desde ese día, paradójicamente, Ann observa la realidad con pupilas dilatadas, como si lo viera todo por vez primera, o como si todo se fuera a desintegrar en el instante siguiente y descubre el placer de vivir, guiada por un impulso vital: elaborar una lista de cosas que quiere hacer antes de morir. Pero Ann ahora tratará de ver a sus padres, a su marido y a sus hijas fijándose en lo mejor de ellos, y les dejará en herencia palabras esperanzadoras, a través de unas cartas póstumas.

Con frecuencia nos damos cuenta demasiado tarde del valor de cada instante, de que nos afanamos, nos preocupamos y hasta nos estresamos por cosas que no tienen verdadera importancia... mientras descuidamos capacidades y valores que, a la larga, satisfacen más y son los auténticamente «importantes». La vida tiene un plazo, (y pocas veces llegamos a saber «el día y la hora», como en la película mencionada), pero el final es algo fuera de toda duda. Y sería muy triste descubrir que no le hemos sacado provecho al tiempo disponible.

Esto no significa entrar en un ritmo frenético, y empeñarnos en bebernos la vida a grandes tragos; ni dedicarnos a buscar continuamente experiencias nuevas, o límite (drogas, sexo, alcohol, velocidad...), como queriendo pasar por todo, sin pausa, sin sentido, solo «acumulando»/consumiendo vivencias. Se trata más bien de priorizar, de discernir, de elegir aquello que realmente me enriquece y es valioso, me hace crecer como persona, me hace más humano, y vivirlo todo con sentido.

Con un lenguaje propio del género apocalíptico (y que por lo tanto, no hay que entender literalmente), Jesús nos ha dicho que «el cielo y la tierra pasarán. El día y la hora nadie la sabe». Y, sabiendo interpretar los signos, como el rebrotar de la higuera que anuncia el verano, hay también muchos signos en la naturaleza que nos hablan de nuestras limitaciones y caducidad y de la necesidad de aprender a vivir de otras maneras: las pandemias, el calentamiento global, las inundaciones, el volcán de La Palma, las Danas y «Filomenas». No controlamos todo (aunque nos guste creérnoslo), y todo puede cambiar en breve tiempo. En definitiva: la vida nos enseña a ir "aprendiendo la muerte".

Basta con escucharla, verla, seguirla... como hacía Jesús.

Ella nos explica la muerte poco a poco, o de golpe, según los días.

Unas veces sin hacernos ningún daño. Otras, dislocándonos de dolor.

Unas veces subrayando nuestras pequeñas muertes cotidianas,

otras, golpeándonos con la muerte de aquellos que tanto amamos.

La muerte se aprende cuando, al peinarnos por la mañana, se nos caen los cabellos;

cuando nuestros pies pisan las hojas de los árboles caídas,

cuando perdemos el diente que nos ha dolido tanto tiempo;

cuando nos salen las primeras arrugas,

cuando podemos decir, al contar pequeños recuerdos: «hace 10, 20 ó 30 años»...

Cuando nos regalan unas flores para celebrar ese año menos antes del último.

La muerte se aprende cuando nos encontramos con quienes

conservan nuestra infancia en el recuerdo,

y para quienes seguimos siempre siendo pequeños;

cuando la memoria flaquea, la enfermedad nos visita...

Cuando disminuyen las visitas a los vivos y se alargan las visitas a las tumbas.

La muerte se aprende en cada adiós definitivo de los seres queridos,

porque, aunque sepamos por la fe, que ya han llegado a su Destino,

nosotros nos quedamos con la carne abierta, protestando, herida,

porque se nos ha muerto una parte de nosotros mismos...

La vida es nuestra maestra de muerte, pero también es maestra de vida...

«Cuando veáis todas estas cosas, sabed que el señor está cerca, a la puerta»

Madeleine Delbrel, “Morirás de muerte”

Cuesta menos dejar la vida cuando ha sido aprovechada bien y mucho, para crear vida alrededor, como hace la naturaleza, incluso vida a partir de la muerte. Cuesta menos dejar la vida cuando sabemos que hemos crecido, que hemos desarrollado nuestras mejores capacidades, cuando somos conscientes de haber amado mucho. No es necesario consumir ni experimentar cuanto más mejor, sino vivir con sentido, disfrutando los pequeños momentos, sabiendo elegir, y siendo conscientes de que «sólo tenemos toda la vida» para cuidar nuestro espíritu, nuestro yo... que es lo que perdurará por toda la eternidad. ¡Ay, si pusiéramos el mismo esfuerzo en cuidar nuestro interior, que el que ponemos en cuidar este exterior que, querámoslo o no, se va desmoronando poco a poco, y a veces muy deprisa!

Para vivir nuestra vida «bien» nos acompañan dos esperanzas o promesas: el encuentro final o llegada del Hijo del hombre, y que sus palabras no pasan.

Saboreo, para terminar, las palabras de Narciso Yepes: "Desde que convivo con la enfermedad, pienso más en la muerte que antes. La voy sintiendo cercana y amiga; en definitiva, nada terrible. Sí, me inquieta irme sin haber tenido tiempo suficiente para cumplir la misión que Dios me haya encomendado. El día que sienta plenamente el convencimiento de que he acabado mi tarea en la tierra, el paso por esta vida habrá sido una fiesta, y el marcharme será el inicio de una fiesta nueva".

Hoy celebramos la Jornada Mundial de los Pobres. Me permito subrayar algunas palabras del Mensaje del Papa Francisco para hoy:

El rostro de Dios que Jesucristo nos revela es el de un Padre para los pobres y cercano a los pobres. Toda su obra afirma que la pobreza no es fruto de la fatalidad, sino un signo concreto de su presencia entre nosotros. No lo encontramos cuando y donde quisiéramos, sino que lo reconocemos en la vida de los pobres, en su sufrimiento e indigencia, en las condiciones a veces inhumanas en las que se ven obligados a vivir. No me canso de repetir que los pobres son verdaderos evangelizadores porque fueron los primeros en ser evangelizados y llamados a compartir la bienaventuranza del Señor y su Reino (cf. Mt 5,3)...

Parece que se está imponiendo la idea de que los pobres no sólo son responsables de su condición, sino que constituyen una carga intolerable para un sistema económico que pone en el centro los intereses de algunas categorías privilegiadas... Se asiste así a la creación de trampas siempre nuevas de indigencia y exclusión, producidas por actores económicos y financieros sin escrúpulos, carentes de sentido humanitario y de responsabilidad social.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, CMF

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

viernes, 12 de noviembre de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 18,1-8

 


Evangelio según San Lucas 18,1-8
Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse:

"En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres;

y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: 'Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario'.

Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: 'Yo no temo a Dios ni me importan los hombres,

pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme'".

Y el Señor dijo: "Oigan lo que dijo este juez injusto.

Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar?

Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?".


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos hermanos:

La pregunta es si nos fiamos verdaderamente de Dios. El Evangelio de hoy nos invita a ello. ¿Quiere eso decir que debemos confiar ciegamente en que nos va a solucionar los problemas de la vida diaria? Porque a veces acudimos a Dios con cuestiones en las que nosotros mismos no estamos dispuestos a colaborar. A lo concreto. Si el problema, por ejemplo, es que mi marido bebe, no basta con encender muchas velas y hacer muchas oraciones. Todo eso está muy bien pero habrá que enfrentar el problema, dialogar y hacer lo que haya que hacer. Porque Dios nos dirá que está muy bien que le contemos el problema pero que nos ha dado la libertad, la capacidad de buscar consejo y de decisión para enfrentar ese y muchos otros problemas que nos vayamos encontrando en la vida diaria.

Así que podemos dar un paso más. ¿Creemos de verdad que Dios nos ha regalado los medios e instrumentos (libertad, inteligencia, afecto...) para enfrentar los problemas de nuestra vida? ¿Es que podemos pensar que nos ha dejado a nosotros sus hijos e hijas queridos desamparados ante la vida y sus dificultades?

Ocurre que a veces tenemos que pasar por momentos difíciles. Algunas decisiones no son fáciles. Y eso nos cuesta. Poniendo un ejemplo muy simplón. Si el estudiante quiere aprobar el examen, está bien que rece, pero es también necesario que manifieste su voluntad de aprobar dedicando el tiempo necesario al estudio. Eso significa esfuerzo, concentración, compromiso y trabajo. La respuesta de Dios a sus oraciones es la inteligencia que le ha dado y la libertad para tomar su decisión de ponerse a estudiar en lugar de ir a divertirse. Pues como este caso, tantos otros.

Estoy convencido de que Dios nos ha regalado más fuerza, más decisión y más capacidades de las que podemos imaginar. Como cuando vamos por el monte y subimos una montaña. Hay momentos de cansancio en que nos decimos que no podemos más. Pero no es verdad. Desde que nos decimos eso hasta llegar al límite de nuestras fuerzas queda mucho. Dios nos invita a desarrollar plenamente las capacidades y energías que nos ha regalado.

Porque nos ha regalado mucho. Somos sus hijos e hijas queridos. Otra cosa es que nos lo creamos de verdad.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

jueves, 11 de noviembre de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 17,26-37

 


Evangelio según San Lucas 17,26-37
Jesús dijo a sus discípulos:

"En los días del Hijo del hombre sucederá como en tiempos de Noé.

La gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca y llegó el diluvio, que los hizo morir a todos.

Sucederá como en tiempos de Lot: se comía y se bebía, se compraba y se vendía, se plantaba y se construía.

Pero el día en que Lot salió de Sodoma, cayó del cielo una lluvia de fuego y de azufre que los hizo morir a todos.

Lo mismo sucederá el Día en que se manifieste el Hijo del hombre.

En ese Día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en la casa, no baje a buscarlas. Igualmente, el que esté en el campo, no vuelva atrás.

Acuérdense de la mujer de Lot.

El que trate de salvar su vida, la perderá; y el que la pierda, la conservará.

Les aseguro que en esa noche, de dos hombres que estén comiendo juntos, uno será llevado y el otro dejado;

de dos mujeres que estén moliendo juntas, una será llevada y la otra dejada".

Entonces le preguntaron: «¿Dónde sucederá esto, Señor?»

Jesús les respondió: "Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres".


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos hermanos:

Seguimos dándole vueltas a la venida de Jesús. Parece claro que viene de sorpresa, sin que se le espere. Yo aún diría más. Viene de una forma que nos va a costar reconocerle.

A ver si me explico. Todos nosotros tenemos una idea de cómo es Dios y de cómo es Jesús. En nuestras casas tenemos cuadros o imágenes. Hay imágenes también en las iglesias. En algunos lugares, se sacan en procesión por las calles imágenes de Jesús, especialmente en Semana Santa. A Jesús se le suele representar con la mirada un poco perdida hacia lo alto, suponemos que mirando al cielo, a su Padre. Hay otras veces en que su mirada se dirige a nosotros pero resulta, dicho con todos los respetos puesto que me refiero a la imagen no al verdadero Jesús, un poco “blandengue”. Suele llevar largas melenas y está vestido con una túnica. Muchas veces de detrás de la cabeza de Jesús salen unos rayos de luz. De raza blanca, por supuesto. Por mucho que cambien las culturas y los artistas, en la inmensa mayoría de los casos, nos resulta fácil reconocer a Jesús en todas esas imágenes.

La verdad es que si, cuando viniese, lo hiciese de esa guisa, nos resultaría fácil reconocerle. Pero me da que va a venir un poco “disfrazado”. Lo dice él cuando en la parábola del juicio final el rey dice a los de la derecha y a los de la izquierda que “cuanto hicisteis a uno de esos hambrientos, pobres, necesitados, desnudos, enfermos o encarcelados, a mí me lo hicisteis.” Por esto digo lo del disfraz.

Es decir, que quizá no va a venir como le esperamos. Y que conviene que estemos muy atentos a la sorpresa. Jesús nos puede esperar a la vuelta de la esquina, allá donde se nos presente una oportunidad para amar, para servir al necesitado, para luchar por la justicia... No necesariamente se nos aparecerá guapo, joven y de raza blanca. Quizá sea mujer, vieja, de otra raza y horriblemente enferma.

Pasa que Dios se encarnó y se hizo uno de nosotros. No llevaba lucecitas por detrás para decirnos que era Dios. Se vació a sí mismo para acercarse a nosotros y así ayudarnos a conocer el amor de Dios. Quizá sea algo así lo que quiere decir el papa Francisco cuando dice que quiere “pastores que huelan a oveja”, frase que no se aplica sólo a los obispos. Desde que se encarnó, a Dios le encontramos en las más humildes de nuestras calles y casas. ¡Ojo que no se nos pase de largo!

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

miércoles, 10 de noviembre de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 17,20-25

 

Evangelio según San Lucas 17,20-25
Los fariseos le preguntaron cuándo llegará el Reino de Dios. El les respondió: "El Reino de Dios no viene ostensiblemente,

y no se podrá decir: 'Está aquí' o 'Está allí'. Porque el Reino de Dios está entre ustedes".

Jesús dijo después a sus discípulos: "Vendrá el tiempo en que ustedes desearán ver uno solo de los días del Hijo del hombre y no lo verán.

Les dirán: 'Está aquí' o 'Está allí', pero no corran a buscarlo.

Como el relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre cuando llegue su Día.

Pero antes tendrá que sufrir mucho y será rechazado por esta generación."


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos hermanos:

Tanto hablar del reino, de que nos tenemos que comprometer con el reino, del banquete del reino... y, al final, quizá no estamos seguros de lo que es.

Hay quien piensa que el reino vendrá como una especie de cataclismo, que quebrará definitivamente este mundo y esta historia en la que nos ha tocado vivir. Dios reinará entonces y se terminarán todos los dolores. Con la irrupción del reino vendrá también el juicio final y... a cada uno como le pille. Esta forma de pensar parece que se refiere a un Dios que está escondido y con ganas de pillarnos desprevenidos. La condena eterna es una opción posible en esta perspectiva. Si te encuentra la llegada del reino en un mal momento, mala suerte para siempre.

Me parece a mí que esa forma de imaginar la venida del reino tiene poco que ver con el Dios de que nos habla Jesús, con su Padre, que “tanto amó al mundo, que envió a su hijo para salvarnos.” No me puedo imaginar tanto esfuerzo y tanto amor para luego tirarlo todo por la ventana y mandar a la mayor parte de la humanidad al infierno para siempre. Tampoco tiene que ver con el Dios que, cuando se quiso hacer presente en nuestro mundo, vino de una forma humilde y silenciosa. Como el hijo de una doncella nazarena. Sin hacer ruido, sin llamar la atención. En pobreza y como el último de nosotros.

El reino tiene que ser una manifestación de amor definitiva. El reino tiene que inundar el corazón. Y se manifestará en cosas pequeñas. El reino ya se está produciendo en nuestro mundo cada vez que una persona es capaz de amar como Dios ama. Gratuita y desinteresadamente. El reino acontece cuando creemos en nosotros mismos como hijos e hijas de Dios, capaces de recrear y renovar nuestra vida y la de nuestros hermanos y hermanas desde la justicia y el amor. El reino se hace vida compartida cuando llevamos la eucaristía a la vida y compartimos el pan de la fraternidad con todos los que nos rodean, especialmente con los que más sufren.

Sin duda, que esa presencia del reino exige compromiso por nuestra parte y, posiblemente, algo de sufrimiento, como dice Jesús. Pero en absoluto exige ruido ni milagros ni grandes ni ostentosas manifestaciones.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

martes, 9 de noviembre de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 17,11-19

 

Evangelio según San Lucas 17,11-19
Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea.

Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia

y empezaron a gritarle: "¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!".

Al verlos, Jesús les dijo: "Vayan a presentarse a los sacerdotes". Y en el camino quedaron purificados.

Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta

y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.

Jesús le dijo entonces: "¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?

¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?".
Y agregó: "Levántate y vete, tu fe te ha salvado".


RESONAR DE LA PALABRA


Quieridos hermanos

Hace dos días decía que perdonar, curar, sanar, concentra lo más importante de la actitud del cristiano. Pero, ¿de dónde saca la fuerza para actuar así? ¿Para vivirlo y sentirlo desde lo más profundo del corazón y no como una actitud impuesta o una norma externa? Creo que el Evangelio de hoy nos lleva a la respuesta a estas preguntas. No es más que una palabra: agradecimiento.

El cristiano, el discípulo de Jesús, es una persona agradecida. Ese es el verdadero motor y gasolina de la vida cristiana, la energía que la mueve y hace posible. ¿De dónde viene ese agradecimiento? Pues precisamente de la experiencia de sabernos perdonados, curados, sanados, salvados. En el encuentro con Jesús hemos experimentado todo eso, lo hemos vivido. No es una lección aprendida en el catecismo. No es algo que le hayamos oído a un predicador o a un misionero. Es algo que lo hemos sentido en el corazón y hemos comprendido vitalmente. Dios nos ama y su amor nos crea y recrea continuamente. Nos levanta de la postración, nos llama a la vida, nos invita a ser libres y a comprometernos por el reino, a luchar por la justicia para todos, a trabajar por un mundo mejor, a amar sin exclusiones.

Por eso, por puro agradecimiento, somos capaces de amar y perdonar, de curar y acoger, de construir el reino. Hemos entendido que el reino es nuestra casa y que esa casa no tiene sentido sin la presencia del Padre y de los hermanos y hermanas.

El extranjero que fue a dar gracias y alabar a Dios fue el único que se salvó de los diez leprosos. Los otros se curaron pero no llegaron a conocer lo que era el amor de Dios. Por alguna razón que se nos escapa no llegaron a entenderlo, a vivirlo, a experimentarlo. Sólo uno lo conoció en su corazón.

Seguro que los que leen estos comentarios son personas que han experimentado el amor de Dios. Por eso viven agradecidas. Por eso no excluyen a nadie. Ni siquiera a esos que han sido curados pero que por alguna razón el amor no ha llegado a su corazón. Les siguen amando, les siguen curando, porque saben que son también hijos e hijas de este Dios que nos ama tanto.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

lunes, 8 de noviembre de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 2,13-22

 

Evangelio según San Juan 2,13-22
Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén

y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.

Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas

y dijo a los vendedores de palomas: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio".

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.

Entonces los judíos le preguntaron: "¿Qué signo nos das para obrar así?".

Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar".

Los judíos le dijeron: "Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?".

Pero él se refería al templo de su cuerpo.

Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos hermanos:

Es la fiesta de la dedicación de la Basílica de Letrán, construida en el año 324 por el emperador Constantino, primer emperador cristiano, que se bautizó en su inauguración. Dejando la historia a parte, que sería muy interesante, es la sede del Obispo de Roma, el Papa es Papa, por ser el Obispo de Roma, como nos ha recordado alguna vez el actual. Su titulo no es el de Romano Pontífice, Vicario de Cristo (que por cierto, estos eran los pobres), Sumo Pontífice, Santo Padre y otros nombres que le atribuimos sacados del momento en que el cristianismo pasó de ser perseguido a religión oficial del imperio. Por lo tanto esta Basílica es el centro de toda la cristiandad: “Madre y cabeza de todas las iglesias de la ciudad y del mundo”, aunque la mayoría consideramos el centro al Vaticano.

En el Evangelio y en San Pablo se dice qué nosotros somos los verdaderos “templos”, qué podemos adorar a Dios en cualquier sitio “en espíritu y verdad”, “hablaba del templo de su cuerpo”, parece ser la persona y no el templo lo más sagrado. No es cuestión de llenar esto de citas, pero Jesús no parece que fuese en demasiadas ocasiones al templo, tenía otros templos en las calles, en las casas, en los caminos. Y para celebrar la última cena (Eucaristía), tampoco escogió un templo, más aún, los primeros cristianos se reunían en las casas para celebrar, rezar, charlar. Iglesia significaba la comunidad reunida, no un edificio, menos aún si la llamamos Basílica que es un término auténticamente romano. Nos paso algo... Quizás Jesús tenga que liar otra vez el látigo, como hoy en el evangelio, para recordarnos quién son los templos vivos a los que no se puede injuriar, machacar, expropiar, denigrar, matar, esclavizar…

¿Qué sentido tiene la fiesta de hoy?, nuestra tradición ha hecho de los edificios un lugar de encuentro, en el templo material recibimos los sacramentos, nos encontramos con la comunidad, rezamos, son lugar de referencia en las plazas de nuestros pueblos, está Cristo sacramentado, recuerda la historia de tantos siglos, nos evoca la Iglesia universal. Son un oasis en medio de la ciudad, lugares donde beber del Evangelio y de otros templos vivos para salir y continuar el camino. Cuando Jesús dice dónde quiere estar, dónde se le tiene que reconocer, se trata de lugares sencillos, cargados de humanidad, de cotidianidad, lleno de rostros, y donde las piedras sólo son las personas, las piedras sólo sirven si visibilizan y celebran todas estas presencias.

La fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán nos tiene que ayudar a recordar que toda la Iglesia trasparenta el Reino de Dios, que el lugar sólo sirve si hace visible los sueños de Dios. Que unidos a nuestro Papa Francisco, buscamos ser una Buena Noticia en el mundo, ser “defensores de los empobrecidos”. El templo debe de ser lugar de encuentro con Dios, nuestras asambleas, nuestra vida comunitaria expresan, dicen, trasparentan, invitan a ser lugares de encuentro. Y sobre todo nos unen a toda la Iglesia y al Papa que nos ha dicho que los pastores deben de oler a oveja y por deducción nuestros templos, los de piedra y argamasa huelan a pueblo, una casa donde la alfombra es para los empobrecidos, (los Vicarios de Cristo).

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA