lunes, 7 de junio de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 5,13-16

 


Evangelio según San Mateo 5,13-16
Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.

Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos hermanos:

La bienaventuranza proclamada por Jesús para sus discípulos es la plenitud de la salvación, la felicidad ya incoada en esta vida, aunque en medio de dolores y persecuciones. Pero esto no debemos entenderlo como un privilegio concedido a algunos, y del que los demás quedan excluidos. La fe es la puerta de entrada a esta bienaventuranza, en la que participamos al aceptar a Jesús como nuestro Mesías y Salvador. Pero el don de la fe nos abre a los demás sin exclusiones, en los que vemos “prójimos”, hermanos e hijos del mismo Padre. Por eso la fe no puede (no debe) ocultarse, sino que su dinamismo propio es el testimonio, la proclamación, la comunicación. Si hemos experimentado la felicidad (la bienaventuranza) de ser hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, no podemos no sentir el impulso de contagiar de esta felicidad a los que todavía no la conocen. Y es que, en verdad, el amor y la felicidad son difusivos por su propia naturaleza.

Tras declarar bienaventurados a sus discípulos, Jesús les recuerda la responsabilidad aparejada al don recibido. La luz de la fe debe brillar, la alegría de la nueva vida de la salvación debe generar vida nueva. La sal conserva la vida y la libera de la podredumbre. La luz da orientación y sentido. No es que los creyentes en Cristo “tengan que ser” (así, como un deber moral) sal y luz. Jesús nos dice que ya lo somos: es un don ya recibido. Nuestra responsabilidad consiste en no estropear esos dones con nuestra desidia: que la sal no se vuelva insípida, que no ocultemos la luz. Si dejamos que esto suceda, nuestra fe se vuelve estéril, la bienaventuranza desvirtuada deja de serlo. No hemos de tener miedo de manifestar nuestra fe, ni avergonzarnos de seguir a Jesús. Es absurdo sentir miedo o avergonzarse de ser feliz. Pero somos felices y bienaventurados, porque hemos conocido a Jesús y lo seguimos. Y ello se traduce en obras buenas a favor de nuestros hermanos, y por las que ellos mismos dan gloria a Dios y, de este modo, empiezan también a participar de esa felicidad a la que todos están llamados, y a la que nosotros, por nuestras buenas obras, les estamos invitando.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

domingo, 6 de junio de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 4,25.5,1-12

 

Evangelio según San Mateo 4,25.5,1-12
Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él.

Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

"Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron."


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos,

Jesús, el nuevo Moisés, sube al nuevo Sinaí, y proclama la nueva ley del Evangelio. No se trata de un monte imponente y terrible, ni sube en soledad, como Moisés. Se trata de una agradable colina, a la que Jesús sube rodeado de sus discípulos. Y la nueva ley no es una serie de nuevos preceptos y obligaciones, sino una fórmula de felicidad: Jesús, declara, sencillamente, quienes son los felices y bienaventurados a los ojos de Dios. Pero, por muy bien que suenen estas palabras, no pueden dejar de chocarnos, pues contradicen, no sólo la vieja teología de la retribución, sino también nuestras más naturales inclinaciones. ¿No es absurdo declarar felices a los que lloran, a los hambrientos, a los que sufren y son perseguidos? ¿No está Jesús contraviniendo nuestras aspiraciones más elementales y legítimas? ¿Es que los cristianos tenemos que desear padecer, sufrir, llorar? ¿No le damos la razón a aquellos que, como el filósofo Nietzsche, consideran la fe cristiana algo inhumano, una moral de rebaño, que da culto a la debilidad y desprecia las alegrías de la vida? ¿De qué nos habla hoy realmente Jesús?

Jesús está hablando de sí mismo. Él es el nuevo Moisés, pero lo supera infinitamente, pues éste se limitaba a transmitir lo que había recibido de Dios, mientras que Jesús habla “con autoridad”, desde sí mismo. Es más, él mismo es la nueva ley, porque es el hombre que lleva la ley escrita en su corazón. Jesús no hace como hacen con frecuencia los hombres (los poderosos, los políticos, más o menos, todos), que exigen a los demás los sacrificios que ellos no tienen que hacer, que predican lo que no cumplen, que ven los toros desde la barrera. Jesús no nos dice: sed felices aunque seáis pobres, estéis sufriendo o no tengáis un pedazo de pan que llevaros a la boca. ¿No era él el que daba de comer a la multitud, porque le daba lástima de ella y no quería despedirla (cf. Mt 15, 32)? ¿No es él, precisamente, el que al tiempo que proclamaba la Buena Noticia curaba toda clase de enfermedades y dolencias, del cuerpo y del espíritu (cf. Mt 4, 23-24)? Jesús no es un embaucador que nos dice que nuestros males son en realidad bienes, y que lo que tenemos que hacer es conformarnos con ellos y, encima, estar contentos.

Jesús nos ofrece su autorretrato: es feliz, porque es el Hijo amado del Padre, por más que, al asumir la condición humana, tome sobre sí todos los sufrimientos que afligen a los seres humanos. Y, además, quiere compartir con nosotros su felicidad, invitándonos a participar de su filiación divina: incluso si nos va mal, Dios no por eso nos deja tirados, al contrario, nos mira con amor, nos bendice y nos acoge en su Hijo.

Además, las bienaventuranzas no son sólo situaciones pasivas (que padecemos), sino que implican también actitudes (disposiciones a la actividad) que hemos de asumir libremente: ser misericordiosos, purificar el propio corazón, trabajar por la paz, luchar por la justicia, incluso si somos perseguidos por ello. Es decir, participar activamente en el nacimiento de un nuevo mundo, del Reino de Dios que pugna por abrirse paso en este mundo viejo y que es el que Jesús ha venido a traernos. El hombre que se consagra a esta tarea, unido a Cristo (alentado por Él) y sirviendo a sus hermanos (alentándolos y consolándolos, como nos recuerda Pablo), conoce una felicidad profunda, una bienaventuranza que ninguna sombra de este mundo puede empañar.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

sábado, 5 de junio de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 14,12-16.22-26

 

Evangelio según San Marcos 14,12-16.22-26
El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: "¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?".

El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: "Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo,

y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: '¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?'.

El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario".

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen, esto es mi Cuerpo".

Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella.

Y les dijo: "Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.

Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios".

Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.


RESONAR DE LA PALABRA


UNA ALIANZA/PACTO DE SANGRE

En el momento central de nuestras celebraciones eucarísticas, proclamamos: «este es el Sacramento de nuestra fe». Con un artículo determinado «el». Como si sólo hubiera un sacramento. No decimos «este es uno de los 7 sacramentos», ni siquiera «este es el sacramento más importante». Y es que realmente, sólo tenemos un sacramento: Jesucristo-Eucaristía. Los otros... no son sino «derivaciones», variaciones, aplicaciones a distintos momentos de la vida de fe. Y sin embargo hay no pocos bautizados que dicen no necesitar este sacramento central de la fe. Y quienes se acercan a él principalmente si es «día de precepto», y no siempre. Muchos no sabrían explicar por qué es «importante» o «necesario»: tal vez ofrecan su testimonio de que se sienten bien al comulgar, que les ayuda a ser mejores, que les falta "algo" si no van a misa... Está bien... pero esto no ayuda gran cosa a los que preguntan «por qué debiera yo ir a la Eucaristía», «por qué es importante o necesario». Eso se queda corto. Tenemos que reconocer que hay una buena falta de formación bíblica, teológica y litúrgica (las tres) que ayude a valorar, disfrutar y aprovechar esto que Jesús nos dejó como Testamento de su vida. Como también evitar convertirlo en algo diferente a lo que Jesús pretendió.

Teniendo en cuenta las lecturas de hoy, me centro sólo en algunos aspectos:

Comienzo por subrayar/recordar que en la Eucaristía hacemos "un pacto de sangre» con Dios. Las palabras «Pacto», «Alianza» (nueva) y «Testamento» son sinónimas. Precisamente dan nombre a cada una de las dos partes de la Biblia. Para comprender su importancia y alcance, necesitamos mirar al que fue el «Primer Testamento» (ahora se prefiere este nombre), o Antigua Alianza o Pacto.

En el principio, Dios quiso elegir y constituir un pueblo y sellar con él un compromiso. En las culturas antiguas había dos formas de hacerlo: con un banquete y con sangre de animales. La iniciativa de Dios le llevó a fijarse en un grupo de gente que se encontraba en Egipto en estado «penoso» (esclavos, dispersos, sin identidad...) y empezó pidiéndoles que cenaran juntos, anters de emprender aquel largo Éxodo. Porque compartir la misma mesa supone empezar a crear «lazos» de amistad y comunión. Para los pueblos mediterráneos esto era y es muy significativo: a la gente que nos importa, la invitamos a comer; las personas de mayor confianza y cercanía comparten a menudo la misma mesa. Cuando queremos celebrar algo importante... comemos juntos. Y es que Dios pretendía, desde el principio, la convivencia, la unión, la cercanía, la amistad, la intimidad entre los que iban a formar su pueblo.

También ése fue un objetivo muy significativo para Jesús que, con tantísima frecuencia, compartía la mesa con toda clase de personas, sin discriminaciones ni condiciones. Y se lo llegaron a reprochar: «éste come con pecadores». Les escandalizaba por lo que eso significaba: una oferta de amistad, cercanía, acogida, intimidad... a personas frecuentemente alejadas de Dios. Y lo hacía en el nombre de su Padre: era «parte» esencial de su mensaje universal y del verdadero rostro de Dios. Comía también a menudo con sus amigos más íntimos. Tanto, que el criterio de discernimiento para buscar el sustituto de Judas (y nos serviría como la primera definición de discípulo) es: «el que ha comido con Jesús». Precisamente su despedida y Testamento consistió en una Cena, en la que pidió a sus discípulos: sed uno, amaos, sabrán que sois de los míos por el amor que haya entre vosotros. Compartir la mesa, por tanto, DEBE estrechar los lazos entre nosotros... porque si no la vaciamos de sentido, no es lo que Jesús quiso. No podemos «privatizar» el Cuerpo de Cristo, pretendiendo comulgar con él... y excluyendo o ignorando a los que comparten con nosotros la misma mesa.

Después de la liberación de Egipto, llegaron al Sinaí, donde culminaría y se ratificaría un pacto/alianza o contrato. Lo resume esa frase repetida en las Escrituras: «Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios». Moisés presenta al pueblo las Palabras/Mandamientos que ha escuchado a Dios, y que había puesto por escrito. El pueblo repite que «haremos lo que manda el Señor». Y luego viene un rito hecho a base de sangre de animales, por el que se sella un «pacto de sangre», para el cual toman sangre de animales que se derrama a la vez sobre un altar (Dios) y sobre el pueblo, expresando con este rito que ambos quedaban comprometidos de por vida (=sangre), y así se convertían en una nueva familia (consanguíneos) que se definía por hacer lo que les decía el Señor. Y el Señor, por su parte, se comprometía a estar siempre con ellos. (Primera lectura de hoy)

 Jesús reformulará esa Alianza. Primero: habrá solo un mandamiento (nuevo): amarnos como él nos amó. Considerará discípulos suyos a los que hagan lo que él manda: amar como él. Y se compromete a estar con ellos todos los días hasta el fin del mundo, se compromete a darles su propia vida, a hacerlos hermanos e hijos. Y esto lo hace por medio de un gesto: compartir el pan y beber la copa. Son discípulos suyos los que comen su cuerpo y beben su copa. Y este pacto/Alianza lo sella Jesús con su propia sangre. Como signo de su fidelidad y de su amor incondicional él ofrece toda una vida (eso es la «sangre») entregada/derramada desde el amor. Y pide a sus discípulos:

- A partir de ahora vosotros -todos juntos, en comunión- vais a ser mi Cuerpo, haciéndome presente en el mundo cuando yo ya no esté.

- Vais a hacer de vuestra vida una entrega hasta el final, como mi propia entrega

- Recibir su Cuerpo y Sangre es irnos convirtiendo en el mismo Jesús para hacer lo mismo que él hizo, en memoria suya. Hasta poder decir, como san Pablo, «ya no soy yo... es Cristo quien vive en mí».

Por último: la sangre (nos lo recordaba la Carta a los Hebreos) tenía también un sentido de purificación/renovación cuando el pueblo quebrantaba su compromiso, su Alianza. Se repetía todos los años en la fiesta del «Yom Kippur». Jesús sustituye todos esos antiguos ritos y ofrece su vida, derrama su sangre «para el perdón de los pecados». Jesús muere en la cruz pidiendo el perdón al Padre para nosotros. De modo que ya no necesitamos más sangres de animales: la participación en el Sacramento de nuestra fe nos devuelve a la comunión con Dios tantas veces como la perdamos. Es realmente el Sacramento del perdón para los pecadores.

¿CONCLUSIONES?

- Recibir el Cuerpo de Cristo es aceptar su invitación y comprometernos a construir comunidad, a fortalecer lazos, a amar a los que Jesús elige sentar conmigo a su mesa

- Recibir el Cuerpo de Cristo es integrarse en el grupo de discípulos, aceptar ser Cuerpo vivo de Cristo y vida entregada en el amor cada día, sellando la Alianza que Jesús me ofrece con su sangre

- Recibir el Cuerpo de Cristo es estar dispuesto a «hacer» todo lo que el Señor nos ha dicho en la Liturgia de la Palabra, lo que encontramos en las Escrituras

- Recibir el Cuerpo de Cristo supone a menudo reconocer que hemos «fallado» en nuestra entrega a Dios a través de los hermanos, y necesitamos renovar nuestra Alianza y acoger la vida, el Espíritu, el Amor el perdón que Cristo nos ofreció durante toda su vida culminada en la muerte de Cruz

- Recibir el Cuerpo de Cristo es aceptar que Dios se pone en mis manos (de ahí la costumbre y el sentido de recibir la comunión en la mano, que durante los primeros 10 siglos fue ¡el único modo de comulgar!), y depende de mí, para que lo lleve conmigo, y le reparta y me reparta con él a cualquier hermano que tenga hambre.

- Recibir el Cuerpo de Cristo no es un «premio» a los que son «buenos», a los que creen merecerlo... sino la ayuda que Cristo ofrece a sus discípulos débiles, pecadores, miedosos, traidores...porque bien sabe que «sin mí no podéis hacer nada».

Y muchas más... Por hoy ya valen.

Que de verdad SEAMOS juntos el Cuerpo de Cristo, porque Cristo sigue teniendo tanto que hacer... con ayuda de los que somos miembros de su Cuerpo...

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

viernes, 4 de junio de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 12,38-44

 

Evangelio según San Marcos 12,38-44
Y él les enseñaba: "Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas

y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes;

que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad".

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia.

Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre.

Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: "Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros,

porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir".


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos, paz y bien.

¿Cuánta fe hace falta para dar todo lo que tenemos? La viuda anónima (no sabemos su nombre) “ha echado todo lo que tenía para vivir”, nos dice Jesús. Se necesita mucho valor. Pero mucho. Exige confiar plenamente en la providencia divina, y saber que Él se ocupará de ti.

A los que nos gusta tener todo planificado, saber qué vamos a hacer dónde y cómo, esta forma de vida nos supera. Pero, todavía hoy, hay muchas personas, laicos y religiosos, que son capaces de vivir confiados. Confían en Dios, y Él les responde. Para muestra, lo mucho que ayudan las organizaciones como Cáritas, o cómo las Hermanas de Teresa de Calcuta encuentran con qué alimentar a los que tienen alojados.

Y, además, nos recuerda el Maestro que todo esto puede (y debe) hacerse en silencio. Sin alharacas, sin publicarlo en las redes sociales y sin que tu mano izquierda sepa lo que hace la mano derecha. Que ya sabe Dios lo que hacemos y lo que no hacemos.

La primera lectura nos recuerda algo relacionado con esto: “más vale la oración sincera y la limosna generosa que la riqueza adquirida injustamente”. Tanto Sara como Tobías habían rezado mucho y, sobre todo Tobías, hecho muchas limosnas. Y reciben su recompensa. Sara un marido que no le es arrebatado por el demonio Asmodeo, y Tobías recupera la vista. Ambos gracias a las instrucciones del arcángel Gabriel, “Medicina de Dios”. Acaba bien una historia en la que ambos, en algún momento, habían pensado que era mejor morirse. Nunca hay que perder la esperanza.

Y para meditar un poco sobre esto, un cuentito de Rabindranath Tagore:

Iba yo pidiendo, de puerta en puerta, por el camino de la aldea, cuando tu carro de oro apareció a lo lejos, como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba, maravillado, quién sería aquel Rey de reyes. Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado. Y me quedé aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados por el polvo. La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste tu diestra diciéndome: “¿Puedes darme alguna cosa?”. ¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un mendigo! Y yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo, y te lo di. Pero qué sorpresa la mía cuando al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para dártelo todo!

Hoy celebramos la memoria de san Bonifacio, también mártir. Aquí puedes leer algo de su vida. Apóstol de Alemania, ejemplo de perseverancia para toda la Iglesia. También para ti.

Nuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

jueves, 3 de junio de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 12,35-37

 

Evangelio según San Marcos 12,35-37
Jesús se puso a enseñar en el Templo y preguntaba: "¿Cómo pueden decir los escribas que el Mesías es hijo de David?

El mismo David ha dicho, movido por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies.

Si el mismo David lo llama 'Señor', ¿Cómo puede ser hijo suyo?". La multitud escuchaba a Jesús con agrado.


RESONAR DE LA PALABRA 

Queridos amigos, paz y bien.

Los ojos de Tobit se abren, por fin, gracias al remedio del arcángel san Gabriel. Y Sara llega a su nuevo hogar, con su marido (vivo) y con todas las bendiciones. La historia (casi) llega al final. Queda mañana la revelación del arcángel, pero lo sustancial de la historia ya lo sabemos. Es que no se puede perder nunca la esperanza.

“Alaba, alma mía, al Señor”, dice el salmo. Alábalo siempre, podríamos añadir. Cuando nos va bien, sobre todo, pero también cuando las cosas se tuercen, o no van como nos gustaría a nosotros. Que Dios sabe lo que se hace, mejor que nosotros.

Sobre el Evangelio. Envidio a Jesús en muchas cosas (envidia sana), pero hoy, sobre todo, en lo que disfrutaba la gente escuchándolo. No es fácil hoy lograr captar la atención de la gente, y menos que disfruten con lo que oyen. Hay mucha dispersión, nos llegan cada día miles de estímulos, y no sabemos cómo procesarlos. Todo nos cansa muy rápido. Cada domingo, los sacerdotes nos ponemos delante de los parroquianos, e intentamos que no se duerman, por lo menos, si no pueden disfrutar.

El estilo de Jesús es muy sencillo, muy claro, sacando ejemplos de la vida diaria. Todos lo captan sin esfuerzo, y ven que habla con autoridad. Todo nace de su profundo conocimiento del ser humano, porque Él mismo era hombre, y de su profunda unión con Dios, gracias a la cual puede ver qué quiere Dios de Él.

Hoy es Jesús el que hace la pregunta, no espera a que le pregunten a Él. Hay que saber de qué Mesías y de qué Hijo de Dios estamos hablando. Porque detrás de esos términos hay una concepción, para unos política, para otros, espiritual, de la vida. Cristo se reivindica como el único Salvador, el único que puede darnos la vida eterna. Él es el que viene a nosotros, para sanarnos.

Dios se acerca a nosotros, cuando estamos ciegos (Tobías), cuando estamos desesperados (Sara), cuando nos sentimos pecadores. A veces, incluso sin que nos demos cuenta. O sin quererlo. Dios es muy “pesado”, no para hasta que caemos en la cuenta de que se puede vivir mejor, de que podemos ser felices, también cuando la vida no nos trata demasiado bien. Porque Él está siempre cerca.

Que podamos sentir su presencia. Que sepamos ser agradecidos por todas las veces que, en el sacramento de la Reconciliación, Dios nos ha sanado. Por todo lo que ha hecho en nuestras vidas. Por los ángeles que nos han mostrado el camino. Por todos sus dones, por todas sus maravillas. Amén.

Nuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

miércoles, 2 de junio de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 12,28-34

 

Evangelio según San Marcos 12,28-34
Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: "¿Cuál es el primero de los mandamientos?".

Jesús respondió: "El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor;

y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas.

El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos".

El escriba le dijo: "Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él,

y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios".

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: "Tú no estás lejos del Reino de Dios". Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos, paz y bien.

La historia de Tobías sigue su camino. Cada vez se pone más interesante. Hoy se habla del amor, del matrimonio con una pariente, con la que resulta que sólo él tenía derecho a casarse con Sara”. Es interesante cómo marido y mujer ponen sus vidas en las manos de Dios. Rezan, para que la tristeza se convierta en alegría. Si no hubiera un Evangelio tan rico, podríamos seguir comentando la primera lectura. Pero quiero centrarme en la fracción de Palabra de Dios que la Liturgia nos ofrece hoy.

Mi deseo sería que también a nosotros nos digan, un día, que no estamos lejos del Reino de Dios. Para eso, ya sabemos lo que tenemos que hacer. Lo dice el Señor hoy en el Evangelio. Amar mucho a Dios. “Con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser”. Como el mismo Jesús nos amó. Y nos sigue amando. Ésta es la primera parte del examen. Pero queda la segunda, que es muy interesante.

"Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Menudo bombazo. Con la primera parte podemos estar de acuerdo, porque a Dios se le puede querer, aunque a veces sea difícil. Pero llega lo del prójimo, y a éste lo tenemos cerca. Muy cerca. Conocido y no tan conocido. Nos cruzamos con él cada día, lo tenemos en el lugar de trabajo o de estudio, lo vemos cada día en la esquina de nuestra calle, con un vaso de cartón pidiendo una ayudita… No hace falta preguntar “quiñen es mi prójimo”. Lo sabemos de sobra.

Pues a esos, a todos y a cada uno, tenemos que amarlos. Y, encima, “como a uno mismo”. Nos cuidamos, nos preocupamos por estar bien, de vez en cuando nos damos un “caprichín”, porque nos lo merecemos. Pues así debemos acercarnos al prójimo. Es lo que hay. Es nuestra deuda como cristianos. Me gustaría tener la fórmula para poder vivir así, amando a Dios y amando al prójimo. Seguro que podría escribir algún libro, y ayudar a mucha gente. Por desgracia, solo sé que no sé (casi) nada. Lo único que puedo hacer es intentar tener un gesto amable con cada persona, incluso, o sobre todo, con las personas que menos me gustan, a las que me cuesta más amar. No llego al extremo de santa Teresita del Niño Jesús, que fue capaz de tener tantos gestos de amor con su hermana “favorita”, que solo después de su muerte se supo que le era muy difícil convivir con ella. A mí, por desgracia, se me nota cuando estoy molesto con alguien.

Quizá se trate de ir poco a poco, del “no te saludo. Me doy la vuelta y me voy de la sala” al “buenos días”. Y luego, ya si eso, “¿cómo va la cosa?”, “qué camisa tan bonita”, “pasa un buen día”… Dar señales de que para mí, la otra persona es importante. Porque es hija de Dios, como yo, y, por tanto, esa persona es mi hermana. Con los hermanos discutimos, nos reímos, lloramos. No con todos los “prójimos” voy a llegar a ese grado de confianza, pero que no sea por no intentarlo. Que nadie nos puede acusar de no haber dado el primer paso.

“Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.” No me extraña. Ya tenían bastante sobre lo que reflexionar. Como nosotros. Hala, a amar se ha dicho.

Nuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

martes, 1 de junio de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 12,18-27

 

Evangelio según San Marcos 12,18-27
Se le acercaron unos saduceos, que son los que niegan la resurrección, y le propusieron este caso:

"Maestro, Moisés nos ha ordenado lo siguiente: 'Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda'.

Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos.

El segundo se casó con la viuda y también murió sin tener hijos; lo mismo ocurrió con el tercero;

y así ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos ellos, murió la mujer.

Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?".

Jesús les dijo: "¿No será que ustedes están equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios?

Cuando resuciten los muertos, ni los hombres ni las mujeres se casarán, sino que serán como ángeles en el cielo.

Y con respecto a la resurrección de los muertos, ¿no han leído en el Libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, lo que Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob?

El no es un Dios de muertos, sino de vivientes. Ustedes están en un grave error".


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos, paz y bien.

Un justo puede tener momentos de debilidad. Un bajón le da a cualquiera. Una “depre” te puede visitar cuando menos te lo esperas. Tobías cede ante la presión del entorno. Sara no puede seguir viviendo con la “afrenta” de que se le mueran todos los maridos. Se quieren morir. Se puede entender su estado.

Pero el justo sabe decir: “A ti, Señor, levanto mi alma”. Tobías se pone en manos de Dios. “Haz ahora de mí lo que te guste”. Sara reza, para que cese su tormento. “Extendió las manos hacia la ventana y rezó”. Ojalá nosotros sepamos siempre también reaccionar así cuando nos dé el bajón. Que se lo sepamos aconsejar también a los amigos que andan “de capa caída”. El poder de la oración es inabarcable.

El justo sabe decir: “haz ahora de mí lo que te guste.” Qué buena forma de ponerse en las manos de Dios. Resuenan, en las palabras de Tobías, las palabras de Jesús en Getsemaní, cuando aceptó el cáliz que no le hacía mucha gracia beber. Un ejemplo más para que imitemos en los momentos difíciles.

Sobre los maridos hablaban con Ana. Y de maridos hablan también con Jesús. Los que le quieren provocar salen también escaldados. Porque se quedan en la anécdota, parten de sus prejuicios, y no están dispuestos a modificar sus creencias. No van a dialogar, quieren comprometer a Jesús, ponerle en situación difícil. Otra vez, podemos pensar en la forma que tenemos de hablar con los demás. ¿Cómo me dirijo a los otros? ¿Dialogamos, imponemos, discutimos, escuchamos?

Jesús les da donde más les duele, atacando con Abrahán, Moisés, Isaac y Jacob. Los cimientos de su fe hebrea. Les invita a creer en un Dios de vida, no de muerte. Y a darse cuenta de que, después de la muerte, todo será diferente. Seremos como ángeles, y no habrá ya problemas conyugales. Nos cuesta imaginarnos un mundo así, tendemos a traducirlo todo – incluso la vida después de la muerte – según nuestros planteamientos. Jesús le da la vuelta a todo, como lo hizo con la concepción del poder y del servicio, con la familia, con la situación de la mujer, con la actitud ante los niños, y trata de ponerlos en el camino correcto. Vida eterna, vida según los planes de Dios. Vida que exige abrir nuestras mentes y nuestros corazones a otros planteamientos.

Que sepamos estar abiertos a la Palabra, que, a veces, nos llega en palabras humanas. Que no seamos rígidos, que Jesús no se vea obligado a decir: “estáis muy equivocados”.

Nuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA