lunes, 14 de diciembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 21,28-32

 

Evangelio según San Mateo 21,28-32
Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

"¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: 'Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña'.

El respondió: 'No quiero'. Pero después se arrepintió y fue.

Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: 'Voy, Señor', pero no fue.

¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?". "El primero", le respondieron. Jesús les dijo: "Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.

En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él".


RESONAR DE LA PALABRA

No decir, sino hacer

La denuncia de la injusticia y la infidelidad de los jefes del pueblo que realiza Isaías con duras palabras se transfigura en el anuncio de una conversión al Dios de Israel de aquellos que, oficialmente y en teoría, están más alejados de él, los pueblos paganos que se inclinan ante los ídolos. La esperanza de Israel se universaliza y el mismo pueblo elegido es restaurado por la acción de Dios, curado de toda arrogancia y engreimiento, constituido como un resto pobre y humilde, cuyo corazón se ha vuelto totalmente a su Dios.

Descubrimos en Jesús una tensión semejante de denuncia y anuncio: el fuerte contraste entre la actitud de los representantes oficiales del pueblo y los considerados, también casi de manera oficial, pecadores (publicanos y prostitutas). No es que Jesús pondere a estos últimos y rechace sin más a los primeros, como a veces se quiere entender con frases del tipo “los que no van a Misa son mejores que los que van”, o “lo importante no es ir a la Iglesia, sino ser buena persona”. De hecho, Jesús no ensalza a los pecadores por serlo, ni a los que se tienen justos por su justicia, sino que descubre en los primeros una disposición a la conversión, precisamente de sus pecados (pensemos en Zaqueo de Lc 19, 1-10, o en la mujer pecadora de Lc 7, 37-38), mientras que ve en los segundos una contumacia en los propios, en el engreimiento y la orgullosa arrogancia denunciada por Isaías y que Dios se dispone a arrancar.

La almendra de esas distintas actitudes está en la disposición o no de aceptar a Jesús como el Mesías enviado por Dios. Pero Jesús lo expresa refiriéndose a la aceptación o el rechazo de un profeta de reconocida autoridad entre el verdadero resto de Israel, el pueblo llano, Juan el Bautista y su enérgica llamada a la conversión, acogida por los pecadores oficiales y rechazada por los justos oficiales. Con su inigualable pedagogía, Jesús lo plantea por medio de la parábola de los dos hijos: se puede obedecer sólo de boquilla, pero estar alejado en el corazón y en el modo de vida de la voluntad del padre, mientras que los que, por muy distintas circunstancias, parecen alejados de esa voluntad (pueblos paganos, mujeres que, quién sabe por qué motivos, han caído en la prostitución, y gentes consideradas impuras por mil distintas razones), pueden estar interiormente mucho mejor dispuestos a acoger la llamada de Dios en cuanto esta los alcance.

Para nosotros, creyentes de hoy, esta parábola es una fuerte llamada a examinar la calidad de nuestra vida. Por ser creyentes que confiesan su fe, estamos diciendo ya “oficialmente” que sí, que estamos dispuestos a trabajar en la viña del Señor. Pero bien puede ser que con nuestras actitudes concretas estemos desmintiendo esa disposición y nos estemos negando a ir a trabajar. Por ejemplo, si vivimos con engreimiento, creyéndonos superiores a los demás, despreciando de algún modo a los que se encuentran lejos de la fe. Tanto Isaías como Jesús nos recuerdan que también estos últimos están llamados a la salvación, a la fe en el Dios Padre de todos, y que necesitan, tal vez, sólo, el impulso de una llamada, de un testimonio de acogida y amor. Jesús nos llama a convertirnos en ese resto pobre y humilde, que puede ser precisamente la llamada profética a la conversión que muchos necesitan.

Saludos cordiales

José M. Vegas cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

domingo, 13 de diciembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 21,23-27

 

Evangelio según San Mateo 21,23-27
Jesús entró en el Templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, para decirle: "¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado esa autoridad?".

Jesús les respondió: "Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas.

¿De dónde venía el bautismo de Juan? ¿Del cielo o de los hombres?". Ellos se hacían este razonamiento: "Si respondemos: 'Del cielo', él nos dirá: 'Entonces, ¿por qué no creyeron en él?'.

Y si decimos: 'De los hombres', debemos temer a la multitud, porque todos consideran a Juan un profeta".

Por eso respondieron a Jesús: "No sabemos". El, por su parte, les respondió: "Entonces yo tampoco les diré con qué autoridad hago esto".


RESONAR DE LA PALABRA

El cetro y la estrella

Balaán, el profeta pagano, contratado para maldecir al pueblo elegido, hace honor a sus propios títulos, y no tiene más remedio que ver los signos de Dios y de escuchar sus Palabras y, en vez de maldecir, bendice. Se ve que también en aquellos tiempos el Espíritu de Dios actuaba fuera de la comunidad de la salvación, y Balaán tiene que rendirse y someterse al espíritu de verdadera profecía que ha tomado posesión de él. Sus palabras de bendición trascienden el momento presente y anuncian un futuro mesiánico, el nacimiento de un rey, que nacerá bajo la luz de una estrella y tomará el cetro del pueblo de Dios.

A veces, hoy como entonces, hay profetas a su pesar, gentes que, aunque hostiles al pueblo de Dios, pronuncian palabras que no pueden no reconocer en él una presencia salvadora de Dios. Así, por ejemplo, incluso los que critican con acritud a los cristianos, echándonos en cara nuestra incoherencia con la fe que profesamos, nos están recordando la excelencia de esta última, exigiéndonos el testimonio que les hurtamos con nuestra mediocridad.

Jesús, nacido bajo el signo de la estrella, es el portador del cetro de la dinastía de David, el Mesías que tenía que venir al mundo, que anunciaron los profetas, incluido el pagano Balaán. El cetro es el signo no de un mero poder externo, que se impone y destruye, sino de una autoridad que emana de la propia persona de Jesús y que él ejerce benéficamente: curando y enseñando (cf. Mt 21, 14. 23), pero también denunciando los abusos en torno al templo (cf. Mt 21, 12-13) y la esterilidad del pueblo elegido (cf. Mt 21, 19-21). Llama la atención el contraste entre el profeta extranjero y pagano, que ve en Israel al pueblo elegido, y los representantes de este mismo pueblo, sacerdotes y ancianos, que se niegan a reconocer la autoridad de Jesús: a diferencia de Balaán, ni ven ni escuchan. Es verdad que la revelación de Dios al hombre se realiza de manera dialogal: Dios habla sin imponer y espera la respuesta por parte del ser humano. Pero el diálogo, para poder realizarse, tiene sus condiciones. La primera es la apertura de espíritu, la segunda, la sinceridad. Es inútil intentar dialogar con quien no está bien dispuesto, con el que se cierra en banda. Son como esos que ni bailan cuando les tocan la flauta, ni lloran cuando les cantan endechas (cf. Mt 11, 17), como los que cuando se expulsa un demonio te llaman poseído (cf. Mt 12, 24). Sin embargo, Jesús no deja de interpelarlos, lanzándoles un desafío que puede ayudarles a entrar en razón, a afrontar su mala fe y, tal vez, a convertirse: la pregunta sobre el Bautista, que no pudieron, ni supieron, ni quisieron contestar, es una llamada a examinarse a sí mismos en su verdadera relación con Dios.

Es algo que nos puede suceder a todos, oímos sin escuchar, vemos signos, sin entender el significado, hacemos de nuestra fe una costumbre, un distintivo cultural, sin el dinamismo vivo de la esperanza y la conversión.

Pero si reconocemos que el Espíritu actúa fuera de la Iglesia, no podemos no reconocer que actúa, con mayor motivo, dentro de ella. Y que en el pueblo de Dios son muchos los que han perfeccionado sus ojos y abierto sus oídos para ver la presencia de Dios y escuchar su Palabra. Hoy celebramos a san Juan de la Cruz, una de las cimas de la experiencia mística, un maestro de vida espiritual que nos ha enseñado a elegir el camino estrecho y empinado que conduce a la cima del Carmelo, a la unión con Dios. En realidad, Dios mismo se ha acercado a nosotros en Jesús, que nos purifica, nos enseña y nos cura. El Adviento es una fuerte llamada a abrir los ojos y los oídos, a escrutar signos y acoger palabras de bendición, a creer profecías, a convertirnos nosotros mismos en profetas que anuncian la venida del Señor, el rey y Mesías que nacerá bajo el signo de una estrella. 

Saludos cordiales

José M. Vegas cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

sábado, 12 de diciembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 1,6-8.19-28


Evangelio según San Juan 1,6-8.19-28
Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.

El no era la luz, sino el testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: "¿Quién eres tú?".

El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: "Yo no soy el Mesías".

"¿Quién eres, entonces?", le preguntaron: "¿Eres Elías?". Juan dijo: "No". "¿Eres el Profeta?". "Tampoco", respondió.

Ellos insistieron: "¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?".

Y él les dijo: "Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías".

Algunos de los enviados eran fariseos,

y volvieron a preguntarle: "¿Por qué bautizas, entonces, si tu no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?".

Juan respondió: "Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen:

él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia".

Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.


RESONAR DE LA PALABRA


ESTAD ALEGRES,
PORQUE EL SEÑOR ESTÁ CERCA

Cuando nos dirigimos a Dios nos ponemos muy, pero que muy serios. ¿Por qué será? En nuestras iglesias no está bien visto saludar, hablar y reírse. En las homilías se riñe mucho. Nuestras celebraciones a menudo son distantes, serias, frías. A algunos les da pereza cantar, dar la mano, sonreír abiertamente. Hasta la palabra «celebración» resulta un poco rara si las comparamos con las «celebraciones» que tenemos por ahí fuera. Y a Dios le pintamos muy solemne, a Cristo paciente, a los ángeles con la cara estirada...¿Es que Dios no sabe reír? ¿Es que a Cristo sólo le tocó sufrir? ¿Es que sólo se puede ser santo a base de renuncias y sacrificios? ¿Es que el placer, el gozo, la alegría, son malos? ¿Es verdad aquello de que «todo lo que me gusta es pecado o engorda?»

Hay bastantes cristianos que viven con intensidad la cuaresma, la Semana Santa, el Viernes Santo... pero luego se «apagan» cuando llega el momento cumbre de la Pascua. No es raro que aquel pensador llamado Nietzsche dijera que «no encontraba a Dios en nuestros templos porque le parecían tumbas gigantescas, y que teníamos muy poca cara de salvados. Que parecía que nuestro Dios estaba viejo, agonizante, decadente». De tanto asociar a Dios con el dolor y la seriedad, resulta que nos acordamos de él sobre todo cuando algo nos duele o nos va mal. En las alegrías, pocas veces le tenemos en cuenta, si acaso cruzamos los dedos para que no nos las quite demasiado pronto.

Pero un Dios que es Amor no puede ser un Dios triste, enfadado, amargado... Es todo corazón, y un Corazón que ama y provoca amor... tiene que ser feliz. Cuando su Espíritu llega y nos invade, hace vibrar de gozo todo nuestro ser: «Alégrate, llena de gracia... porque el Espíritu descenderá sobre ti»...

¿No fueron invitados a la alegría los pastores de Belén al recibir la Buena Noticia? ¿No daba saltos de alegría el niño Bautista - aún el seno de Isabel- al recibir la visita de la Virgen?¿No estallaron en cánticos alegres los ángeles de Belén?

El Adviento es un tiempo que nos invita a recuperar y profundizar la alegría. La profunda, la auténtica. Pero al vernos rodeados de tanto Papá Noel con su«jojojó», al recibir tantos deseos de felicidad, al escuchar tantos villancicos enlatados (cada vez más en inglés), al rodearnos de tantas lucecitas de colores, al consumir tantísimo champán y vinos... uno sospecha que andamos escasos de esa sincera y profunda alegría. Y que la confundimos con otras cosas.

No recuerdo quién escribió que «el hombre actual no parece acertar con el camino que conduzca a una vida feliz; y el cristianismo, por su parte, no acierta a presentar a Dios como amigo de la felicidad humana y fuente de vida sana e integral». Y también que: «Todos los crímenes, todos los odios, todas las guerras, pueden reducirse a la infelicidad».

Especialmente en este tiempo que vivimos parece que la tristeza y el desánimo lo envuelven todo. Pues podemos y debemos encontrar y aprovechar y provocar muchas PEQUEÑAS OCASIONES que nos alegren el corazón:

- La alegría de enamorarse. Si Dios es amor... está ahí en medio, acompañando la alegría de los que se aman

- Disfrutar de tu canción favorita

- Tumbarte en la cama a escuchar cómo llueve fuera, cómo golpea la lluvia los cristales...

- Salir de la ducha y dejarte acariciar y envolver por una toalla suave y olorosa...

- Conseguir aprobar un examen gordo, final, preparado durante tiempo

- Una llamada inesperada de alguien que se ha acordado de ti

- Encontrarte triste y que alguien se dé cuenta y te pregunte con interés qué te pasa

- Tener una profunda y sabrosa conversación que te aporta algo, de esas que merecen la pena (y no son frecuentes), donde se intercambia algo más que palabras

- Encontrarte dinero olvidado en un bolsillo o en un cajón

- Mirarte en el espejo y reírte de ti mismo y de lo en serio que te tomas algunas cosas

- Encontrarte a alguien que te dice que tienes buen aspecto, que estás guapo/a, que se alegra de verte

- Enterarte de que han hablado bien de ti

- Despertarte, mirar el reloj, y descubrir en que aún te queda un ratito para dormir 

- Tener con quien darte una vuelta y tomar algo

- Un abrazo o un beso, o una caricia, que no sea rutinario ni simple cortesía (cuando se pueda, claro)

- Hacer nuevos amigos y conservar y disfrutar de los de siempre 

- Disfrutar de una buena película, o de un concierto, o de un museo....

- Sentir cosquillas en el estómago esperando algo o a alguien 

- Ganar un juego, un premio, un sorteo...

- Sentir la satisfacción de un trabajo bien hecho...

- Contemplar felices a las personas que te importan, a las que quieres (de esto saben muchos los abuelos)

- Ir a visitar ese sitio tan especial al que hace tanto tiempo que no vas 

- La cara de alegría que ponen cuando has acertado con tu regalo

- Gozar de un bello paisaje, un cuadro, un mensaje que alguien te ha enviado 

- Contemplar a un niño que se lo está pasando en grande o que se ríe con ganas 

- Escuchar un «te quiero», un «gracias», un «me apetece verte»...

- Beberse un buen vaso de agua fresca cuando hace calor; o gozar del calorcito de casa cuando hace tanto frío en la calle...

Son pequeñas grandes alegrías para disfrutar y para hacer disfrutar a otros. Son los mejores regalos para uno mismo y para otros en este tiempo. Y no hace falta gastarse dinero. Sólo una persona feliz puede hacer felices a otros.

Pero ¿y cuando las cosas van mal? ¿Y si hay verdaderas razones para la tristeza? ¿Y si nos falta alguien importante en nuestra vida? ¿Y si perdemos para siempre la salud? ¿Y si me parece que mi vida es un desierto reseco, que no merece mucho la pena? ¿Y si compruebo que mis manos son débiles para seguir dando, trabajando, acariciando, esperando poder recibir? ¿Y si a mis rodillas vacilantes les cuesta caminar, y tiemblan ante el peso que tienen que soportar? ¿Y si mi corazón se ha vuelto cobarde, está encogido, reseco, desconfiado, herido, fastidiado, o incluso agresivo, celoso, enrabietado, atravesado por el dolor? ¿Y si mis ojos no ven salida, si no escucho palabras que acaricien mis oídos, si no me llegan gestos de comprensión, de cariño, de consuelo...?

Sólo la fe puede venir en nuestra ayuda. Se viste entonces de esperanza, de paciencia, de confianza...

«Por el camino empinado, arenoso y estrecho, arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores (la fe y la caridad), que la llevan de la mano, va la pequeña esperanza, y en medio de sus dos hermanas mayores da la sensación de dejarse arrastrar como un niño que no tuviera fuerza para caminar. Pero, en realidad, es ella la que hace andar a las otras dos, y la que las arrastra, y la que hace andar al mundo entero y la que le arrastra. Porque en verdad no se trabaja sino por los hijos y las dos mayores no avanzan sino gracias a la pequeña». (Charles Peguy)

Es la promesa de Dios por boca de sus profetas: el propio Dios viene a vuestro encuentro. Viene a estar con nosotros (Emmanuel), a acompañar y vencer nuestras tristezas. A este Dios le van la misericordia y la ternura. Habéis oído sus palabras: "Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor". Y me viste un traje de gala y me envuelve en un manto de triunfo. Así que «estad siempre alegres», aunque ahora os toque sufrir. Buscad razones para la alegría y la esperanza. Porque las hay. Especialmente una: El Señor está cerca, en medio de vosotros, como nos ha señalado Juan. Porque ya acampó entre nosotros y viene para que tengamos vida en abundancia. Así es siempre la presencia del Señor. Y por eso la añoramos y la pedimos: Ven, Señor...

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

viernes, 11 de diciembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 1,39-48

 

Evangelio según San Lucas 1,39-48
María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.

Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo,

exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?

Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno.

Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor".

María dijo entonces: "Mi alma canta la grandeza del Señor,

y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,

porque él miró con bondad la pequeñez de tu servidora.

En adelante todas las generaciones me llamarán feliz".


RESONAR DE LA PALABRA


Querido hermanos:

Por segunda vez en esta semana se nos invita a contemplar la figura del Bautista. Su frecuente mención en los evangelios es señal de la importancia que tuvo para Jesús y para los primeros cristianos. Y también hoy es comparado con Elías, o, mejor, identificado con él. S. Agustín, en el lejano siglo IV, ya se admiraba de que al Bautista (único caso entre los santos) dedicase la Iglesia dos días de fiesta: la de su nacimiento, el 24 de junio, y la de su muerte, el 29 de agosto. Pero consideraba que no era sin motivo.

Elías, Juan el Bautista, Jesús: tres hombres de fuego. El evangelio apócrifo de Tomás, del siglo II, pone en boca de Jesús este dicho: “El que está cerca de mí está cerca del fuego; el que está lejos de mí está lejos del reino”; quizá sea una variante del que encontramos en Lc 12,49: “He venido a prender fuego a la tierra y ojalá estuviera ya ardiendo”. El Bautista, por su parte, anunciaba a Jesús en estos términos: “el que viene detrás de mí bautizará con Espíritu [Santo] y fuego” (Mt 3,11; quizá originariamente fuese “con una ráfaga de fuego”; espíritu y viento son en arameo la misma palabra). Y Eclo 48,1 nos dice: “surgió el profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como antorcha”.

Jesús y sus dos profetas precursores piensan en una humanidad que necesita ser purificada por el poder de Dios; Malaquías anunciaba el día del Señor, introducido por Él mismo o por un emisario suyo, como “fuego de fundidor, lejía de lavandero” (Mlq 3,2). Más allá de esta imaginería apocalíptica, para nosotros hay al menos dos mensajes claros:

a.- Una llamada a la conversión, personal y colectiva, que abrase cuanto hay en nosotros de ganga y libere el metal precioso, que se deje atrás la escoria y se dé paso a una humanidad tal como Dios la programó. Esto supone purificar, quemar, limpiar, desechando lo envejecido y deteriorado. La Escritura no pretende hablar de cataclismos cósmicos ni fenómenos siderales, sino de sacudidas internas y cambios en los corazones; hace tiempo aprendimos que el mensaje del mito no es cosmológico sino antropológico. Tales sacudidas implican dar de mano a apegos, costumbres, actitudes que no reflejan el evangelio, abriéndonos a que Dios nos trabaje y poniendo nosotros la carne en el asador.

b.- El recuerdo de que el ejercicio de la profecía, la exhortación a vivir incendios y cataclismo personales será molesta, causará rechazo y quizá persecución. La denuncia evangélica, la manifestación del desacuerdo, el distanciamiento crítico de “lo que se lleva”… (digamos trapicheos monetarios, eutanasia, aborto, lascivia sin control…) no suelen tener buen fin, al menos en un primer momento: Jesús y el Bautista murieron mártires del propio mensaje, sus oponentes “hicieron con ellos lo que quisieron”; y Elías, por haber combatido la idolatría, se jugó la vida ante las iras de la reina Jezabel y hasta se deseó la muerte, por encontrar muy pesado el encargo profético recibido (1Re 19,1-4). 

Adviento: tiempo gozoso, contemplación anticipada del plan de Dios plenamente realizado (el niño jugando tranquilamente con la víbora, arados y podaderas en vez de espadas y lanzas, ¡hermoso…!); pero también una llamada enérgica a captar la seriedad del momento, a la fortaleza y decisión: nos toca esperar de Dios y nos toca hacer…

Nuestro hermano
Severiano Blanco cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

jueves, 10 de diciembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 11,16-19


Evangelio según San Mateo 11,16-19
¿Con quién puedo comparar a esta generación? Se parece a esos muchachos que, sentados en la plaza, gritan a los otros:

'¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!'.

Porque llegó Juan, que no come ni bebe, y ustedes dicen: '¡Ha perdido la cabeza!'.

Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: 'Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores'. Pero la Sabiduría ha quedado justificada por sus obras".


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos:

Una constante en la relación de Jesús con sus contemporáneos es el lamento por su insensibilidad, aquel defecto de los españoles que M. de Unamuno llamaba “modorra espiritual”. Jesús, con una mirada penetrante, percibe por todas partes y en todo momento la actuación de Dios que introduce una época nueva en la historia del mundo. Y, en consecuencia, llama a la renovación, a percibir la grandeza del momento presente: “Muchos profetas y justos ansiaron ver lo que vosotros veis y no lo vieron” (Mt 13,17). Le gustaría que al menos sus oyentes tuviesen una sensibilidad y una percepción semejante a la que tiene él. Les pone comparaciones sencillas; hace pocos días leíamos la parábola de la higuera que, con sus nuevas yemas, indica la llegada del verano; y saca la consecuencia: “así vosotros, cuando veáis todas estas cosas, sabed que está cerca, a las puertas” (Mc 13,29). Y les recuerda ejemplos del AT, el de los ninivitas y el de la reina de Saba, cómo reaccionaron ante la predicación de Jonás y la sabiduría de Salomón (Mt 12,41s).

Hoy se nos ofrece la parábola de los chavales aburridos e indolentes, los pasotas que no prestan atención ni a jolgorio ni a lamentos. Jesús la aplica inmediatamente a sus inmovilistas oyentes, que son todavía peores, pues intentan justificar su desidia e indiferencia con malos pretextos: descalifican al asceta por asceta y al divertido por divertido. Es la eterna tentación, la de desautorizar al profeta y sus llamadas, pues la rutina y el pasotismo son más cómodos: “Dejemos al Bautista con su excéntrico ascetismo y a Jesús con sus comidas en malas compañías; nosotros a lo nuestro, a lo de siempre”. Es la actitud de los endurecidos y obcecados que no quieren “complicarse la vida”; pero la están viviendo sin sentido, se la están arruinando.

Como preparación a esa lectura evangélica, el profeta Isaías nos habla de los dos caminos: el que lleva a la perdición y el que lleva a una vida lograda. Es una visión sabia de la vida, sapiencia, aunque nos la ofrezca un profeta; es una llamada a la sensatez. Aparentemente tal llamada llega tarde: “Si hubieras atendido a mis mandatos…”; pero al oyente se concede una nueva oportunidad: “te marco el camino a seguir”. Y en el salmo hemos confesado que queremos vivir esa sensatez: “no vayamos a la reunión de los cínicos, meditemos día y noche el proyecto del Señor”, para que nuestra vida no sea “paja que arrebata el viento”, sino que tenga consistencia.

El Adviento es una llamada a comenzar de nuevo, a tomar la propia vida en las manos y decidir qué deseamos hacer con ella. No dejemos pasar la ocasión, ni seamos fáciles en buscar pretextos para permanecer en la “modorra espiritual”. Que a nosotros se nos pueda aplicar el estribillo del salmo: “el que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida”.

Nuestro hermano
Severiano Blanco cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

miércoles, 9 de diciembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 11,11-15


Evangelio según San Mateo 11,11-15
Jesús dijo a la multitud:

"Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.

Desde la época de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos es combatido violentamente, y los violentos intentan arrebatarlo.

Porque todos los Profetas, lo mismo que la Ley, han profetizado hasta Juan.

Y si ustedes quieren creerme, él es aquel Elías que debe volver.

¡El que tenga oídos, que oiga!"


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos hermanos:

Una convicción muy extendida en el judaísmo de la época de Jesús era el regreso del profeta Elías en vísperas de la era mesiánica (cf. Mal 3,23). Cuando Jesús dijo que el degollado Bautista era Elías, en realidad estaba haciendo una confesión sobre sí mismo: lo admitan o no, él es el mesías, y no hay que esperar a otro (Lc 7,19). En otro momento de su ministerio, cuando le preguntan sobre el misterioso retorno de Elías, responde: “Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido” (Mc 9,13), en referencia, sin duda, a la muerte violenta sufrida recientemente por el Bautista. Dado el papel que Juan desempeñó, tanto para con Jesús y sus seguidores, como para los fieles de la comunidad de Mateo, sobra toda especulación sobre la vuelta de Elías: el papel que a él se le asignaba lo ha realizado el Bautista amplia e inconfundiblemente. Seguramente ni Jesús ni los primeros creyentes identificaron al Bautista con Elías a priori, sino a posteriori, a la luz de ese cumplimiento.

En los orígenes cristianos hubo una cierta concurrencia entre los partidarios de Juan el Bautista y los de Jesús; ¿quién de los dos sería el Mesías? Percibimos tal discusión en el prólogo del cuarto evangelio; al mencionar al Bautista, el autor afirma inmediatamente: “no era él la luz, sino el destinado a dar testimonio de la luz” (Jn 1,8). Al Bautista le cupo en suerte un cometido único, insuperable: ser el testigo inmediato de la mesianidad de Jesús y seguidamente ser su “pedagogo”; le señaló como “el Cordero de Dios” y le admitió en su comunidad; por un tiempo Jesús fue discípulo del Bautista; en su comunidad Jesús reflexionó, oró y afianzó su autoconciencia mesiánica, y del Bautista aprendió a guiar a un grupo hacia la esperanza última de Israel: Jesús fue discípulo antes de tener discípulos. La grandeza del Bautista, que tanto pondera Jesús, la tuvo igualmente presente la iglesia primitiva; el autor de los Hechos de los Apóstoles, al reproducir lo que debieron de ser los primeros discursos de Pedro y Pablo, en Cesarea y en Antioquía de Pisidia respectivamente, comienza con una referencia al ministerio de Juan el Bautista (cf. Hch 10,37; 13, 24).

Cundo los evangelistas transmiten estos recuerdos, están haciendo algunas advertencias a sus propias comunidades. Ante todo las invitan a no perderse en nuevas búsquedas o especulaciones y a que, como Juan, sean pregoneras y precursoras de Jesús. No deben predicarse a sí mismas, sino al Jesús, como hizo el Bautista; también ellas deben menguar para que Él crezca. Y esas advertencias sirven igualmente a muchos creyentes de nuestro tiempo, que tan fácilmente se entregan a la búsqueda de falsos mesías o salvadores y llegan a la locura de llamar “dios” a un deportista toxicómano y “catedral” a un estadio de balompié. La Iglesia será grande en la medida en que se haga pequeña como el dedo de Juan el Bautista, fiel indicadora de Jesús presente, y también en la medida en que se aplique el conocido cántico “no adoréis a nadie, a nadie más que Él; no busquéis a nadie, a nadie más que a él”. Seamos creyentes centrados, y no dispersos; esto será fuente de salud psíquica y espiritual.

Nuestro hermano

Severiano Blanco cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 11,28-30

 

Evangelio según San Mateo 11,28-30
Jesús tomó la palabra y dijo:

"Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.

Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.

Porque mi yugo es suave y mi carga liviana."


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos hermanos:

Algunos hablan de que la pandemia del Covid-19 tendrá una tercera (o cuarta) oleada y que será distinta de las dos (o tres) anteriores: será la de las secuelas psicológicas. En ese sentido, hace tiempo se venía observando, al menos en España, que la segunda oleada, aun con menos hospitalizaciones y letalidad, estaba siendo anímicamente más dura que la primera, por tardar en percibirse “el pico” y la salida del túnel. Quizá en las tres últimas semanas ese estado de ánimo haya mejorado algo; pero nos seguimos sintiendo realmente “cansados y agobiados”.

Seguramente la intención de las palabras de Jesús que hemos leído no era dar respuesta a un problema de esta naturaleza. Su mirada solía ser más profunda y global. En el Israel de la época, los transgresores habituales de la Ley (muchos porque no podían conocer tanta complicación), los pecadores señalados con el dedo, los publicanos, los leprosos… vivían la angustia de sentirse rechazados por Dios, de no ver un horizonte a su existencia en aquella sociedad totalmente definida por el factor religioso; esto se sumaba a la frecuente precariedad económica, enfermedades, muertes prematuras, etc. Eran realmente seres “arrojados a la existencia”, que diría el filósofo Heidegger veinte siglos después.

Como vemos en las quejas de Job, a Dios se le hacía responsable inmediato e injusto del mal físico, quizá castigo por la transgresión de una ley tiránica impuesta por Él. Estaban muy lejos de la “autonomía de las realidades terrenas”, que defenderá el pensamiento del siglo XX, incluido el Concilio Vaticano II.

En cualquier caso, en contraposición con ello, Jesús sale al encuentro del hombre sufriente, desea aliviar a cansados y agobiados física y anímicamente. Les dirige palabras de felicitación (¡Bienaventurados!), porque el Espíritu le ha ungido para curar corazones desgarrados. Los pobres y afligidos son felicitados porque Dios ha decidido que dejen de serlo. Y la condición para ello es sencilla: acoger la palabra de Jesús y tomar su ligero yugo. Ese yugo se reduce al reconocimiento pacífico de la propia finitud y menesterosidad y a renunciar a toda pretensión de autosalvarse, conscientes de que hay Otro que lo hará. 1Pe 5,7 lo resume en “descargad en él todo vuestro agobio, que él se interesa por vosotros”. Jesús habla del Dios que perdona a Leví e introduce la salvación en casa de Zaqueo; ambos, publicanos, son excelentes receptores del don de Dios, por ser los más conscientes del propia pecado: la palabra y acción de Jesús origina descanso en sus almas.

Anda muy acertada la liturgia de hoy en la combinación de lecturas. Isaías corrige a los desesperados, a quienes se sumen en un lamento ofensivo “al Señor no le importa mi destino”. A Jesús, que se desvive por aliviar toda dolencia y que no quería ser sino la visualización del sentir del Padre, habría resultado casi blasfema tal expresión. Él anunciaba al Dios vivo que quiere que el hombre viva.

Jesús y los autores del NT no eran una caterva de bobalicones ilusos; ellos conocían los trabajos cotidianos, la escasez, la aflicción, la muerte. Pero sabían que Dios tiene una respuesta superior a la que el hombre pueda idear para las propias desgracias; y no le imponían la propia opinión o proyecto, pues el suyo es siempre superior, inabarcable.

Nuestro hermano

Severiano Blanco cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA