lunes, 7 de septiembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 6,6-11


Evangelio según San Lucas 6,6-11
Otro sábado, entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada.
Los escribas y los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si curaba en sábado, porque querían encontrar algo de qué acusarlo.
Pero Jesús, conociendo sus intenciones, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: "Levántate y quédate de pie delante de todos". El se levantó y permaneció de pie.
Luego les dijo: "Yo les pregunto: ¿Está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?".
Y dirigiendo una mirada a todos, dijo al hombre: "Extiende tu mano". El la extendió y su mano quedó curada.
Pero ellos se enfurecieron, y deliberaban entre sí para ver qué podían hacer contra Jesús.


RESONAR DE LA PALABRA

No enfrentéis el culto a Dios y el amor al hombre

“¿Hacer el bien o hacer el mal?”, “¿Salvar o dejar morir?”. Tan elemental es la pregunta que parece demagógica. Pero es una pregunta de Jesús. Una vez más, la pelea entre el imperativo de la ley y la necesidad de hacer el bien a la persona que sufre. La escena se produce en la sinagoga, en el centro del culto, en un día que es sábado. La parálisis de un hombre en su brazo derecho tiene la culpa. ¿Curarlo o no curarlo? Las dos partes lo tienen claro: La ley es terminante, dicen los fariseos. El hombre es lo primero, proclama Jesús.

Aunque cuesta creerlo, los enemigos de Jesús se cierran a reconocer la evidencia. “Se pusieron furiosos”, describe el Evangelio. Hay gente que enfrenta la ley y el amor. Diríase que, por no se sabe qué ocultos mecanismos interiores, desaparecen del alma humana los más elementales sentimientos. En el corazón del hombre se secan la compasión, la ternura, la misericordia, todo.

Todo había ido degenerando. El sábado vino de la mano de Dios, tras la creación de las cosas que le habían salido tan buenas. Era día de descanso, día de la alegría del pueblo después de la liberación de Egipto, día de la Alianza. Pero se fue tornando en algo insoportable y ridículo. Tan exagerado que llegó a nimiedades como no poder arar la tierra o recoger leña. Bien sentenció el Maestro: El hombre es Señor del sábado.

También en nuestros días, quién lo diría, las pequeñas batallitas nos impiden, a veces, abrirnos a proyectos más incitantes. Colocar la lupa en ciertos puntos pequeños y discutibles se convierte en lastre pesado que nos obstaculiza realizar o, por lo menos, ver acciones encomiables. Podemos dar una imagen de una religión seca, formalista, dura, de espaldas a la vida y al dolor de los hombres. El más clásico Tomás de Aquino pedía que la ley (y la norma) fuera “ordenación de la razón para el bien de todos”; pues, como quería Jesús en la sinagoga, que las normas no hagan sufrir inútilmente a los hijos de Dios.

Volvamos a los orígenes. Al sábado en que el Señor descansó. Y a nuestro domingo, Pascua y Resurrección. Aquí no se enfrentan el sábado y la curación, la ley y el amor, el culto a Dios y el amor al hombre. Pero si son la misma cosa: “Lo que hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos conmigo lo hicisteis”.

Ciudad Redonda

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

domingo, 6 de septiembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 18,15-20


Evangelio según San Mateo 18,15-20
Jesús dijo a sus discipulos:
Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.
Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.
Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.
Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.


RESONAR DE LA PALABRA

Tu «hermano»

Si tu hermano... has salvado a tu hermano. Al leer estas palabras del Evangelio, me ha venido a la cabeza la parábola del hijo pródigo, cuando el hijo/hermano mayor, hablando con su padre, se refiere al pequeño como «ese hijo tuyo». Como cuando el hijo de cualquier familia ha hecho algo indebido, y uno de los padres se dirige al otro diciendo: «tu hijo...», como si fuera sólo «hijo del otro» y no propio. Cuando alguien comienza una frase así «ese hijo tuyo».... ya se sabe que lo que sigue no son alabanzas ni parabienes. Por eso, lo primero que responde el padre de aquella parábola al reproche de ese hijo mayor obediente, intachable y.... ¡también bastante desagradable! es: «tu hermano...». 

Nos gusta mucho estar en casa como «hijos únicos», sentirnos dueños de la casa, y con derechos adquiridos sobre el padre y su herencia... y el «hermano» que vuelve me estorba, y no pocas veces el que está en casa, que no se ha ido, también. Esto que podría llamarse el «síndrome del hijo único», el que no quiere reconocer en el otro a un hermano, y tiene una buena lista de razones para distanciarse de él... es tan viejo como Caín. Ya recordáis que Yahweh le preguntaba por su hermano, y aquél le respondía: "¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?"

Esta palabra «hermano» me da mucho que pensar. Con frecuencia los predicadores se dirigen a los fieles con estas palabras: «Queridos hermanos» (incluso «queridísimos»). A mí sinceramente no me sale. Y no porque no quiera a las personas, y a bastantes las sienta como hermanas, pero es que decir en general «queridos» a personas que desconozco del todo, y «hermanos» a personas con las que ni siquiera me he saludado alguna vez... me parece un poco vacío, o desgastar de contenido palabras muy valiosas. Aunque quizá podría servirme para recordar que tengo/tenemos/hay... en nuestra Iglesia y en nuestras iglesias.... una tarea pendiente: vivirnos como hermanos, que el otro me importe y me implique como un auténtico hermano. 

Nuestra cultura individualista e insolidaria (y cada vez lo es más), así como el peso de cultural de los últimos siglos... nos empujan a vivir la fe como un asunto privado, individualista, por muchos padres «nuestros» que recemos. La Reforma Litúrgica del Concilio Vaticano II quiso remar contracorriente de esta mentalidad. Por ejemplo quitó de en medio esa poco afortunada oración «Señor mío Jesucristo», donde el dolor de los pecados viene de que «podéis castigarme con las penas del infierno», y la sustituyó por otra en la que confesamos «ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos que he pecado mucho», por eso ruego a Santa María, los ángeles, los santos, y a VOSOTROS HERMANOS, que intercedáis por mí». Importante afirmación, en línea con las lecturas de hoy: La conversión personal necesita de la intercesión, mediación, ayuda, de los hermanos (¡y de todos los santos del cielo!): yo solo poco puedo conseguir.

Insisto: mi conversión, mi lucha con el pecado, el perdón que Dios me ofrece por mi arrepentimiento depende en parte de «vosotros hermanos», de que recéis por mí, de que me ayudéis. Como también pedimos en plural, comunitariamente: Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo... ten piedad de NOSOTROS. Por no olvidar el «perdónanos... como nosotros perdonamos»...

Sin embargo nos sigue ocurriendo lo de aquel fariseo de la parábola, que a pesar de que estaba nada menos que en el Santo Templo hablando con Dios, miraba de reojo al que estaba bastante más atrás, con evidente desprecio y sentimiento de superioridad, juzgándolo, y condenándolo (incluso con razones teológicas: ¡era un publicano!)... sin sentirse para nada afectado o implicado por su suerte, por su condición. No se le ocurre acercarse, interesarse, ofrecerle alguna palabra de ánimo o misericordia, ¡lo que sea! Aquel fariseo había privatizado a Dios y lo tenía ganado en exclusiva gracias a su comportamiento impecable. Al menos es lo que él se creía, porque dice Jesús que «ni fue escuchado en su oración».

Demasiadas veces eso que llamamos «comunidad» lo hemos convertido en una especie de autoservicio para cubrir mis necesidades personales, sin poner de nuestra parte lo que podamos para que sea una auténtica familia con relaciones cercanas, en donde nos interesemos por el otro. Desconocemos los nombres de los que viven la fe con nosotros, sentados cerca en la misma iglesia y en la misma misa, y con los que nos ponemos en la misma fila para ir a comulgar. Y no es nada raro que los fieles desconozcan el nombre de sus pastores: quién celebra esa misa a la que suelen venir, o quién les confiesa, o les lleva la comunión a casa, o... Nos sentamos en los bancos de la iglesia separados, a distancia (bueno, ahora es obligatorio por cuestiones sanitarias). Algunos evitan dar la paz (ya antes de que hubiera coronavirus) al de al lado, y más si tienen que desplazarse un poco para hacer ese gesto de reconciliación fraterna.

También algunos, bastantes, ¡no todos! (no es justo generalizar ni exagerar) rezan «para dentro», casi ni se les oye, sin darse cuenta que la oración litúrgica es de una asamblea que ora «a una sola voz», unánimes. 

Debiera ser lo más natural estar al tanto de las necesidades (de Cáritas, pastorales, etc), los proyectos, las actividades programadas, las cuentas de su «comunidad cristiana». Aportar, sugerir, revisar, proponer... incluso exigir cuando esas cosas faltan. Pero también felicitar, agradecer... algunos sólo se hacen notar cuando algo les desagrada. ¿Cómo debiera ser una comunidad de hermanos, tal como la soñó Jesús, tal como eran las primeras comunidades cristianas?

Pues encuentro chispazos de luz para responder a esa peregunta... cuando algún «hermano» (aquí sí me sale la palabra) se te acerca y te dice: «reza por mí que lo estoy pasando mal; tenme presente en la Eucaristía para que el Señor me ayude a tomar una decisión».

Qué bien me siento cuando alguien se ofrece: si algún sin-papeles necesita ayuda, yo quizá podría echarle una mano...

Qué bien me hace cuando alguna persona (un «hermano») te dice: si hay por la zona alguna persona mayor muy sola que necesite alguna ayuda o compañía (gratis, claro), yo estoy disponible.

Recuerdo a cierto«hermano» que me decía: si hay alguna persona auténticamente necesitada de comida, me la envía a mi Supermercado, y le lleno el carro con productos que en pocos días acabarán en la basura, pero que aún están bien.

Padre, si quiere mandarme algún necesitado al bar... un bocata y un café no le van a faltar. Hágalo con toda confianza...

Me ofrezco a pagar los libros del colegio de alguna familia con dificultades económicas...

Cuando esto no es así, cuando estos casos son más bien excepciones, lo de la «corrección fraterna» se vuelve misión imposible. Porque la corrección ha de ser «fraterna». El mensaje de Jesús y del Profeta Ezequiel subrayan con claridad que si mi «hermano» anda perdido, me tiene que preocupar, me tiene que doler, me tengo que sentir urgido a «ganármelo» (mejor traducido que «salvarlo», según el texto litúrgico) como sea.

No me puedo reunir "en el nombre del Señor", sin hacer mía su inquietud por la oveja que se perdió, por el hijo que no está en casa... No podemos celebrar auténticamente la Eucaristía, sacramento de la fraternidad/unidad, si no hay experiencia de fraternidad, de "comunión", y la cosa queda reducida a «oír» o «asistir a misa». "Sabrán que sois mis discípulos por el amor que os tenéis unos a otros". No por abarrotar un templo, o seguir escrupulosamente los ritos litúrgicos, o...

Considero que una de las tareas más urgentes de nuestra Iglesia (diócesis, parroquias, etc) es buscar medios y gastar todas las energías necesarias para que seamos comunidades de hermanos, que digan algo significativo a esta generación tan sedienta y necesitada de ternura, cercanía y comunicación profunda. "MIrad cómo se aman, se ayudan, comparten, se apoyan, se acompañan, disciernen juntos... Luego ya vendrá el plantearnos como hacer una corrección «fraterna».

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

sábado, 5 de septiembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 6,1-5


Evangelio según San Lucas 6,1-5
Un sábado, en que Jesús atravesaba unos sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas entre las manos, las comían.
Algunos fariseos les dijeron: "¿Por qué ustedes hacen lo que no está permitido en sábado?".
Jesús les respondió: "¿Ni siquiera han leído lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre,
cómo entró en la Casa de Dios y, tomando los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes, comió él y dio de comer a sus compañeros?".
Después les dijo: "El hijo del hombre es dueño del sábado".


RESONAR DE LA PALABRA

¿Alguno de ustedes se ha leído el “Catecismo de la Iglesia Católica”? ¿Entero? Me cuesta un poco creerlo. Son muchas páginas. En principio, no está mal el esfuerzo de hacer una síntesis de todo lo que es nuestra fe y nuestra moral. Pero al final, el deseo de ponerlo todo y de decirlo todo termina creando un libro de más de 1.000 páginas. Son muchas. Demasiadas, quizá. No puedo llegar a pensar que para ser buen cristiano haga falta leer, estudiar y asimilar todo lo que se dice ahí. 

Es más. Ni siquiera sé si es fácil cumplirlo todo y al mismo tiempo. Tiene que haber un criterio que ordene todo lo que se dice en ese libro. Sobre todo, para no llegar a pensar que lo de ser cristiano es cumplir con un código de normas. 

El Evangelio de hoy nos retrata la actitud de Jesús ante las normas religiosas. A Jesús le tocó vivir en un mundo que se había preocupado también por codificar su fe religiosa, por detallar las normas en que se concretaba ser fiel al Dios de Israel. Y llegaron a detalles muy concretos. Jesús, como buen israelita, conocía esas normas. Pero se las saltó siempre que quiso. No tuvo el más mínimo inconveniente. Es más, posiblemente esa fue la razón última de su muerte ajusticiado en la cruz. Lean los primeros capítulos de los evangelios sinópticos y verán confirmado lo que digo. 

En el relato de hoy, los fariseos –los especialistas en normas de la época– ven cómo los discípulos comen espigas que cogen directamente del campo. Problema: era sábado. Y el sábado no se podía cosechar. Y técnicamente lo que hacían los discípulos era cosechar. Era pecado por tanto. Jesús les responde sencillamente que el Hijo del Hombre es señor del Sábado. Se pone por encima de la norma. Y nos da la clave para ésta y para todas las normas –también para las de nuestro “Catecismo”–: el bien de las personas es lo que da sentido a las normas, a cualquier norma. Nunca, nunca, hay que poner a las personas al servicio de la norma. Ahí es donde estamos –debemos estar– hoy los discípulos de Jesús: comprometidos en el bien de nuestros hermanos y hermanas. Como dijo Pablo VI, al servicio de toda la persona y de todas las personas. Todo lo demás está al servicio de esto. Todo.

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

viernes, 4 de septiembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 5,33-39


Evangelio según San Lucas 5,33-39
En aquel tiempo, los escribas y los fariseos dijeron a Jesús: "Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y hacen oración, lo mismo que los discípulos de los fariseos; en cambio, los tuyos comen y beben".
Jesús les contestó: "¿Ustedes pretenden hacer ayunar a los amigos del esposo mientras él está con ellos?
Llegará el momento en que el esposo les será quitado; entonces tendrán que ayunar".
Les hizo además esta comparación: "Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo para remendar uno viejo, porque se romperá el nuevo, y el pedazo sacado a este no quedará bien en el vestido viejo.
Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque hará reventar los odres; entonces el vino se derramará y los odres ya no servirán más.
¡A vino nuevo, odres nuevos!
Nadie, después de haber gustado el vino viejo, quiere vino nuevo, porque dice: El añejo es mejor".

RESONAR DE LA PALABRA

Que no se puede meter el vino nuevo en odres viejos. Porque se rompen o se estropea el vino. Y lo de Jesús es un vino nuevo. En otras palabras, el Evangelio es algo nuevo y diferente sobre lo anterior. Más claro: que no tiene nada que ver con lo que habitualmente entendemos por “religión”. 

Me explico. El sentimiento religioso nos hace temer a Dios. A Dios y a sus normas y leyes. Mediante la religión nos ponemos a bien con Dios. La presencia de Dios está básicamente en el templo. Y ahí es donde los fieles acuden para adorar a Dios, para ponerse en contacto con él. En su presencia los sacrificios y la penitencia tienen sentido. Allí hacemos oraciones, sacrificios, cumplimos normas, le adoramos. Así nos ganamos su benevolencia. Y, a largo plazo, conseguimos la salvación. 

Lo de Jesús es diferente. Jesús nos habla de Dios como su Padre. Y nos enseña a tratarle como tal. Anuncia el Reino que no es algo que está en el futuro sino una forma diferente de relacionarnos con el Padre-Dios y entre nosotros. Jesús es el hijo de Dios pero su lugar ya no es el Templo, rodeado de incienso y velas. Está en nuestros caminos y en nuestras plazas. Se acerca a todos pero especialmente a los débiles y a los que sufren. Su mensaje es de perdón y reconciliación. Sana nuestras enfermedades y cura nuestras heridas. Nos invita a seguirle para construir, aquí y ahora, un mundo nuevo donde todos nosotros podamos vivir con la dignidad de los hijos de Dios. No se trata de hacer sacrificios ni largas horas de oración. No hay que hacer esas cosas para ganarse la benevolencia de Dios. ¡Su amor ya está con nosotros! Jesús nos lo dejó claro. Y también nos dejó claro que la relación con Dios no se hace directamente con él sino a través de los hermanos y hermanas, en el servicio humilde y desinteresado por su bienestar, por el Reino. 

Es un vino nuevo que rompe nuestros esquemas viejos. Y nuestros odres viejos también. Lo nuestro no es una religión más. Es otra cosa. Hay que ir al Evangelio y encontrarse en directo con Jesús. Conocerle y amar su mensaje. Y hacer como él: estar cerca de nuestros hermanos, preocuparnos por su bien. Eso es construir el Reino. Y ese es el ministerio que tenemos que administrar: el ministerio de la reconciliación, del amor y el perdón de Dios.

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

jueves, 3 de septiembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 5,1-11


Evangelio según San Lucas 5,1-11
En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret.
Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes.
Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca.
Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: "Navega mar adentro, y echen las redes".
Simón le respondió: "Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes".
Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse.
Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: "Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador".
El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido;
y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: "No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres".
Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.


RESONAR DE LA PALABRA

Vamos a fijarnos en la última frase del Evangelio de hoy. Posiblemente es la más importante: “Y dejándolo todo, lo siguieron.” Eso marca el final de un proceso. Y el final suele ser lo más importante. Por en medio habrá habido pasos adelante y pasos atrás, dudas, vacilaciones, momentos de luz y claridad... Pero lo importante es llegar. 

Dos historias para aclararlo. Recuerdo que cuando estaban a punto de beatificar al fundador del Opus Dei, vi un programa de televisión en el que unos invitados debatían sobre la vida del santo. Uno de ellos comenzó a contar que en la vida del futuro beato había habido algunos momentos de oscuridad, no tan santos para entendernos. Fue un jesuita el que le respondió –y muy bien– que lo importante era el final, que en todo proceso hay momentos diversos y que, dadas las limitaciones que tenemos todas las personas, no es de extrañar que en la vida de monseñor Escrivá hubiese habido momentos de dificultad, de oscuridad, errores incluso. Lo importante había sido su capacidad para superar esos momentos, para seguir caminando, para mantener firme la mirada en la meta. 

La otra historia pertenece a mi propia experiencia cuando hace año hice el Camino de Santiago. Es un camino largo, 700 kilómetros. Un mes caminando todos los días. Hay momentos para todo. A veces duelen los pies y las piernas. A veces uno se siente cansado. Hay momentos en lo que uno se pregunta por qué se metió en semejante locura o qué se le ha perdido en Santiago. Pero también hay momentos de luz, de claridad, de buen humor, de diálogo con los otros caminantes con los que se comparte el Camino. Y, al final, cuando se llega, se sabe que todo lo que se ha pasado, alguna tendinitis y muchas ampollas incluidas, ha valido la pena. 

Pedro escuchó a Jesús, luego le siguió, luego dudó, luego le volvió a seguir. Por el camino llegó a negar haber conocido a Jesús. Es que Pedro era una persona normal, como nosotros. Con sus debilidades y sus fortalezas. Lo importante es que se mantuvo en el empeño. Siguió tras Jesús. Y llegó a su meta. Si él pudo, nosotros también. No importa lo que haya habido por el camino. No importan los errores cometidos. Lo importante es seguir y llegar. Y, no lo dudemos, la gracias de Dios está con nosotros. Como lo estuvo con Pedro.

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

miércoles, 2 de septiembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 4,38-44


Evangelio según San Lucas 4,38-44
Al salir de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella.
Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y esta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos.
Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba.
De muchos salían demonios, gritando: "¡Tú eres el Hijo de Dios!". Pero él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.
Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos.
Pero él les dijo: "También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado".
Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea.


RESONAR DE LA PALABRA

Siempre me ha llamado la atención la actitud de la suegra de Pedro. Está en la cama con fiebres. Jesús la cura. Vale. Lo lógico habría sido montar una fiesta o descansar o irse a visitar a las amigas. Algo así. Pero lo que hace es otra cosa: se levanta y se pone a servirles, a Jesús y a los discípulos, que han llegado a su casa. La hospitalidad es lo primero. Y ella está para servir. 

La suegra de Pedro es todo un modelo de vida cristiana. De los que han venido para servir y no para ser servidos. Paremos por un momento a pensar cómo nos iría en la vida si todos nos colocásemos en esa posición: en la del que sirve. Podemos imaginar la vida de en familia, la vida en las empresas, en los partidos políticos, en los grupos de amigos. ¿A que sería diferente?

Cuando era seminarista, nuestro formador nos comentaba que la vida de comunidad era como un carro que llevábamos entre todos. Era posible que en algún momento uno de los miembros de la comunidad se subiese al carro por la razón que fuese (enfermedad, debilidad, cansancio...). No importaba los demás seguirían tirando y, aunque con un poco más de dificultad, el carro seguiría adelante. Para los que tiran la dificultad va en aumento según son más los que se suben al carro y son menos los que tiran. El momento imposible es cuando todos o la mayoría deciden subirse al carro. En ese momento ya no se avanza más. Incluso se retrocede en el caso de que el carro estuviese subiendo una cuesta. Más complicado todvía es si los que tiran no están unidos y cada uno tira para un lado. 

Conclusión: vivir juntos implica siempre una actitud de servicio. Y un cierto grado de consenso o unidad para tirar todos en la misma dirección. Si empezamos a hacer partidos y cada uno busca su propio interés el carro/comunidad no va para ninguna parte. Es lo que dice Pablo en la primera lectura, entre que unos eran de Pablo y otros de Apolo, el grupo de los corintios no iba para ningún lado. Que no se nos olvide que todos somos de Cristo, que todos estamos al servicio unos de otros y que los primeros de la comunidad son los más débiles. Con estos sencillos criterios, un poco de generosidad y algo de capacidad de sacrificio, seguro que nuestra comunidad termina siendo presencia del Reino para todos los que se acerquen a ella.

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

martes, 1 de septiembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 4,31-37


Evangelio según San Lucas 4,31-37
Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y enseñaba los sábados.
Y todos estaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad.
En la sinagoga había un hombre que estaba poseído por el espíritu de un demonio impuro; y comenzó a gritar con fuerza;
"¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios".
Pero Jesús lo increpó, diciendo: "Cállate y sal de este hombre". El demonio salió de él, arrojándolo al suelo en medio de todos, sin hacerle ningún daño.
El temor se apoderó de todos, y se decían unos a otros: "¿Qué tiene su palabra? ¡Manda con autoridad y poder a los espíritus impuros, y ellos salen!".
Y su fama se extendía por todas partes en aquella región.

RESONAR DE LA PALABRA

Si hay algo que se usa mal en nuestro mundo, es la autoridad. Por la sencilla razón de que los que la tienen la usan a veces, consciente o inconscientemente, más en su propio beneficio que en beneficio del interés común, de todos. Y, además, cuando dan explicaciones, si es que las dan, siempre revisten sus actos de buenas intenciones, de justificaciones. Son capaces de dar la vuelta a los hechos para justificarse y decir que ellos actúan bien y con buena intención. No vamos a poner ejemplos porque en el campo de las relaciones humanas esto pasa con demasiada frecuencia. Piensen en la empresa, la política, el sindicato, la familia y hasta los grupos de amigos. Seguro que pueden contar muchas historias sobre el tema. 

Aquella gente que veía a Jesús hacer aquellas cosas ya había visto a muchas personas con autoridad. Quizá lo que les sorprendió no fue ver a uno más que tuviese autoridad sino ver a uno que ponía de verdad su autoridad al servicio del bien de todos y en concreto al servicio de aquel pobre hombre dominado por un espíritu inmundo. Ahí estaba la razón de su sorpresa. ¡Jesús no usaba su autoridad para su propio beneficio y bienestar! Eso era lo nuevo. 

Es posible que nosotros no tengamos autoridad para expulsar demonios. Pero seguro que tenemos algún tipo de autoridad en nuestras vidas. Si eres padre o madre de familia porque tienes hijos o hijas. Si tienes una empresa porque tienes empleados. Si eres político de cualquier nivel porque la política es poder. Incluso es posible que dentro del grupo de amigos o amigas tengas poder y tus palabras sean escuchadas por los demás del grupo. 

Hoy el Evangelio nos invita a usar nuestra autoridad, la que sea y al nivel que sea, siempre al servicio del bien común y sobre todo de los más necesitados. De los enfermos, de los que sufren, de los que les ha tocado la peor parte, de los que no tienen ninguna autoridad. Eso es hacer Reino de Dios. Un ejemplo sencillo. En el grupo de amigos siempre está ése o ésa del que todos se ríen, del que todos hacen mofa y se burlan. Alguien tiene que parar una historia en la que se está abusando de una persona. Y quizá eres tú el que lo puedes hacer. Ahora pasa el ejemplo a otros ámbitos. 

Y, por cierto, mira muy bien cómo justificas tus acciones. No vaya a ser que ocultes tu propio interés y beneficio bajo capa de otras razones más “aceptables”.

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA