sábado, 22 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 23,1-12


Evangelio según San Mateo 23,1-12
Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos:
"Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés;
ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen.
Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.
Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos;
les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas,
ser saludados en las plazas y oírse llamar 'mi maestro' por la gente.
En cuanto a ustedes, no se hagan llamar 'maestro', porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos.
A nadie en el mundo llamen 'padre', porque no tienen sino uno, el Padre celestial.
No se dejen llamar tampoco 'doctores', porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías.
Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros,
porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado".


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos y amigas:

La historia de Israel que nos presenta el profeta Ezequiel es una historia de infidelidad, pero con un final feliz. Los últimos capítulos del libro (40-48) que son proyectos hacia el futuro, representan la renovación del templo de Jerusalén, hasta alcanzar el punto culminante en las palabras finales con las que cierra el libro: «La ciudad se llamará desde aquel día: ahí está el Señor».

Ezequiel presenta una visión. Él está en el atrio externo y ve llegar la gloria de Dios. Ese movimiento de la gloria divina se manifiesta con un estruendo potente de aguas caudalosas. La gloria del Señor que se había alejado del santuario, ahora retorna al interior del santuario. Transportado por el Espíritu al atrio interno el profeta ve una nube de luz que llena el templo, como aparece en Éxodo (Ex 40, 32-36) y en el momento de la consagración del templo por Salomón (1 Re 8,10). La voz que se escucha en el interior del tempo cierra la visión: Dios ha regresado a reinar en Israel, ha restablecido su trono en el templo, la restauración de Israel es definitiva, la presencia de Yahvé en medio de su pueblo será «para siempre».

El capítulo 23 de Mateo contiene una serie de reprimendas que Jesús dirige a los fariseos, marca el punto de la tensión acumulada en el capítulo 21. En el texto litúrgico de hoy Jesús no solo se dirige a ellos, sino también a la muchedumbre y a sus discípulos, les advierte del peligro al que siempre está expuesto el Evangelio: la dicotomía entre las palabras y la obras, entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se enseña y se vive.

A Jesús le duele la cerrazón del corazón y la actitud obcecada de los que se consideran los más fervorosos cumplidores de la ley. Por eso, les habla con tanta claridad y fuerza. Es un lenguaje duro. Les denuncia la hipocresía de su práctica religiosa, la interpretación aberrante de una enseñanza que es en si justa y buena, pero que se empobrece con un comportamiento orgulloso. Eso es lo que condena.

En los versículos del 8-12 Jesús pasa al «ustedes» interpelando directamente a sus discípulos, de ayer y también a nosotros hoy. Contraria a la lógica de los escribas y fariseos, en la comunidad de discípulos y misioneros de Jesús, la verdadera grandeza consiste en hacerse pequeño y la verdadera gloria es servir con humildad. La comunidad está construida sobre la base de la fraternidad y la comunión, los títulos y los honores son relativos, no es lo fundamental, solo Jesús es el «maestro» y el Padre es sólo uno, el que está en el cielo.

Fraternalmente,
Edgardo Guzmán, cmf.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

viernes, 21 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 22,34-40


Evangelio según San Mateo 22,34-40
Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él,
y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
"Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?".
Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.
Este es el más grande y el primer mandamiento.
El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas".


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos y amigas:

El texto en la primera lectura de hoy está compuesto por dos partes: una visión (vv. 1-10) y su explicación (vv. 11-14). El profeta es transportado a una región donde vivieron los israelitas exiliados. El espectáculo es desolador al máximo: una gran cantidad de huesos secos (vv. 2). A la pregunta aparentemente ingenua del Señor: ¿podrán revivir estos huesos? Ezequiel da una respuesta sabia y llena de fe: «Señor, tú lo sabes». Dios puede todo con su voluntad. El Señor le ordena de profetizar a los huesos.

Esos residuos de seres humanos deben ahora escuchar la Palabra de Dios y saber que es el Señor de la vida. Lo que el Señor ordena es algo concreto y lleno de vitalidad: «traer el Espíritu, poner los tendones, hacer crecer la carne, extender la piel, infundir su Espíritu». La palabra de Dios hace lo que dice, se convierte en realidad, como en la creación. Los huesos se ponen de inmediato el movimiento, haciendo un gran rumor, se recomponen, se revisten de músculos y de piel. Reprenden la vida, se alzan en pie y llegan a ser una gran multitud.

Luego viene la explicación, es el Señor que la da explícitamente: los huesos son los exiliados, privados de vida y de esperanza. El Señor les llama con ternura «mi pueblo», contra toda esperanza les asegura que cumplirá el prodigio de la restauración. A la imagen de los huesos secos que retornan a la vida se añade otra realidad que da énfasis y viene a reforzar la potencia del Dios de la vida: «abriré sus sepulcros» y «les haré salir de sus sepulcros». Aunque la situación no parece tener salida, ante los escenarios más desesperantes de muerte, el Señor puede hacer que nazca la vida. Al final, Dios mismo responde la pregunta que le ha hecho al profeta «¿podrán revivir estos huesos?». Sí, «lo he dicho y lo hago». Que bien nos hace escuchar esta lectura en este tiempo de crisis de pandemia mundial, de tantas situaciones en las que parece que vence la muerte. Confiamos en la Palabra del Dios de la vida, Él puede hacer que reviva nuestro mundo.

En el Evangelio vemos que Jesús no cae en la trampa de jerarquizar los mandamientos. Él reclama sobre todo la esencia de la ley, orienta la atención sobre el principio que debe inspirar la disposición interior en la observancia. De esta forma, da una respuesta clara y precisa: la fuente y sentido pleno de la ley es el amor en un doble movimiento: hacia Dios y el prójimo (vv. 37-55). Al hablar del amor a Dios, Jesús retoma Dt 6, 5 donde se subraya la totalidad, la intensidad, la autenticidad: «con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser». La novedad de Jesús es que, coloca al mismo nivel el amor al prójimo. Quien experimenta que ama a Dios con todo su ser y es consciente de ser amado por Él, es capaz de amarse a sí mismo y a los demás, comenzando por los que tiene que más cerca. Aquí está la síntesis de la Ley y los profetas, el mensaje fundamental de la revelación, la voluntad de Dios para todos sus hijos e hijas.

Fraternalmente,
Edgardo Guzmán, cmf.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

jueves, 20 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 22,1-14


Evangelio según San Mateo 22,1-14
Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.
Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.
De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: 'Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas'.
Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio;
y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.
Luego dijo a sus servidores: 'El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él.
Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren'.
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta.
'Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?'. El otro permaneció en silencio.
Entonces el rey dijo a los guardias: 'Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes'.
Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos y amigas:

En la oración del Padre Nuestro, Jesús nos enseña a dirigirnos al Padre invocando: «sea santificado tu nombre» (Mt 6,9). Aquí es el Señor mismo que dice: «mostraré la santidad de mi nombre grande». En los versículos precedentes (16-20) Él mismo cuenta cómo su nombre ha sido deshonrado en medio de los pueblos extranjeros por culpa de Israel. Ahora Él está por realizar un cambio radical de la situación, liberará a Israel del yugo enemigo, por amor a su pueblo y también por amor a su nombre, para manifestar su poder y su fidelidad delante de todos los pueblos.

El Señor comunica la forma de cómo realizará su proyecto. Él hará regresar a su pueblo del exilio; será como un nuevo éxodo, una nueva liberación. Purificará radicalmente a su pueblo, erradicando todo aquello que es impuro en ellos. Pero sobre todo transformará a las personas «desde dentro» haciéndolas una nueva creatura.

Esta transformación íntima viene representada con la imagen del «corazón nuevo», una imagen presente también en Jr 31, 31-34. El corazón es el centro del pensamiento, de la voluntad, de los sentimientos, de la vida moral, de las decisiones radicales: el corazón es el más profundo. En lugar de este «corazón de piedra» (duro, insensible, pesado), Dios dará a cada uno un «corazón de carne»; un corazón que es capaz de amar y de ser amado, dócil, acogedor, vivo, sintonizado con su corazón. Como en la creación del primer ser humano, de la misma forma ahora, el Espíritu dará una nueva vida y sostendrá siempre vivo la relación entre Dios y la humanidad. Sólo animado por el Espíritu, el pueblo de Israel podrá vivir las exigencias de la alianza. De la misma forma también nosotros sólo a través del Espíritu podremos dar testimonio y hacer creíble la Buena Noticia de Jesús en nuestro mundo.

En el Evangelio Jesús nos presenta el Reino de Dios como una fiesta gozosa, similar a un banquete de bodas, que en la tradición bíblica es la expresión más alta de la fiesta. En la parábola lo sorprendente es que el banquete es preparado por el rey para la fiesta de boda de su hijo. Todo, hace prever una celebración gozosa. Pero hay unos elementos sorpresas -imprevistos-: los invitados se niegan a participar. En la perspectiva teológica de Mateo, no es difícil percibir en esta historia, la historia de Israel desde sus inicios hasta la llegada del Mesías. El banquete «ya preparado» no viene cancelado por el rechazo constante de los primeros invitados, se abre a otros, a todos. Los nuevos comensales constituyen el nuevo Israel -la Iglesia, comunidad de seguidores de Jesús- siempre necesitada de conversión, siempre llamada a conservar su belleza para banquete del Reino.

Fraternalmente,
Edgardo Guzmán, cmf.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

miércoles, 19 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 20,1-16a.


Evangelio según San Mateo 20,1-16a.
porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña.
Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña.
Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza,
les dijo: 'Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo'.
Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: '¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?'.
Ellos les respondieron: 'Nadie nos ha contratado'. Entonces les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña'.
Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: 'Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros'.
Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario.
Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario.
Y al recibirlo, protestaban contra el propietario,
diciendo: 'Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada'.
El propietario respondió a uno de ellos: 'Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?
Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti.
¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?'.
Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos y amigas:

Después de la caída de Jerusalén, el profeta Ezequiel asume la tarea de reencender la esperanza del pueblo, exhortándolo a la confianza y una fidelidad plena en Dios. El texto que leemos hoy está puesto en esta nueva perspectiva. El oráculo encuentra su punto culminante en la última frase: «Yo mismo en persona buscaré mis ovejas, siguiendo su rastro» (v. 11). ¡Este es el mensaje de esperanza!

Con la imagen de los pastores y las ovejas se describe la experiencia que ha vivido el pueblo de Israel con sus gobernantes (rey, sacerdotes, ancianos) que no han sido fieles a la misión que se les ha confiado. Su culpa principal ha sido el egoísmo, el abuso de poder, aprovecharse del pueblo y la búsqueda de sus propios intereses. El oráculo repite continuamente: se apacientan a sí mismos, en lugar de ofrecer su servicio al rebaño: defender las ovejas de las fieras, llevarlas a buenos pastos, buscar la que se pierde y cuidar las más débiles (vv.35). La tragedia de Israel se debe en gran parte a estos malos pastores. El profeta anuncia que el Señor pedirá cuentas de los daños que han causado y les quitará el poder sobre el pueblo.

Esta experiencia del Pueblo de Israel se sigue dando en nuestros tiempos. La historia se repite. Gran parte de nuestros países están gobernados por políticos que explotan, roban, se aprovechan al máximo del poder que tienen para sus propios intereses. Es escandalosa la corrupción en algunos de nuestros gobiernos también en esta situación de emergencia por el COVID. El grito de muchos pueblos es: ¿Dónde está el dinero? Que debió haber destinado para hospitales, medicinas, alimentos, seguridad para la población. En medio de esta situación el profeta Ezequiel nos anima porque nos sigue dando una buena noticia: El Señor prometió que Él mismo cuidará de su pueblo. Esa es la esperanza que sostiene a tantas personas: ¡Solo Dios con nosotros! Esta imagen de «Yahvé pastor» es familiar en la tradición de Israel. Esta imagen viene enriquecida en el Nuevo testamento cuando Jesús se la aplica a sí mismo: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11).

El Evangelio de hoy está en continuidad con el de los días anteriores. La parábola de los trabajadores de la viña, concluye con la afirmación: «Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos»; esta frase se conecta con las últimas palabras del Evangelio de ayer: «muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros» (19,30). Al joven rico Jesús le había hecho notar que: «Uno solo es el bueno», ahora en 20,15, las palabras finales del patrón frente al trabajador de la primera hora suenan así: «¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».

Esta parábola contada con vivacidad constituye un apelo no sólo al pueblo de Israel, llamado “primero” para que gozará de la libertad sorprendente del Señor, que mira primero a los últimos -paganos, publicanos, pecadores-; sino también a los creyentes cristianos. Para que estén siempre atentos y convertirse a los criterios de Dios, liberándose del orgullo del corazón, de las comparaciones egoístas y competitivas. Nuestra manera de pensar y de actuar se deben transformar; Dios hace entrar en su Reino primero al pobre y no al rico, da la precedencia a los últimos y no a los primeros, da gratuitamente sus dones no sobre la base de los méritos adquiridos con anterioridad.

Si al joven rico que siempre ha observado la ley, Jesús le pide un salto de calidad, lo mismo nos pide a todos sus seguidores, deshacernos de nuestros propios juicios fundados en cálculos exactos, para gozar de la bondad de Dios y de la sobreabundancia de su gracia. Dios entra en diálogo con el ser humano en largos espacios de amor, no en los angostos límites de los derechos y la contabilidad. «El amor no contradice la justicia, solo alarga sus límites». El Dios en quien creemos es un Dios de un gran corazón que solo puede ser acogido con un corazón grande.

Fraternalmente,
Edgardo Guzmán, cmf.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

martes, 18 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 19,23-30


Evangelio según San Mateo 19,23-30
Jesús dijo entonces a sus discípulos: "Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos.
Sí, les repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos".
Los discípulos quedaron muy sorprendidos al oír esto y dijeron: "Entonces, ¿quién podrá salvarse?".
Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: "Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible".
Pedro, tomando la palabra, dijo: "Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?".
Jesús les respondió: "Les aseguro que en la regeneración del mundo, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, que me han seguido, también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.
Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna.
Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos y amigas:

En los capítulos 25–32, la segunda parte del Libro de Ezequiel, encontramos una colección de oráculos contra los pueblos vecinos de Israel que adoran otros dioses. Esos pueblos mostraban sentimientos de orgullo frente a Dios y representaban una constante tentación para el pueblo israelita que lo alejaba de Yahvé, su Dios. La lectura litúrgica de hoy contiene los oráculos dirigidos al príncipe de Tiro y a todo su reino, que constituía una gran potencia marina. El juicio es pronunciado con severidad e ironía. Lo que se denuncia es el orgullo desmesurado hasta el punto de usurpar el puesto de Dios.

El príncipe de Tiro pretende ser una divinidad, pretende dominar no solo las islas, sino incluso el basto mar. Él se exalta sobre todo de su inteligencia, sabiduría y versatilidad en lo diplomático, se enorgullece de su capacidad para enriquecerse. Su autodivinización, a parte de ser una locura, es un grave atentado contra la gloria de Yahvé único Dios, creador y señor del universo. El orgullo, la exaltación, la autodivinización: es en el fondo el pecado que siempre a amenazado al ser humano desde el inicio. Como aparece en el libro del Génesis, el hombre y la mujer que no saben vivir como creaturas y quieren convertirse en Dios.

En el Evangelio vemos que después de que el joven rico se marcho triste, también Jesús en un tono de lamento comenta: «Les aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos». La imagen elocuente del camello contribuye a dar mayor énfasis a la afirmación. Es comprensible que los discípulos se sorprendieran y quedarán desconcertados. El evangelista coloca un hermoso detalle: «Jesús los quedó mirando», esa mirada de Jesús penetra el corazón de sus discípulos tomando su perplejidad. Han comprendido perfectamente. Seguirle en modo radical es difícil, más aún, imposible con solo las fuerzas humanas, pero no se trata de algo que se alcanza a punta de voluntarismo. El seguimiento de Jesús es una gracia, un don y una tarea. Deben recordar que el sujeto de la vocación recibida no son ellos mismos, sino Dios, para quien no hay «nada imposible».

A este punto, Pedro, con la sinceridad e impulsividad que lo caracteriza, descubre con sorpresa la diferencia entre la situación de ellos y la de aquel joven rico. Ellos han recibido ese don especial, han dejado todo para seguir a Jesús, entonces: «¿qué será de ellos?» (v. 27). El joven rico se fue triste, porque dijo que “no”, pero ¿qué pasa con los que dicen que “sí”? Jesús conociendo la pequeñez del corazón humano y que necesita seguridad y motivaciones, les asegura que la recompensa es grande bien sea en el tiempo, como en la eternidad. De hecho, «Dios es más grande que nuestro corazón» (1 Jn 3,20), no se deja ganar en generosidad, lo poco a lo que hemos renunciado por su amor, vendrá recompensado «cien veces más».

Fraternalmente,
Edgardo Guzmán, cmf.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

lunes, 17 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 19,16-22


Evangelio según San Mateo 19,16-22
Luego se le acercó un hombre y le preguntó: "Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?".
Jesús le dijo: "¿Cómo me preguntas acerca de lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos".
"¿Cuáles?", preguntó el hombre. Jesús le respondió: "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio,
honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo".
El joven dijo: "Todo esto lo he cumplido: ¿qué me queda por hacer?".
"Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme".
Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos y amigas:

En la primera lectura de hoy vemos cómo Ezequiel recibe la revelación y el mandato de anunciar un evento profético no solo con las palabras, sino con su propia experiencia de vida. Se trata de una experiencia dolorosa: la perdida de una persona muy querida para él, su esposa, «el encanto de sus ojos» (v.16), se le pide que no manifieste ningún signo de luto y dolor. Este extraño comportamiento suscita curiosidad en la gente (v.19). Es el punto que despierta la profecía. Lo que le ha sucedido a Ezequiel es un signo de lo que vivirán los israelitas en el exilio.

De hecho, será «la hora mas trágica de su historia», su ciudad amada caerá en manos de Babilonia, los hijos que se quedan en el país morirán. La catástrofe será tan fuerte y de forma tan improvisa que no tendrán tiempo para hacer luto, llevarán sus lamentos en silencio (vv.22s). En lugar de derramar las lágrimas de arrepentimiento y de manifestar exteriormente su dolor, será mejor entrar en lo más intimo del corazón para reconocer el mal que ha causado toda esta situación: haberse alejado de Dios, que los ama como un esposo ama a su esposa. Solo un arrepentimiento sincero podrá reanimar la esperanza y reubicarlos en el camino del Señor. Es instintivo reaccionar al dolor con llanto y lamentos, pero las lágrimas no son todo y por sí mismas no pueden cambiar nada. El creyente tiene el desafío de descubrir el poder humanizante y salvífico contenido en el misterio del dolor.

En el Evangelio de hoy encontramos la conocida escena del «joven rico». Es un joven que está en búsqueda, de lo que toda persona humana anhela: vida y felicidad. Este muchacho le pregunta a Jesús que debe hacer para obtener esa vida en plenitud, la vida eterna, quiere traducir en acciones su anhelo más profundo. Jesús se complace de la búsqueda honrada y sincera de este joven y lo guía gradualmente. Con la contra pregunta: «¿Por qué me preguntas qué es bueno?», y la afirmación: «uno solo es Bueno» (v. 17), Jesús le señala que en realidad la búsqueda de la vida eterna es la búsqueda de Alguien no de algo. Lo “bueno” no es un principio ético abstracto, es un rostro, el del Padre.

Solo después de esa premisa, Jesús le indica al joven el camino a seguir. Primero le recuerda el camino tradicional: el cumplimiento de los mandamientos como expresión de la voluntad de Dios. Pero el muchacho no se contenta con lo que le parece obvio, piensa que «todo eso lo he cumplido» (v.20). Busca algo más, algo que vaya más allá de lo que ya es conocido y practicado. Ahora Jesús le hace una propuesta novedosa: «si quieres ser perfecto» (v. 21), dándole unas sugerencias concretas: «vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y sígueme». A pesar de ser un joven bien intencionado no fue capaz de dar ese salto de calidad que le pedio Jesús, al final «se fue triste» (v. 22). La realización plena de nuestra vida no está en tener muchos bienes materiales o una seguridad económica, sino en tener nuestro corazón libre de apegos. ¿Cuáles son mis tesoros? ¿Dónde tengo puesto el corazón? ¡El Señor no se cansa de invitarnos a seguirle!

Fraternalmente,
Edgardo Guzmán, cmf.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

domingo, 16 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 15,21-28


Evangelio según San Mateo 15,21-28
Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón.
Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio".
Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos".
Jesús respondió: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel".
Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!".
Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros".
Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!".
Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada.


RESONAR DE LA PALABRA

EL CONTEXTO DE LA PRIMERA LECTURA
Comenzamos con la primera lectura.

El pueblo de Dios pasó un largo periodo de exilio en Babilonia. Cuando por fin consiguen regresar a su tierra, toca reconstruir el país. Pero no todos están de acuerdo en cómo hay que hacerlo. Unos cuantos, entre los que se encuentran las autoridades religiosas, optaban por centrarse en las instituciones: había que levantar un Templo grandioso, rehacer el ejército, exigir el cumplimiento de las leyes, tradiciones y costumbres y la pureza de la raza.

Otros, como Isaías, que hemos leído hoy, apostaban por una reconstrucción basada en valores pluralistas, universales y ecuménicos, donde lo fundamental no fueran tanto los ritos o las construcciones majestuosas... sino guardar el derecho y practicar la justicia y mantener la Alianza: "Observad el derecho, practicad la justicia... porque va a llegar mi salvación". O sea: ¡la salvación de Dios se identifica con la justicia!

Históricamente se impuso la primera opción, el nacionalismo extremo: se reconstruyó el Templo, se expulsó de la comunidad judía a los samaritanos por considerarlos herejes, y otras medidas excluyentes que algunos líderes y gran parte del pueblo aplaudieron en ese momento.

Esto suponía que sólo se consideraban "ciudadanos con derechos" a los que encajaban en el retrato de «judío» perfecto, tal como la habían diseñado sus dirigentes políticos y religiosos: Acceder al Templo con todas sus condiciones y reglas, y relacionarse con Dios (en cuyo nombre se tomaban todas estas decisiones) era ser ciudadanos de primera clase. Todos los demás, estaban dejados de la mano de Dios y no eran dignos de ser tenidos en cuenta ("perros"). Tanto que, cuando se hablaba del primer mandamiento de la Ley de Dios, se ponía en duda si había que considerar «prójimos» a todos esos que se quedaban «fuera» del judío «de raza» y perfecto cumplidor de la Ley.

 EL CONTEXTO ACTUAL

Llevar todo esto a nuestro contexto actual no es muy difícil. Tanto en perspectiva social, como eclesial.

La crisis económica en la que estamos inmersos, como consecuencia de la pandemia... nos ha dejado tan descolocados, asustados, polarizados, y afectados como aquel exilio que sufrió Israel. Y también es urgente reconstruir, regenerar, rehacer, revisar (y otras muchas palabras que empiezan por «re»)... Y hoy como entonces también hay diversas opciones y tendencias sobre el cómo salir adelante... Algunos dicen que hay que priorizar la economía, y para ello hay que«recortar» ayudas y sueldos, «reducir» pensiones y personal, privatizar... Y«repatriar», a los más débiles, y pobres, porque «no hay para todos»... Sin embargo, de sobresueldos, de incontables consejeros, de adjudicaciones a dedo, de corrupciones y negocios a cuenta de lo que está pasando, parece algo incuestioable, a la vez que bastante generalizado.

Otros dicen que es una ocasión estupenda para corregir tantas cosas que estaban «tapadas» o «felizmente ignoradas», hasta que el cornavirus las ha dejado al descubierto. Y habría que empezar por atender a los que lo pasan peor, evitar la explotación de tantos temporeros y trabajadores de nivel bajo, cambiar este estilo de vida consumista que está destruyendo la naturaleza y facilitando la difusión de virus y plagas, el ingreso mínimo vital, los parados de larga duración...

Yo no soy economista ni político, y no voy a entrar a hacer valoraciones discutibles. Pero sí considero importante invitar a los cristianos que tienen conocimientos y recursos a no dejarse enredar por las «desinformaciones» políticas y económicas... y a priorizar el «derecho y la justicia», como ha indicado Isaías, exigir responsabilidades, denunciar corrupciones, alejarse de los que pretenden salvarse ellos solos y lo suyo, aunque a tantos otros les vaya muy mal. Esto es lo humano y lo cristiano. No puede haber tantos que tienen que conformarse con las «migajas» que caen de nuestras mesas... cuando a menudo estamos aprovechándonos de sus recursos naturales, vendiéndoles armas, ofreciendo crçeditos con intereses desmedidos, pagándoles en negro y sin contratos, desmantelando lo social en beneficio de las privatizaciones...

En cuanto a la Iglesia.... también se ha visto envuelta en un montón de cambios vertiginosos en los últimos siglos, en tantos ámbitos: culturales, tecnológicos, científicos, políticos, éticos....ante los que a menudo no ha sabido reaccionar suficientemente, y que la han hecho perder prestigio y relevancia...

A mediados del siglo pasado, la Iglesia se convocó a sí misma para revisarse, abrir puertas y ventanas, y dialogar con el mundo, «ponerse al día», estar más cerca del hombre, de sus gozos, esperanzas y sufrimientos, a discernir los signos de los tiempos Varticano II)...

Pero una parte de esa Iglesia pensó (y piensa) que son los demás los que tienen que adaptarse, convertirse y volver, que no hay nada que cambiar, que sobran las voces discordantes que rompen con la "tradición" (con minúsculas, porque lo que no es esencial al Evangelio y a la fe -Tradición-, no tiene por qué mantenerse a toda costa). Para no perderse conviene cerrar filas y mantenerse firmes (cuando no «rígidos»)... sin adaptaciones ni reformas. 

CONSECUENCIAS Y RETOS

En distintos momentos de la historia de Israel (ya lo hemos comentado antes) y de la Iglesia, se ha optado por la opción de cerrar filas, cuidar la ortodoxia, subrayar los signos de identidad... El tiempo ha mostrado que todo esto no sirvió más que para alargar la crisis. Y al final tuvieron que llegar los cambios, las nuevas visiones, los nuevos caminos.

Lo que hoy parece urgente y necesario es dialogar en todos los ámbitos y escuchar todas las voces. Como nos ha enseñado esta pandemia: "o nos salvamos todos juntos, o no se salva nadie". Me parece que viene al caso la oración de Jesús en su Última Cena: “Padre, no te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del mal” (Jn. 17,15). Somos y debemos ser parte de este mundo, mojarnos y caminar con él, aportar humildemente lo que sepamos y podamos, tender puentes, unir fuerzas... La Iglesia nunca debe dejar de ser casa abierta, lugar de encuentro, espacio de acogida, servicio de comunión y diálogo, de atención a los descartados y sufrientes. Lo suyo (lo nuestro) son más las propuestas positivas, la justicia y el derecho, la multiculturalidad, que las descalificaciones y condenas (y menos aún las alianzas con el poder)... Una Iglesia «más humilde y evangélica», como tantas veces pide el Papa Francisco, para que algún día “todos los pueblos puedan llamarla y reconocerla como su propia casa”. Una Iglesia que no ofrezca «migajas», porque si hay un solo Padre de todos, «el pan de los hijos» ha de llegar a todos los hijos. Ni pretenda quitarse de encima (ni consentir que otros lo hagan) a los que «molestan» y gritan y sufren, como aquella mujer Siria, sino que reconozca y acoja y celebre la fe de los más sencillos, incluidos los paganos/inmigrantes (así tuvo que hacerlo el mismo Jesús, y de ese modo se ensanchó su horizonte misionero, más allá de "las ovejas de Israel"). ¡Los pobres tantas veces nos tiran abajo nuestras seguridades, esquemas y programas! No consta que aquella mujer guardara las tradiciones judías, o que fuera al Templo, o... Sólo un dolor de madre y la fe/confianza en que Jesús podía ayudarla. Y ayudar a identificar y echar lejos a tantos demonios que se nos cuelan dentro y nos destruyen a todos. Para ello habremos de contar con nuestra fe, nuestra misericordia, nuestra solidaridad, confiando e insistiendo al Señor para que nos salve: ¡Señor, ayúdame, ayúdanos!

La renovada conciencia de la dignidad de todo ser humano tiene serias implicaciones sociales, económicas y políticas, porque el creyente, al contemplar al prójimo como un hermano y no como un extraño, lo mira con compasión y empatía, no con desprecio o enemistad. Y contemplando el mundo a la luz de la fe, se esfuerza por desarrollar, con la ayuda de la gracia, su creatividad y su entusiasmo para resolver los dramas de la historia. (Papa Francisco, 5/08/’20)

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA