sábado, 15 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 1,39-56


Evangelio según San Lucas 1,39-56
María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.
Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo,
exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?
Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno.
Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor".
María dijo entonces: "Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque él miró con bondad la pequeñez de tu servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz".
Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen.
Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abraham y de su descendencia para siempre".
María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos:

Hay algunas preguntas que nos rodean a lo largo de la vida: ¿Hay algo más allá de las fronteras de la vida, de nuestra existencia mortal? ¿Qué podemos dejar de nosotros a los que quedan? ¿Después de todo lo vivido aquí en la tierra, que pasará? Muchas personas estaban convencidas de que el Papa Pío XII proclamó el dogma de la Asunción como una respuesta a los horrores de la Segunda Guerra Mundial, cuando muchos cuerpos fueron profanados.

La solemnidad de la Asunción fue celebrada en la Iglesia católica por muchos siglos sin una definición doctrinal formal. La doctrina de que María fue “asunta al cielo, en cuerpo y alma” es una proclamación oficial de la Iglesia del Papa Pío XII, con la Bula Munificentissimus Deus, en 1950.

Para muchas personas de nuestro tiempo este dogma de celebrar la asunción al cielo en cuerpo y alma de la Virgen María suena raro y hasta incomprensible. Podemos decir, más allá de la motivación del Papa Pío XII, que es una fiesta que dignifica el cuerpo y el alma, es decir, la persona en su integralidad, pues es un regalo dado por Dios que hay que cuidar.

Si existe algo que responde a los interrogantes más hondos de la vida es el amor. La Sagrada Escritura afirma que el amor es para siempre, que es semilla que da fruto al encontrar un corazón dispuesto a acogerle: un corazón no doblegado sobre uno mismo, sino disponible a dejar espacio a la presencia del Otro, al don que el Señor ofrece. Así fue la vida de María, que acogió, no sin temor, la palabra del Señor y su promesa de vida: “No temas, María, que gozas del favor de Dios. Mira, concebirás y darás a luz a un hijo, a quien llamarás Jesús” (Lc 1,30-31).

María es capaz de exultarse por las maravillas que el Señor hizo en su existencia. Ella es capaz de contemplar las gracias que el Señor sigue ofreciendo al mundo, haciendo “grandes cosas” por nosotros. Ella es capaz de reconocer que la misericordia del Señor se extiende “de generación en generación”, es decir, por siempre. La fiesta de hoy del “bienaventurado tránsito” de María es una señal de que aquellas preguntas fundamentales tienen una respuesta en lo que Dios hizo con la Madre de Jesús, haciéndola partícipe de la resurrección de la carne, al concederle la gloria celestial. Que el sí de María, es un sí a la vida hecha donación, entrega a los planes de Dios.

Si un día María dijo sí a Dios, y acogió en su vida la Palabra, sin reservas, hoy celebramos el sí de Dios a la entrega de María, acogiéndola, en cuerpo y alma, es decir, integralmente, en su gloria. Somos invitados a leer esta fiesta a la luz de la resurrección, que celebra la humanidad acogida en Dios, a través de su Hijo Jesucristo y, con él, la Bienaventurada Virgen María.

Nuestro hermano en la fe,
Eguione Nogueira, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

viernes, 14 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 19,3-12


Evangelio según San Mateo 19,3-12
Se acercaron a él algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le dijeron: "¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?".
El respondió: "¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer;
y que dijo: Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne?
De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido".
Le replicaron: "Entonces, ¿por qué Moisés prescribió entregar una declaración de divorcio cuando uno se separa?".
El les dijo: "Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era así.
Por lo tanto, yo les digo: El que se divorcia de su mujer, a no ser en caso de unión ilegal, y se casa con otra, comete adulterio".
Los discípulos le dijeron: "Si esta es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse".
Y él les respondió: "No todos entienden este lenguaje, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido.
En efecto, algunos no se casan, porque nacieron impotentes del seno de su madre; otros, porque fueron castrados por los hombres; y hay otros que decidieron no casarse a causa del Reino de los Cielos. ¡El que pueda entender, que entienda!".


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos:

Las lecturas de hoy tratan de la infidelidad humana. Tanto la primera lectura del profeta Ezequiel como la del Evangelio apuntan que la infidelidad genera descaminos y sufrimientos. La infidelidad a Dios, la infidelidad en el hogar, la infidelidad en la comunidad.

El profeta Ezequiel nos presenta la imagen de Jerusalén como la de una mujer desposada y amada que es infiel a su esposo, engañándole con su belleza y falsas promesas. Esto ha pasado con la ciudad de Jerusalén, que Dios tanto amó, amparándole en su debilidad, cercándole de cariño y protección. Pero ella, cuando se hizo bella y famosa se entregó a la deshonra. Pero Dios, por su amor, no le abandonó. En respuesta a su infidelidad, le prometió restaurar su dignidad como el esposo que ama verdaderamente a su esposa y perdona su infidelidad. Cuando no existe perdón en la vida de una pareja, el camino es inevitablemente el divorcio. El divorcio, en el fondo, revela la dureza del corazón, como nos muestra el Evangelio.

Quien no ama, no puede seguir viviendo con la otra persona, pues ya no tendrá el respeto y la fidelidad de la vida en pareja. Cuando esto ocurre, la relación se hace insoportable, un infierno. Y Dios no quiere que las personas hagan de su vida y de la vida de su prójimo un infierno. Por eso, permitió a Moisés la posibilidad del divorcio. Aunque no es voluntad de Dios la separación conyugal, en algunas ocasiones es mejor el divorcio que seguir una relación que humilla y maltrata, como vemos en los números de violencia de género con tantas mujeres víctimas.

Toda separación genera heridas. En algunas situaciones estas se llevan por toda la vida. Así como el Evangelio, la Iglesia siempre defenderá la indisolubilidad del matrimonio. Dios quiere que hombre y mujer sean una sola carne, que no se separen jamás, sino que vivan fundamentados en el amor y la alianza de vida. Es evidente que hoy, como ayer, el amor y la fidelidad son necesarios. Pero también es evidente que las personas fracasan en sus proyectos de vida. Y la Iglesia no puede dejar de atender a las situaciones especiales. Por eso, no podemos aceptar la interpretación de textos sagrados que justifique de un modo u otro la dominación de la mujer por parte del varón. ¡Es inaceptable!

La fidelidad absoluta propuesta por Jesús para el matrimonio y en el matrimonio no debe ser vista como ley, sino vivida como Evangelio, dentro del gran misterio de Dios hacia la humanidad. Celebrando la memoria de San Maximiliano María Kolbe, que vivió por la conversión de los pecadores y murió para salvar la vida de un padre de familia, pidamos su intercesión por todas las familias que están viviendo situaciones difíciles.

Nuestro hermano en la fe,
Eguione Nogueira, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

jueves, 13 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 18,21-35.19,1


Evangelio según San Mateo 18,21-35.19,1
Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?'.
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos".
Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos:

“No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Siempre. La única medida del perdón es perdonar sin medida. ¿Y por qué tengo que perdonar? ¿Por qué tengo que cancelar la deuda? La respuesta es muy sencilla: porque Dios también perdona. Es su modo de ser. De eso se trata ser imagen y semejanza, ser perfectos como el Padre celestial. El Evangelio es la buena noticia de que el amor de Dios no tiene medida. Es infinito. Esta es la radicalidad del Evangelio.

Jesús cuenta una parábola con dos deudores. El primero tenía una deuda hiperbólica con el rey, algo como el presupuesto de una ciudad: ¡una deuda impagable! El rey siente el dolor en la súplica del sirviente. Tiene un corazón misericordioso, pues se rige por la compasión, no por la ley y el derecho. Para este rey, la vida, la libertad y el sufrimiento pesan más que el oro y el derecho. Por eso, le perdona la deuda el criado.

El criado, “al salir”, ni siquiera una semana después, tampoco en el día siguiente o después de una hora, sino aún sumergido en la alegría de la deuda perdonada, encuentra un compañero suyo que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. Es verdad que era su derecho recibir la deuda. Es justo. Pero también es cruel. Esto puede pasar con nosotros: muy expertos en exigir nuestros derechos, pero no tanto en cumplir con nuestros deberes. La justicia que el Evangelio nos propone es distinta: es de reconciliación con el adversario, acogida al pequeño, búsqueda del que se extravió.

Diferente de la justicia humana, del derecho a recibir lo que le es debido, Jesús propone la lógica de Dios, la lógica del exceso: perdonar setenta veces siete, perdonar a los enemigos, poner la otra mejilla, donar sin medida… Cuando uno no quiere perdonar (el perdón no es un instinto, sino una decisión), cuando se responde a una ofensa con otra ofensa, el nivel de violencia y dolor se eleva. Esto no es compatible con el Evangelio.

Perdonar es deshacer el nudo, es dejarse ir, liberar las cuerdas que nos aprisionan en el espiral de la maldad, es mirar hacia al futuro, no al pasado. Así es Dios, nos perdona para liberarnos del pecado, de las fuerzas del mal que nos arrastran a la muerte. Por eso es capaz de hacer bromas con nuestros números y nuestra lógica: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

Nuestro hermano en la fe,
Eguione Nogueira, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

miércoles, 12 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 18,15-20


Evangelio según San Mateo 18,15-20
Jesús dijo a sus discipulos:
Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.
Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.
Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.
Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos:

Vivimos en una sociedad muy polarizada. La lógica del mundo —acusar, condenar, torturar, matar— puede penetrar venenosamente en la comunidad cristiana. La Iglesia necesita desvestirse de la toga de los tribunales y vestirse con el manto del respeto, de la atención, de la escucha, de la caridad y del perdón. Por eso, en el Evangelio de hoy predominan las actitudes del diálogo y del encuentro: “Si tu hermano cometió un error, repréndelo”. Da el primer paso, no te calles en un silencio hostil, busca el diálogo. Alguien puede hacer la siguiente objeción: ¿Y qué me autoriza a intervenir en la vida del otro? ¿La búsqueda de la verdad es suficiente? ¿Eso no me hace sentir superior al otro? ¿Qué criterios tengo para juzgar? La respuesta a todas estas preguntas se encuentra únicamente en esta palabra: “hermano”. Lo que nos permite y nos lleva a dialogar e ir al encuentro del que se equivocó es la fraternidad, no sentirnos poseedores de la verdad o jueces del bien y del mal, sino del deseo de construir la fraternidad.

El diálogo empieza con la menor comunidad: tú y yo, lejos de las instituciones, pero sí en la sinceridad de la vida, del corazón que desea el bien común: “si te hace caso, has ganado a tu hermano”. Es un verbo muy bonito: “ganar al hermano”. Todos ganan cuando la fraternidad se sobrepone a los intereses personales, cuando la corrección fraterna es un modo de vivir con los límites de las relaciones interpersonales.

El Evangelio va más allá: lo que conquistamos en fraternidad aquí en la tierra, llega al cielo: “todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos”. El poder de atar y desatar es para todos los creyentes: todos tenemos el poder de crear comunión o separación. Por eso, el poder de perdonar no es solo de Dios o del sacerdote en el sacramento de la confesión, sino de todos los que son capaces de responder con una presencia transformadora y reconciliadora a los conflictos humanos.

La capacidad de perdonar a los enemigos, acoger al prójimo en su necesidad, son cosas divinas, capaces de hacer de nuestra vida una presencia de transfiguración en la vida de los demás. Hacen falta cristianos capaces de transfigurar relaciones rotas por la discordia, la envidia, el egoísmo…

Es muy bonito pensar que todo lo que unimos —personas, afectos, esperanzas— no se perderá. Lo que atamos en esta vida tendrá comunión para siempre. Lo que desatamos también tendrá un eco en la eternidad. Por eso, es mejor que desatemos la sonrisa y la alegría atadas por las preocupaciones de la vida; que desatemos la propia vida de lo que le aprisiona en las situaciones de muerte, pues tendrá resonancia en la eternidad.

El Evangelio termina con una promesa divina: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Esta presencia no solamente se da en la oración, sino también en el amor de dos personas, en la complicidad festiva de los amigos, en aquellos que luchan por justicia, en la reconciliación… No importa donde se encuentren, sino que estén reunidos en el nombre de Dios. Así toda la vida puede tener un toque de la presencia divina. Llevemos esta certeza a lo largo de nuestra jornada: si estamos reunidos en el nombre del Señor, Él mismo se hace presencia amorosa en nuestras vidas.

Nuestro hermano en la fe,
Eguione Nogueira, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

martes, 11 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 18,1-5.10.12-14


Evangelio según San Mateo 18,1-5.10.12-14
En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: "¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?".
Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos
y dijo: "Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos.
Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos.
El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.
Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial."
¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió?
Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron.
De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños."


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos:

El capítulo 18 contiene el discurso comunitario o eclesial del Evangelio de Mateo y nos acompañará en estos días.

La pregunta “¿quién es el más importante…?” es inevitable cuando hablamos de la vida en común. Este tema es una preocupación de ayer y de hoy. En una cultura de la competitividad, muchas veces desleal, que muchas veces pisotea la dignidad de las personas, el Evangelio de hoy lanza una luz sobre los criterios que rigen nuestras relaciones comunitarias. Según el Evangelio, esta búsqueda de poder y dominio sobre los demás es un escándalo para la fe. Jesús nos indica otro camino, el de la humildad. Por eso, las palabras clave del capítulo son: niño, pequeño, hermano.

A la pregunta hecha por los discípulos sobre el más importante en el Reino de los cielos, Jesús responde con algunos ejemplos. Como los profetas antiguos, hace un gesto —poner un niño en el centro—, cuyo sentido les revela después. En el centro no está un adulto o una persona considerada importante, sino un niño frágil. El mayor es el que tiene un corazón humilde, el que no maquina el mal en el corazón, el que tiene un corazón de niño, que es símbolo de la dependencia. Por eso, el más importante en la comunidad que se reúne en torno a Jesús para seguirlo y ayudarse mutuamente es el que más tiene necesidades. Hacerse niño es hacer la opción por los más frágiles y pequeños. Es saber que nos necesitamos los unos a otros. Nadie se salva solo.

Tanto es así, que Jesús cuenta la parábola de la oveja perdida, que se alejó del rebaño. El pastor deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida, alegrándose cuando la encuentra. Esta oveja simboliza a los que extravían del camino, los que necesitan ayuda, los débiles, los pequeños. Ningún rebaño puede renunciar a un hermano, pues a ejemplo de su pastor, no podemos ser indiferentes a la pérdida de una sola persona. El mismo Señor se encarga de buscarnos donde pueda encontrarnos. Para eso cuenta con su Iglesia, la comunidad de fieles que no puede ceder a la lógica del descarte.

Nuestras comunidades deben ser abiertas, capaces de emprender un camino de fraternidad y nunca pueden renunciar a un hermano. Que la intercesión de Santa Clara y su ejemplo nos ayuden a vivir en comunidades sencillas, contemplativas y fieles al Evangelio de Jesús.

Nuestro hermano en la fe,
Eguione Nogueira, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

domingo, 9 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 14,22-33


Evangelio según San Mateo 14,22-33
Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud.
Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.
La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra.
A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar.
Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. "Es un fantasma", dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
Pero Jesús les dijo: "Tranquilícense, soy yo; no teman".
Entonces Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua".
"Ven", le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él.
Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: "Señor, sálvame".
En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?".
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.
Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: "Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios".


RESONAR DE LA PALABRA

UNA LECCIÓN PARA ELÍAS Y OTRA PARA PEDRO

CONTEXTO DE LA LECTURA

En esta ocasión vamos a fijarnos especialmente en la primera lectura. Se trata de un fragmento de una escena que conviene situar. El pueblo de Dios, con la reina Jezabel a la cabeza, está abandonando la fe y asumiendo costumbres, morales y religiones paganas. El profeta Elías se siente «defensor de Dios» (extraña obsesión que tantos males ha traído a nuestra civilización y a la misma Iglesia a lo largo de la historia. ¡Defensores de Dios!) y de la religión/culto (tal como Elías la entiende y cree que se debe practicar). Y para ello, no se anda con diplomacias: ha empezado por cortar el cuello (literalmente) a unos cuantos sacerdotes paganos. Para después intentar servirse del poder de Dios, y en su nombre demostrar quién es el Dios verdadero, con la intención de que el pueblo regrese a la fe verdadera. ¿Y cómo lo hace?

• Primero monta un altar enorme, se busca unos cuantos animales, y «ordena» a Dios que mande un rayo del cielo y lo queme todo. Y así ocurrirá. 

• Se burla de los rezos y ritos paganos -que no sirven para nada, porque su Dios no existe- contraponiendo los suyos. A la vez, como profeta, asume todo el protagonismo, ya que consigue que Dios se ponga a su servicio y le obedezca. A esta pretensión la podemos llamar propiamente «magia»: manejar a Dios para que me sea favorable, mediante alguna fórmula ritual. Pero resulta que la oración verdadera debiera más bien ocuparse en preguntar, y discernir lo que espera Dios de nosotros en circunstancias concretas. Esto no parece haberlo hecho Elías. 

• Por otro lado, el profeta intenta que sus gentes vuelvan a la fe a base de milagros y fenómenos espectaculares. En esto no se diferencia nada de sus oponentes paganos. Ellos también procuran mostrar a un «Dios de lo espectacular», de lo milagroso, de lo llamativo... Pero el Dios de Israel no está de acuerdo con estos «recursos» del profeta: ni la violencia, ni los milagros espectaculares, ni las «demostraciones» sobre quién es el auténtico Dios.

• Y después de toda aquella puesta en escena, el resultado no es el que Elías esperaba. Al contrario: recibe la incomprensión y el rechazo de sus hermanos, y termina dejándose llevar por la cólera, los insultos... y acaba teniendo que huir para salvar su vida. Solo. Tremendamente solo y dolido. 

PARECIDOS Y COINCIDENCIAS

¿En qué se parece esta historia de hace tantos siglos a nuestra realidad de hoy?

~ También hoy parece que muchos hermanos se están pasando a otros cultos (o a ninguno), a otros estilos de vida, a otros criterios morales y valores, encarnados en distintos personajes famosillos que no se llaman «Jezabel», pero tampoco hace falta que digamos sus nombres. Y nosotros a veces, para «defender» lo nuestro (nuestra verdad) y demostrarles su error, caemos en la tentación de retarles, burlarnos de ellos, atacarlos, hacer notar la fuerza de los números...

~ Y nos parecemos a Elías en la idea que tenemos de un Dios todopoderoso, capaz de resolver nuestros problemas en la tierra, al que podríamos convencer para que nos ayude a base de rezos, ritos, sacrificios... Estos días terribles estamos viendo algunos intentos de esto que describo. Pero si Dios es amor, y se preocupa por el hombre y quiere siempre y en todo nuestro bien... no sería necesario convencerle de nada, ni intentar influir sobre él para que nos ayude. Ya nos ha dicho Jesús: «no seáis charlatanes como los paganos. Vuestro Padre celestial ya sabe lo que necesitáis....». Tendremos que aprender de Él a buscar su voluntad en los momentos más duros (como en Getsemaní o en la cruz) y a contar con sus fuerzas (Dios no niega su Espíritu/fuerza/Luz a quienes se lo piden) y salir adelante del mejor modo posible. Sin huir ni dejar solos a quienes nos necesitan más que nunca. Sin hundirnos ni ahogarnos en la tormenta que amenaza nuestra barca.

Y DIOS TUVO QUE DAR UNA LECCIÓN A SU PROFETA

§ En el Monte Horeb/Sinaí, derrumbado y agotado, Dios sale al encuentro de Elías y le invita a comer para reparar las fuerzas. Sin la Comida de Dios, es imposible que veamos con serenidad nuestras circunstancias. Elías desea morir. Pero no: se trata de revisar todo lo que ha venido haciendo, con muy buena intención -¡seguro!-, pero con muy poco acierto. Sin el Pan y la Palabra de Dios... nos derrumbamos.

§ A continuación Dios le hace entender que no le gustan los milagros, ni lo espectacular (el viento, el fuego, el terremoto, el huracán...). Dios no quiere imponerse por la fuerza ni por la violencia, ni enfrentándose. Lo de Dios es el susurro, el silencio, la calma, la brisa suave. Justo ahí es cuando puede percibir la voz de Dios: «¿Qué haces aquí, Elías?» ¿Cómo te has metido en este lío? Mira dónde te llevan tus proyectos. Eran tuyos, no míos. ¿Quién te ha mandado «defenderme»? ¿Por qué te empeñas en plantarle cara a la reina Jezabel? ¿Por qué te burlas de los que no piensan como tú?

§ «VUELVE»... Da marcha atrás... y cambia de estrategia. Lo que yo quiero de ti es que sostengas, apoyes, acompañes, estés cerca de los que todavía permanecen fieles al Señor y a su Alianza. Son siete mil: un número grande de hermanos que todavía permanecen fieles, sin «doblar las rodillas». Y ellos necesitan tu presencia, tu acompañamiento, tu ánimo... ahí es donde te quiero.

§ Dios es el que nos dice lo que tenemos que hacer y no al revés. A Elías le faltaba la calma, la escucha, el silencio, frenar su impulsividad. Y discernir los caminos de Dios. Que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Ayudados por el Pan y la Palabra.

Estos fueron los caminos del Hijo de Dios. Precisamente así empieza el Evangelio de hoy: «Despidió a la gente y subió al monte a solas, a orar».

Y como Elías y como Jesús, yo también necesito retirarme a orar a solas, apartado de la gente. Estar con quien es el centro y sentido de mi vida, hacer balance, revisar, escuchar, serenarme de todos los líos en los que yo mismo me he ido metiendo. Y de los líos y problemas de alrededor. No para huir, no para buscarme mi «cueva» en el desierto. Sino para poder experimentar, como Pedro y sus compañeros de travesía, que en medio de las tempestades, de las sacudidas fuertes de nuestra barca, del trabajo infructuoso, de la sensación de que nos hundimos... El Resucitado nos tiende la mano y nos dice: «¡Ánimo, aquí estoy yo, no tengáis miedo!» ¡Ven, y camina firme sobre tus dificultades! ¡Puedes vencer al viento que te azota la cara! ¡Puedes caminar sobre el mar!

Y si, a pesar de todo, aún dudo, y me entra el miedo, y parece que me hundo... gritaré como Pedro: "¡Señor, sálvame!"

Y él extenderá la mano, me agarrará, y me preguntará: «¿Por qué has dudado?» ¿Por qué tu miedo y tu angustia? No mires tanto a la tormenta y a las aguas: MÍRAME A MÍ, Y VEN CONMIGO.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

sábado, 8 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 17,14-20


Evangelio según San Mateo 17,14-20
Cuando se reunieron con la multitud, se le acercó un hombre y, cayendo de rodillas,
le dijo: "Señor, ten piedad de mi hijo, que es epiléptico y está muy mal: frecuentemente cae en el fuego y también en el agua.
Yo lo llevé a tus discípulos, pero no lo pudieron curar".
Jesús respondió: "¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo aquí".
Jesús increpó al demonio, y este salió del niño, que desde aquel momento quedó curado.
Los discípulos se acercaron entonces a Jesús y le preguntaron en privado: "¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?".
"Porque ustedes tienen poca fe, les dijo. Les aseguro que si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: 'Trasládate de aquí a allá', y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes".


RESONAR DE LA PALABRA

En aquel tiempo se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: "Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques: muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo. Jesús contestó: "¡Gente sin fe y perversa! ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo". Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño.

Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: "¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?" Les contestó: "Por vuestra poca fe. Os aseguro que, si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible".

Queridos hermanos:

Asombrados nos quedamos al intuir que el Maestro intenta comunicar a sus torpes discípulos que hay una fuerza poderosa ante la cual no hay obstáculo que valga, incluso ni lo más sólido e inamovible: los montes.

¿Una potencia extraordinariamente peculiar la de la fe? Sin duda. Cómo no traer a la memoria ese capítulo 11 de la carta a los hebreos, ¿verdad? Esa preciosa letanía de las maravillas que obra la fe en los hombres y mujeres que se dejan conquistar y guiar por ella…. No me resisto a recordar alguno de los versículos del final: “los cuales por la fe conquistaron reinos, administraron justicia, vieron cumplidas las promesas, cerraron la boca a leones, extinguieron el ardor del fuego, evitaron el filo de la espada…”

Asombroso despliegue, ¿no es cierto?

De ahí que sienta la necesidad de acoger humildemente las palabras del Maestro: “¡Qué poca fe!”.

El reproche viene de sus labios. Lo escucharon los discípulos en más de una ocasión (al menos, así nos lo cuentan los evangelistas).

De ahí que sienta también la urgencia de permitir que me atraviese el corazón para limpiarlo de las contaminaciones de desconfianza, de cálculo, de prevención… que han ido acumulándose dentro. Porque siento que es cierto. ¡Qué de cosas se han quedado sin ver la luz por no atreverme a creer! ¡Cuántos pequeños milagros cotidianos si hubiera confiado más!

Como el agua que cae para empapar la tierra, permitamos a lo largo de la jornada que nos cale el vigor de su palabra, que vaya desgastando la roca de la incredulidad… El poder de Dios, la potencia de la fe, como un grano de mostaza, como una semilla… Milagro de germinación:

Si crees, ¡creas!.
Si crees, ¡recreas!
Si confías, ¡lo haces posible!
Si te fías, ¡adelantas el futuro!


Extiendo las manos. Solamente anhelando, deseando que Él deposite en ellas (en las tuyas, en las mías): unos granos de fe. 

Nuestro hermano:
Juan Carlos, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA