viernes, 7 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 16,24-28


Evangelio según San Mateo 16,24-28
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.
Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino".


RESONAR DE LA PALABRA

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El que quiera venirse conmigo, que se niegue s sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recuperarla?

Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del hombre con majestad."

Queridos hermanos:

¿Verdad que queremos acertar en la vida?, ¿verdad que no deseamos malgastarla, malograrla, desperdiciarla? 

Tú y yo, discípulos del Maestro de Nazaret, nos venimos entrenando ya hace tiempo en ese juego evangélico del “gana-pierde”.

¿Por qué razón? Sencillo. En la escuela del Maestro hemos ido cursando una asignatura cuyo contenido solamente se va entendiendo en la medida en que en la vida de cada día uno se va descentrando. Dicho de otro modo, en el ir pasando con más libertad y ligereza de retener la vida para sí, de cerrar los ojos, las manos y el corazón a las necesidades de cualquier otro -cercano o lejano- a una manera de desvivirse, sin ningún tipo de aspaviento, en la que priman los otros (muy especialmente los pobres y excluidos, con sus nombres y apellidos, con sus rostros e historias). Es ir cursando en lo concreto la incondicionalidad del seguimiento que cuenta con la cruz. ¡No hay otra!

Eso sí. Nada de cruces inventadas, sino las que se nos dan; nada de cruces buscadas, sino las que aparecen inexorablemente cuando en el centro de la existencia están aquellos a los que se les niega permanentemente la vida o la dignidad y, consecuentemente, nos ponemos a su lado, de su parte, con todos los costes añadidos. Asumiendo con consciente libertad que las fuerzas del anti-reino no se van a quedar inactivas… Discípulos de un hombre ajusticiado en una cruz… aprendices de esa locura de amor: sabiduría que parece necedad, fortaleza con trazas de debilidad.

Nos queda hoy, de nuevo, machaconamente, volver a confesar que la mejor manera de no malograr la vida es entregarla como Él y con Él… Porque “quien entrega su vida por amor, la gana para siempre” –dice el Señor-.

Nuestro hermano.
Juan Carlos, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

jueves, 6 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 17,1-9

Evangelio según San Mateo 17,1-9
Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.
Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo".
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo".
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".


RESONAR DE LA PALABRA

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo." Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: "Levantaos, no temáis." Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: "No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos."

Queridos hermanos:

A Pedro, a Santiago y a Juan el Maestro les hace un estupendo regalo; ni más ni menos que un anticipo de gloria, un pregusto de eternidad, una revelación de la transparencia de su identidad como hijo del Dios Altísimo, Mesías Servidor.

Tuvo que ser una experiencia muy impactante. Seguro. Con todo, hasta después de la Pascua no parece que estuviera en ellos suficientemente digerido ni asimilado lo que en lo alto de la montaña habían vivido (eso parece).

A nosotros, los discípulos de esta hora, también se nos regalan, en ocasiones, experiencias, momentos densos e intensos que nos dejan “tocados” interiormente; son como fogonazos, brincos del alma que no atinamos a comprender, que nos cuesta narrar, y cuyo alcance no nos es dado en el momento. Experiencias de monte, experiencias de luz, aconteceres de transparencia… (algo así -más o menos- intentando ponerles nombre).

Bien conoce el Señor a sus discípulos; bien sabe Él que sin luz, sin dosis de luz, qué densa se torna la oscuridad de la cruz, cómo pesa la entrega, qué aterrador se hace el silencio de la ausencia… Y nos regala altura de monte para cuando haya que transitar oscuros caminos; y nos regala chispas de luz, para atravesar los valles de sombras de muerte… Y, sobre todo, graba en el centro de nuestros corazones la palabra imperecedera de su Hijo, que es brújula en la desorientación, lámpara en la oscuridad, sosiego en la inquietud, medicina en la flaqueza, perdón en la infidelidad…

Con palabras de la liturgia (de un himno de las horas), anhelemos ser transfigurados (en Él):

Transfigúrame, Señor, transfigúrame.
Quiero ser tu vidriera,
tu alta vidriera azul, morada y amarilla.
Quiero ser mi figura, sí, mi historia,
pero de ti en tu gloria traspasado.

Transfigúrame, Señor, transfigúrame.
Mas no a mí solo,
purifica también
a todos los hijos de tu Padre
que te rezan conmigo o te rezaron,
o que acaso ni una madre tuvieron
que les guiara a balbucir el Padrenuestro.


Transfigúranos, Señor, transfigúranos.
Si acaso no te saben, o te dudan
o te blasfeman, límpiales el rostro
como a ti la Verónica;
descórreles las densas cataratas de sus ojos,
que te vean, Señor, como te veo.

Transfigúralos, Señor, transfigúralos.
Que todos puedan, en la misma nube
que a ti te envuelve,
despojarse del mal y revestirse
de su figura vieja y en ti transfigurada.
Y a mí, con todos ellos, transfigúrame.


Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

Nuestro hermano.
Juan Carlos, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

miércoles, 5 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 15,21-28


Evangelio según San Mateo 15,21-28
Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón.
Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio".
Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos".
Jesús respondió: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel".
Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!".
Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros".
Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!".
Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada.


RESONAR DE LA PALABRA

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: "Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo". El no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: "Atiéndela, que viene detrás gritando". El les contestó: "Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel". Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas: "Señor, socórreme". El le contestó: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos". Pero ella repuso: "Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos". Jesús le respondió: "Mujer, ¡qué grande es tu fe!; que se cumpla lo que deseas". En aquel momento quedó curada su hija.

Queridos hermanos:

En el corazón del discurso del Monte, el Maestro nos dejó el tesoro de la oración. La puerta se abre al comenzar diciendo: “Padre nuestro”. Qué preciosidad. Parémonos un poco en ello.

En el corazón de Dios ese “nuestro” es radicalmente, nítidamente, machaconamente “de todos”. Porque el corazón del Padre no conoce fronteras de raza, cultura, condición… Todos, absolutamente todos, son/somos sus hijos e hijas.

No hay creyente que se precie que no afirme: ¡claro, claro!, ¡así es! Pero esta declaración teórica y formal -de todo punto ortodoxa, digamos- no siempre se casa con la verdad de nuestra vida concreta, ni con la mentalidad que hemos tejido, ni con los sentimientos más espontáneos con los que reaccionamos. Y es que ese “nuestro” en la práctica puede que sea “de todos”, sí, pero de todos si piensan como nosotros, si viven a nuestro estilo, si respetan las normas que nosotros sostenemos como las “que Dios manda”...

Me pregunto por la razón de esa dificultad de ver y considerar a cada persona como hijo/hija de Dios y consecuentemente como hermano/hermana. ¿No será que hemos ido bebiendo ideas, valoraciones, conceptos que envenenan el alma (el deseo de imponerse, la necesidad de controlar, el querer tener razón, el posicionarse por encima, el competir para sobresalir…) y nos alejan de la fuente de donde brota el amor, especialista en suprimir diferencias, superar distancias, igualar personas, tender puentes…?

Por eso, creo yo, la madre cananea y su hija enferma nos están interrogando sobre algo esencial: ¿para quién es el pan de cada día?, ¿para quién es el pan de Dios?, ¿para quién es la salud de cada día?, ¿para quién es la salvación de Dios? Insisten: ¿para qué hijos, para qué hijas?, ¿para todos y todas?, ¿para los y las nuestras nada más?...

Mujer cananea, ayúdanos a creer que ya no hay razas, ya no hay color, sólo trigo, sólo necesidad de amor; sí, préstanos tu fe y tu osadía para reconocer que el mismo Pan que vemos tú y yo, es el Pan de todos porque es el Pan de Dios; que la misma dignidad inscrita en mis entrañas es la de cada ser humano, cada hijo e hija del Padre común.

Mujer cananea, que tu recuerdo sea antídoto ante los virus de la discriminación, de la segregación, del exclusivismo que nos pueden alcanzar a los que queremos rezar en verdad, a los que nos atrevemos a decir (a veces mecánicamente, sin que se nos conmuevan las entrañas): “Padre nuestro”.

Nuestro hermano.
Juan Carlos, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

martes, 4 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 15,1-2.10-14


Evangelio según San Mateo 15,1-2.10-14
Entonces, unos fariseos y escribas de Jerusalén se acercaron a Jesús y le dijeron:
"¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros antepasados y no se lavan las manos antes de comer?".
Jesús llamó a la multitud y le dijo: "Escuchen y comprendan.
Lo que mancha al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella".
Entonces se acercaron los discípulos y le dijeron: "¿Sabes que los fariseos se escandalizaron al oírte hablar así?".
El les respondió: "Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz.
Déjenlos: son ciegos que guían a otros ciegos. Pero si un ciego guía a otro, los dos caerán en un pozo".


RESONAR DE LA PALABRA

Después que sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaron a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento les era contrario.

De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: "¡Animo, soy yo, no tengáis miedo! Pedro le contestó: "Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua". El le dijo: "Ven". Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: "Señor, sálvame". En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: "¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: "Realmente eres Hijo de Dios". Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Y los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y trajeron donde él a todos los enfermos. Le pedían tocar siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron curados.

Queridos hermanos:

Evocando el evangelio de Juan, podemos decir que discípulo es el que escucha, reconoce y sigue la voz del Señor (cf Jn 10). Y todo el itinerario del creyente y de la comunidad cristiana se juega en la escucha, en el reconocimiento y en proseguir, en todos los momentos y circunstancias de la vida, la identificación con la persona y el destino del Maestro.

Espabilar el oído, rastreando las frecuencias desde las que nos llegan llamadas y reclamos diversos en el día a día y desde multitud de fuentes; aprender a discernir, a valorar, a calibrar la visión en la que se sustentan… es básico.

Parémonos un momento para un sencillo ejercicio; contrastar, por ejemplo, esta serie de “llamadas”: compra, disfruta, compite, escala…

deja todo lo que tienes, dáselo a los pobres; anda, haz tú lo mismo…

Hay etapas de la peregrinación de la fe en las que se nos ha hecho familiar el tono inconfundible de la voz de Maestro de Galilea, y el corazón se ensancha y la vida se entrega, y ponemos pasión en todo. Y ese “VEN” inicial sabe a primavera de signos, a cercanía a los pobres, a los últimos. Y -con cierto olfato ya- otras voces se nos tornan engañosas, pura apariencia, y sus reclamos no tienen capacidad de confundirnos, de seducirnos, de sacarnos de la senda del seguimiento.

Pero ¿qué ocurre en el momento de la prueba y del aprieto, cuando no vienen bien dadas en la vida, frente a los nubarrones de la dificultad y la incomprensión? Puede que nos asalten las inseguridades y los miedos; puede que se nos amontonen las dudas… Si los vientos soplan en contra podemos llegar a paralizarnos, sobresaltados por voces fantasmales... Es muy cierto que podemos dejar de hacer pie, e irnos hundiendo…

También ahí, para ti y para mí, como creyentes, para la comunidad cristiana actual -como para aquella a la que se dirige el evangelio de Mateo- se trata de mantenerse en la escucha y reconocer y seguir Su voz.

Y brotará desnuda la súplica y sin adornos la persuasión de fe y sin apoyaturas la apuesta de la confianza: si Tú, Señor, me dices: “¡ven!”, atravieso los miedos. Si Tú me dices: “¡ven!” creo en lo imposible. Si Tú me dices: “¡ven!” camino sobre las aguas de la inseguridad; si Tú me dices: “¡ven!” permanezco aunque los vientos sean contrarios.

El oído de la fe se vuelve más fino cuando atraviesa los miedos y cuando se acrisola en las dificultades. Sí. En las dificultades de hoy, en las tormentas de mañana… no dejará nunca de resonar Su promesa: “¡ánimo, no temáis, soy Yo”. Y el timbre de su voz nos será cada vez más familiar, más connatural: “¡VEN!”. Y nos mantendremos con el oído atento a su insobornable y libre, cierto y real llamamiento, a su “VEN”.

Nuestro hermano.
Juan Carlos, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

lunes, 3 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 14,22-36


Evangelio según San Mateo 14,22-36
Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud.
Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.
La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra.
A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar.
Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. "Es un fantasma", dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
Pero Jesús les dijo: "Tranquilícense, soy yo; no teman".
Entonces Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua".
"Ven", le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él.
Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: "Señor, sálvame".
En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?".
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.
Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: "Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios".
Al llegar a la otra orilla, fueron a Genesaret.
Cuando la gente del lugar lo reconoció, difundió la noticia por los alrededores, y le llevaban a todos los enfermos,
rogándole que los dejara tocar tan sólo los flecos de su manto, y todos los que lo tocaron quedaron curados.


RESONAR DE LA PALABRA



En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, El Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos.

Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer." Jesús les replicó: No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer." Ellos le replicaron: Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces." Les dijo: Traédmelos."

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Queridos hermanos:

Nadie le gana en generosidad. Dios es dador por antonomasia. Se ha ido regalando en la historia de la salvación. Y esto, de tal modo, que se nos ha dado del todo: en su Hijo, que es su Palabra, su Pan, su Vida misma.

Nadie le aventaja en sensibilidad. Dios se conmociona desde siempre ante la necesidad, el dolor, el sufrimiento, la miseria de su pueblo, de cada una de las creaturas, hechura de sus manos.

La generosidad y la sensibilidad son marca constitutiva del Reino que se va haciendo presente en las manos, en los labios, en el corazón de Jesús. Un Jesús que se conmueve, que se deja afectar, que se estremece ante la falta de vida…

Solamente si nuestro corazón está tocado por la generosidad y la sensibilidad de nuestro Dios, no tendremos reparos en poner a su disposición lo poco que somos, lo poco que tengamos; y hacerlo con la radical confianza de que será multiplicado de manera exponencial por la generosidad divina.

Aunque no sea mucho para tanto como hace falta, eso poco es bendito, y llegará a ser más que mucho -en Él multiplicado-. Así es, ¡siempre! en las cosas de su Reino.

Hagamos memoria: “un poco de levadura, toda la masa; un grano de mostaza, árbol y sombra; unas monedas, la ofrenda más generosa; un vaso de agua, la más grande recompensa...”

Hoy, como ayer, estamos invitados. Por eso, hoy pongo mis cinco panes y los dos peces en sus Manos. Hoy pongo, contigo, mi poco y tu poco para la multiplicación del bien, y de la justicia, y de la paz, y de la reconciliación…

Contemplemos a lo largo de la jornada cómo Él lo bendice… Y ¡claro que habrá para todos!, y ¡claro que alcanzará para los últimos!

Y sobrará amor para seguir repartiendo, para seguir haciendo Eucaristía la vida y vida la Eucaristía.

Nuestro hermano.
Juan Carlos, cmf




fuente del comentario CIUDAD REDONDA 

domingo, 2 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 14,13-21


Evangelio según San Mateo 14,13-21
Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie.
Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos.
Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: "Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos".
Pero Jesús les dijo: "No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos".
Ellos respondieron: "Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados".
"Tráiganmelos aquí", les dijo.
Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud.
Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas.
Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.


RESONAR DE LA PALABRA

DADLES VOSOTROS DE COMER

• La “gente” que hoy rodea, e incluso «acosa» un poco a Jesús -cuando él necesita un lugar solitario, tranquilo y apartado-, está tan interesada en escucharle, en pasar tiempo con él, que no les ha importado darse una buena caminata hasta dar con él. No les preocupa el reloj, ni el estómago, ni alejarse de sus casas... Se han olvidado de sus propias necesidades y urgencias... O si se quiere, lo han relativizado todo poniendo en primer lugar al Señor. Y se verán gratamente sorprendidos porque Jesús, en cambio, sí que cae en la cuenta de todas esas cosas, y se ocupa ellas. No es un «predicador» al uso. No se limita a llenar la cabeza de discursos y palabras... ¡y ya está! Primero las personas y sus necesidades. Y empieza por atender a los enfermos.

O dicho de otra manera: El mensaje de Jesús, que habla de un Dios que se preocupa del hombre, le lleva al terreno práctico: esta gente tiene unas necesidades muy concretas ahora mismo. El Reino de Dios que anuncia Jesús tiene que ver con todo esto, con lo que les pasa en ese momento, con lo que necesita la gente. Las cosas de Jesús y del Reino no son simples teorías, o doctrina, ni están alejadas de su realidad concreta. Tienen que ver con su ahora. Y ahora algunos están enfermos, y muchos tienen hambre.

• Jesús está cansado. Y podemos dar por supuesto que también está triste e impactado porque acaban de matar a Juan Bautista. Y pretendía estar a solas con sus amigos más íntimos para comprender, interpretar y dejarse cuestionar por lo que ha pasado. Jesús profundiza en las cosas, en los acontecimientos. No se limita al chismorreo de la noticia, a quejarse contra Herodes, a hacer un acto público de condena: se pregunta qué significa aquello, cómo le afecta, cuál ha de ser su reacción... No le costará darse cuenta de que a partir de ahora el centro de atención y de acoso será él... 

Sin embargo, su cansancio, su tristeza y su necesidad de reflexionar y estar un poco a solas... no le impide darse cuenta de la necesidad de la gente, sentir compasión y hacer algo por ella. No dice, hace. La palabra que ha elegido Mateo no es ni «lástima» ni «pena»: es “compasión”, que significa sufrir con ellos y buscar una solución (actuar): es la misma palabra que había usado antes en unas de las bienaventuranzas.

• Los discípulos, que andaban también escuchando a Jesús, se dan cuenta de que se ha hecho tarde, y del hambre de la gente (seguramente también ellos están deseando que les dejen tranquilos) y le piden a Jesús que termine ya con actividad. Ya se ve que no se enteran demasiado de lo que Jesús quiere transmitir con sus acciones y palabras. Aunque sí podemos apreciar en ellos lo siguiente:

- Primero está el «darse cuenta». Jesús vio a la gente y se dio cuenta de que sufría. Por su parte, los discípulos se han dado cuenta de que se ha hecho tarde y hay que comer. Darse cuenta de lo que les pasa a los otros, por delante de lo que me pase a mí es algo propio de Jesús y de los seguidores de Jesús. 

- Segundo: plantear esas necesidades descubiertas al propio Jesús, y se les ocurre hacer una propuesta. No muy acertada, aunque parece de sentido común: Son muchos, nosotros/yo apenas tengo nada, o tengo el mismo problema que ellos, así que: «que se vayan a sus casas, a sus países, a sus gobiernos, al ayuntamiento, a los suyos, a donde sea...» para que puedan solucionarlo.

- Tercero: Jesús les invita a hacerse cargo para encontrar una solución: Mira a ver lo que tienes/tenéis, lo que está en vuestra mano hacer. Esto es asunto tuyo y nuestro y de todos. No es sólo un problema de la gente. Y resulta que los discípulos consiguieron mucho más de lo que creían. Aquella pobre gente necesitada también aportaría lo suyo, sus "pocos"... Entre unos y otros... Jesús ha sido la mediación necesaria para ver las cosas desde otra perspectiva.

• Los criterios de los discípulos no son los criterios de Jesús. Como los criterios de la sociedad, en general, y su modo de resolver los problemas, no son exactamente los de los cristianos. Unos conjugan los verbos «despedir» (echar, quitar de la vista, reducir personal, optimizar, devolver a sus países...) y «comprar» (que se apañe cada uno con lo que tiene, que cada cual se busque la vida), «no hay para todos» (es decir: no se puede hacer nada, no queremos repartir/compartir, primero los de casa/país)... 

Pero Jesús nos habla continuamente de comunión, de compartir, de fraternidad, de construir comunidad, de ponerse al lado de los débiles, enfermos y necesitados... Si les “echamos”, si les decimos que vayan a “comprarse” (el dinero lo primero que hace es establecer diferencias, entre quien tiene/no tiene, tiene más/tiene menos), si pensamos que no es problema nuestro... es que no nos hemos enterado de nada de lo que Jesús ofrece y pretende de nosotros. 

Por eso Jesús procura enseñar a los discípulos y también, claro a todos nosotros:

- Nada de que se vayan, de que no nos molesten, de que “no es asunto nuestro”

- Que les «demos». El verbo «dar» es un de los favoritos de Jesús

- Que pongamos a su disposición nuestros «pocos» para compartir. Cuando Jesús “levanta los ojos al cielo y pronuncia la bendición” (como en la Eucaristía) no está haciendo un gesto mágico: está reconociendo que los alimentos son de Dios, y por lo tanto son de todos, y están para ser compartidos y repartidos, de modo que todos queden satisfechos, y no se desperdicie nada («recogieron lo que sobró»). Por eso cada Eucaristía nos debiera aligerar el bolsillo y el corazón, y aumentar la solidaridad... O será cualquier cosa menos la Cena de Jesús. Aún más: esta «Pre-Eucaristía»-Multiplicación solo fue posible cuando los discípulos empezaron a hacerse cargo de la gente. Jesús ya lo había hecho antes. Pero faltaban ellos.

- Y por último: del mismo modo que en nuestras celebraciones bendecimos a Dios por los alimentos que luego compartiremos en la mesa del altar, no debiéramos perder la costumbre de bendecir a Dios antes de comer en nuestras casas; o de darle las gracias por los dones que recibimos cada día. No es que agradezcamos a Dios el tener comida, como si fuéramos mejores que quienes no la tienen,... sino de hacernos más responsables de trabajar para que a todos llegue lo mismo de lo que nosotros disfrutamos.Porque los dones de Dios son siempre para todos, para que a nadie le falte lo necesario.

No es muy difícil partir de esta reflexión para volver nuestra mirada a lo que está pasando en nuestro mundo y en nuestras comunidades, por culpa de esta pandemia: soledad, hambre, paro, abusos, injusticia, explotación... Para preguntarnos serenamente y seriamente lo que nos pide el Señor como cristianos, como comunidades, como Iglesia. No hacerlo así supondría desvirtuar el Evangelio y hacerlo «increíble» para las gentes de hoy. Y sería falsear la Eucaristía.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

sábado, 1 de agosto de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 14,1-12


Evangelio según San Mateo 14,1-12
En aquel tiempo, la fama de Jesús llegó a oídos del tetrarca Herodes,
y él dijo a sus allegados: "Este es Juan el Bautista; ha resucitado de entre los muertos, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos".
Herodes, en efecto, había hecho arrestar, encadenar y encarcelar a Juan, a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe,
porque Juan le decía: "No te es lícito tenerla".
Herodes quería matarlo, pero tenía miedo del pueblo, que consideraba a Juan un profeta.
El día en que Herodes festejaba su cumpleaños, la hija de Herodías bailó en público, y le agradó tanto a Herodes
que prometió bajo juramento darle lo que pidiera.
Instigada por su madre, ella dijo: "Tráeme aquí sobre una bandeja la cabeza de Juan el Bautista".
El rey se entristeció, pero a causa de su juramento y por los convidados, ordenó que se la dieran
y mandó decapitar a Juan en la cárcel.
Su cabeza fue llevada sobre una bandeja y entregada a la joven, y esta la presentó a su madre.
Los discípulos de Juan recogieron el cadáver, lo sepultaron y después fueron a informar a Jesús.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos:

A veces decimos que las desgracias nunca vienen solas. Son sucesos adversos que nos sobrevienen sin que tengamos mayor capacidad para evitarlos. Pero hay otro tipo de sucesos que fácilmente se concatenan, y no por pura casualidad, sino por clara decisión nuestra. Recordamos la historia de David: se había quedado en palacio, en lugar de ir al frente; desde la azotea vio a la mujer de Urías y sucumbió al deseo de gozarla; cuando ella le informó que esperaba un hijo, hizo volver a Urías del frente, lo mandó a su casa una primera vez con la intención de que el guerrero hitita se uniera a su mujer y así quedara encubierto el pecado del rey; como no lo consiguió, al día siguiente emborrachó a Urías, pero este se quedó a la puerta de palacio y frustró de nuevo el plan de David; finalmente, decretó su muerte en el frente.

Con Herodes sucedió algo similar: el evangelista habla de un primer “crimen”: se desposó con su sobrina quitándosela a Filipo en vida de este; no sabemos si se lo reprochaba la voz de la conciencia, pero esa otra voz que clama en el desierto, la del Bautista, lo denunció públicamente. Y aquí continúa la cadena, no de desgracias, sino de malas conductas: primero amordazó voz tan molesta aprisionando a Juan; luego, concibió el deseo de matarlo; más adelante, instigado por Herodías y su hija, venció todo escrúpulo y temor, y mandó decapitar a Juan.

Un abismo llama a otro abismo (Sal 42,8). Estos otros males que no son desgracias, sino culpas, no suelen venir solos: una culpa llama a otra. Pero, gracias a Dios, también sucede a la inversa: una gracia llama a otra gracia; si hay una espiral del mal, también la hay del bien. Pidamos al Espíritu que nos enseñe e impulse a vivir esta dinámica de lo bueno.

Nuestro amigo
Pablo Largo

fuente del comentario CIUDAD REDONDA